«Con Franco, a ver quién protestaba»

GALICIA

Los echaron de sus casas para hacer un embalse. Ahora vuelven para ver las ruinas

26 nov 2007 . Actualizado a las 18:18 h.

El bajo nivel de las aguas en este otoño de sequía, producción eléctrica descontrolada y enorme despiste de la Consellería de Medio Ambiente está dejando imágenes para la historia. Si a comienzos de esta semana podíamos ver las tristes fotografías aéreas del embalse de Fervenza, totalmente seco y provocando un desastre ecológico, en los últimos días hemos tenido también la ocasión de pasear por las ruinas del antiguo pueblo de Belesar, que en 1962 fue parcialmente dinamitado y luego cubierto por las aguas de la presa inaugurada por Francisco Franco y que desde entonces explota Unión Fenosa.

Los fantasmas del pasado regresan del fondo del pantano y hacen pandilla con los del presente: el nuevo Portomarín, construido unos quinientos metros más arriba del que quedó sepultado bajo las aguas, tiene una población de cuatrocientas personas frente a las más de seiscientas que vivían a la vera del río. La desaparición de las tierras de labranza dejó sin medio de vida a docenas de familias que emigraron. Otros cogieron las cuatro perras que les dieron por la expropiación (entre cincuenta mil y cien mil pesetas) y pusieron tierra de por medio. El Portomarín de hoy, construido por Fenosa y el régimen para albergar al resto de los vecinos, se lamenta del aislamiento al que está sometido y del que hay pruebas evidentes: no hay médico de guardia en la localidad y la gasolinera más cercana está a unos quince kilómetros, por poner un par de ejemplos. Es un pueblo de viejos que, como sucedió el pasado miércoles, cuando escucha campanas de muerto se mete entero en un autobús en dirección al cementerio.

El bajo nivel de las aguas ha traído estos días numerosos turistas a la localidad, prolongando así el casi único recurso económico que tienen en Portomarín, los peregrinos que atraviesan el Camino de Santiago. Los escasos negocios que tienen abiertas sus puertas en el pueblo, con la excepción de la funeraria, están destinados a aprovechar esta circunstancia. Solo así se explica la existencia de una moderna pizzería en pleno centro del pueblo, pomposamente bautizado como plaza del Conde de Fenosa. Ya lo dice el cartel de una de las tiendas más preparadas: «Todo para el peregrino».