Matías Ávila, catedrático de biología molecular: «La microbiota pesa un kilo y se comporta como un órgano más»
VIDA SALUDABLE
El investigador acaba de ser nombrado coeditor jefe de la revista científica «Gut», de la Sociedad Británica de Gastroenterología
05 feb 2026 . Actualizado a las 16:43 h.El doctor Matías Ávila, codirector del Programa de Tumores Sólidos del Cima de la Universidad de Navarra y miembro del Centro de investigación Biomédica en Red-Enfermedades Hepáticas y Digestivas (CIBEREHD) y del Instituto de Investigación Sanitaria de Navarra (IdiSNA), se acaba de convertir en coeditor jefe de la revista científica Gut, publicación oficial de la Sociedad Británica de Gastroenterología. Doctor en Farmacia y catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Navarra, el experto ha formado parte del equipo investigador de proyectos financiados por el National Institute of Health (NIH) de los Estados Unidos y ha participado en proyectos en colaboración con diversas empresas farmacéuticas. El investigador, reconocido a nivel internacional por sus aportes científicos al ámbito de las enfermedades hepáticas, es el primer español en ostentar este cargo en la revista, un desafío que asume con responsabilidad y entusiasmo.
—¿Cómo valora su nuevo rol como coeditor jefe de la revista Gut?
—En esta nueva etapa somos tres coeditores jefes: uno norteamericano, uno alemán y el otro soy yo. Esto habla de la mentalidad abierta de la revista de la Sociedad Británica de Gastroenterología, que tiene un gran arraigo científico y clínico en el Reino Unido y ahora se abre a tener un consejo editorial internacional. Esta vocación global es admirable. Por mi parte, es un honor y una tremenda responsabilidad.
—¿Cómo ve el panorama de las enfermedades hepáticas actualmente?
—Es un panorama que está cambiando. Las enfermedades hepáticas más prevalentes y mejor conocidas por la población, hasta hace no mucho, eran las derivadas de las infecciones virales. La hepatitis B y C, principalmente. Afortunadamente, desde hace ya años, contamos con terapias específicas que permiten tratar esta enfermedad. Ha habido un gran avance en este sentido a nivel mundial, con repercusiones en España. Pero ahora tenemos otras patologías que afectan de manera crónica al hígado, derivadas del consumo excesivo de alcohol, que puede estar incrementándose incluso en población más joven, pero también, otra condición que está emergiendo en el siglo XXI son las afecciones hepáticas derivadas de la obesidad. El síndrome metabólico, con alteraciones en el metabolismo de los lípidos, la diabetes y la hipertensión son una constelación de alteraciones en el organismo que tienen repercusión en el hígado. Por una parte, se ve afectado y, por otra, su afección impacta en otros ámbitos, como el cardiovascular. Estas alteraciones, conocidas como hígado graso, están creciendo en la población de manera silenciosa. La enfermedad progresa a lo largo de años y va deteriorando el organismo.
—¿Cómo se produce el hígado graso?
—El hígado no está diseñado par acumular grasa de manera permanente. Es un órgano metabólico central en el equilibrio del organismo. Cuando hay una alimentación que no es adecuada y no hay actividad física, se empieza a acumular esa grasa y es el primer paso hacia estadios más avanzados en los que aparece inflamación. En esta etapa se produce un grado de daño hepático que inicia un proceso de cicatrización. Este tejido cicatricial se produce de manera desordenada, lo que se conoce como fibrosis. Ahí es cuando comienza a progresar a estadios más dañinos. Ahora se observa cada vez más que aparecen tumores hepáticos asociados a esos procesos de alteración metabólica a medio y largo plazo. Está siendo una indicación cada vez más relevante de trasplante hepático en países occidentales y España va también por ese camino. Un porcentaje significativo de la población con obesidad tiene esta condición.
—¿Qué opciones de tratamiento tienen los pacientes antes de llegar al trasplante?
—La manera más directa es tratar de mejorar la alimentación siguiendo una dieta mediterránea y hacer ejercicio. Eso es fácil de decir, pero difícil de cumplir. Pero si el estadio de la enfermedad no es muy avanzado, es un proceso reversible. Controlando la dieta y evitando el consumo de alcohol, el hígado puede recuperar su función original. En estadios avanzados ya aparecen unas complicaciones más serias que son más difíciles de revertir.
—¿Qué fármacos existen para tratar esta patología?
