«Si tengo que perder mi hogar, que no sea por no haber luchado hasta el final»

La respuesta social fue clave para frenar las llamas, y salvar casas y vidas humanas


Vigo / La Voz

El fuego no hace distinciones. Lo mismo deja sin nada a los necesitados que a los pudientes. El domingo quedó patente en Vigo. Las llamas entraron hasta el fondo de casas, fábricas y galpones. Camilo Figueira perdió seis cabras y quince gallinas, pero salvó, pasadas las once de la noche, cinco caballos y otros tantos terneros en su explotación de Freixo, parroquia de Valadares, que más que dinero ponen, literalmente, comida en la mesa. «Los bomberos no fueron de gran ayuda, estaban superados. Hicieron un cortafuego con fuego, pero el viento cambió de dirección y se nos echó encima. El resultado es mejor no verlo para no llorar».

Coruxo fue otra parroquia urbana de Vigo envuelta por las llamas. José Manuel Fernández reside con su mujer en el lugar de Parrocha. Ella sí siguió la recomendación de abandonar la casa, él no. «Si tengo que perder mi hogar, que no sea por no haber luchado hasta el final», sentencia con orgullo. Muy cerca, en la gasolinera de San Andrés de Comesaña, el lunes se podía respirar; el domingo, a duras penas. Fueron decenas los vecinos que buscaron resguardo bajo su techo, y agua para refrescar el gaznate y la cara. La gerencia del negocio decidió regalarla para aliviar la angustia. El camino de A Seña es un paso olvidado e invadido por maleza que sale de fincas y desemboca en la avenida Florida. El domingo fue un escenario más de la honrosa y desinteresada respuesta de cientos de vigueses que arrimaron el hombro. Cándido Acuña tiene su taller ahí y vive con su familia encima del negocio. «Sacamos las mangueras hasta donde llegaron y llenamos calderos. La gente joven empezó a aparecer de todos los sitios, pero lo que realmente nos salvó fue que el viento soplaba en otra dirección, de lo contrario hoy no tendríamos nada». Lo secunda su vecino Manuel Novoa, que también sacó mangueras de jardín para minimizar las llamas, que superaban los tres metros de altura: «Ni los extintores que cogí en mi bar paraban el fuego. La clave estuvo en la ayuda de los vigueses».

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Navia fue otro barrio en el que la gente se echó a la calle y el fuego no llegó a las casas gracias a la respuesta vecinal. Jorge Bello y David Fernández se sumaron a los más de 300 vecinos que formaron varias cadenas humanas. Al verse frente a las llamas concluyeron que, más que personas, lo que hacía falta era más medios: «Pocas mangueras y muchos incendios, menos mal que ayudamos los vigueses».

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Aurora García y su marido, Fermín Amigo, fueron dos de los vecinos de la parroquia de Cela que tuvieron que ser desalojados

Aurora García, de 83 años, y su marido, Fermín Amigo, de 90, fueron dos de los vecinos de la parroquia de Cela, en el municipio lucense de Cervantes, que tuvieron que ser desalojados en la madrugada del lunes. Eran las dos de la madrugada y el fuego cercaba su vivienda. La posibilidad de que las llamas calcinaran su casa hizo actuar a los agentes del Seprona y de la Sección de Intervención Rápida de la Guardia Civil de Lugo.

Aurora tenía el pijama puesto, pero todavía no se había ido a la cama. Quien sí estaba en ella era su marido, que debido a sus problemas de movilidad y respiratorios se encontraba enchufado a la máquina del oxígeno. «Petaron na porta e era a Garda Civil. Os axentes dixéronme que tiñamos que fuxir da casa porque corriamos perigo. Sabíame moi mal deixar a miña casiña sola, pero non me quedou outra que sacar o pixama e axudarlle ao meu home a prepararse para marchar», explicaba el lunes la mujer en el bar de Doiras, situado en otra parroquia de Cervantes, donde pasaron la noche los más de treinta vecinos desalojados.

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