—Se ha aprobado recientemente el primer fármaco dirigido al hígado graso en Europa y Estados Unidos, que es el Resmetirom. También se están usando los agonistas de GLP-1, que están indicados para pacientes con diabetes tipo 2 o casos de obesidad muy avanzada, no está aprobado para todos los casos, pero son opciones que existen. Y lo que se está viendo con los agonistas de GLP-1 es que cuando el tratamiento se retira puede haber un efecto rebote importante. Así que no son tratamientos curativos, sino terapias que tratan de modular el metabolismo.
—¿Las patologías hepáticas están aumentando en pacientes más jóvenes a medida que lo hacen también la obesidad y la diabetes tipo 2?
—Sí. Por una parte, viene ligado a hábitos alimentarios. Pero esto es algo muy complejo, porque el precio de los productos frescos ha subido y es más barato comer alimentos que no son tan sanos. Hoy es mucho más barato comprar una hamburguesa con patatas fritas que pedir un plato a base de frutas y verduras. Este condicionamiento económico se suma a los componentes adictivos presentes en este tipo de alimentos, que invitan a consumirlos más. Y el alcohol se consume cada vez más y a edades más tempranas, lo que también está teniendo un impacto. Pero por otra parte, hay hipótesis que hablan del rol de los contaminantes a los que estamos expuestos, derivados del plástico presente en el agua y los alimentos, que son disruptores endocrinos importantes. Se piensa que uno de los orígenes de la mayor incidencia de determinados tumores también puede estar vinculado a esta exposición.
—El cáncer hepatobiliar suele diagnosticarse en fases avanzadas. ¿A qué se debe?
—Por una parte, en los tumores biliares no hay biomarcadores de la enfermedad que permitan hacer un screening. En el caso de los hepatocarcinomas, la mayoría se desarrollan en un hígado con daño crónico. La población de riesgo en este sentido sería la que tiene cirrosis, hepatitis o hígado graso con inflamación y por eso a día de hoy se recomienda hacer una vigilancia de los pacientes cirróticos de manera anual o dos veces al año, con técnicas de imagen, para detectar posibles lesiones. Pero no tenemos marcadores que podamos evaluar en sangre u orina para una detección temprana. Hay muchos grupos, a nivel internacional y también en España, que están activamente investigando para identificar moléculas que puedan ayudar a detectar lesiones incipientes.
—¿Qué tratamientos existen para estos tumores?
—En el caso del hepatocarcinoma, se estima que menos del 30 % de los pacientes responden al tratamiento, que se basa en terapias sistémicas, farmacológicas, cuando es un tumor avanzado que ya no es susceptible de cirugía o tratamiento regional. Se utiliza inmunoterapia con anticuerpos. Pero no son tratamientos curativos. Ver respuestas completas es muy difícil, y eso dentro de los que responden. Entonces, una de las áreas de investigación más importantes está en mejorar esa respuesta a la inmunoterapia y en este sentido se están buscando nuevas estrategias con dianas que permitan hacer que el sistema inmune del paciente elimine con mayor eficacia los tumores. Otro campo, incipiente pero con una actividad de investigación muy grande, son las vacunas específicas de antígenos del tumor o la terapia con células CAR-T. Todo esto está en estadios preliminares. En el cáncer biliar, la respuesta a inmunoterapia es pobre o nula, por lo que aquí también hay esfuerzos en este sentido, pero redoblados.
—¿Cómo podemos cuidar nuestro hígado en el día a día?
—No hay recetas mágicas, lo que hay es el sentido común. Todo el mundo conoce la dieta mediterránea y su fama está bien justificada. También hay que controlar el consumo de alcohol y no podemos olvidar el papel de la microbiota. Este es un ámbito del que cada vez se conoce más y es importante, porque cada uno de nosotros tiene dentro del tracto digestivo alrededor de un kilo de bacterias y se comportan como un órgano más. El que esa microbiota mantenga una composición equilibrada impacta de manera positiva en la salud sistémica. Una alimentación rica en grasas saturadas, azúcar y alcohol y baja en fibra la va a desequilibrar. Hay que tener en cuenta que muchos de los metabolitos que produce la microbiota también los absorbemos nosotros y estos pueden ser tanto beneficiosos como dañinos. Si nosotros somos capaces de restaurar esa microbiota para que no produzca estos compuestos dañinos, vamos a poder mejorar o ralentizar la evolución no solo de problemas gastrointestinales y hepatobiliares, sino incluso de la enfermedad aterosclerótica.
—¿Cuánto pesa la genética en la salud del hígado?
—Nosotros nacemos con un perfil genético, pero sobre ese perfil genético también operan mecanismos epigenéticos, que controlan el funcionamiento de las células. Podemos impactar sobre ellos de manera muy importante con nuestros hábitos. Lo que comemos, lo que bebemos, el ejercicio que hacemos.