Que no salga de aquí


Ahora que no nos oye nadie, voy a confesarles unos cuantos secretos inconfesables. El primero es que me quedo corta de palabras y me veo obligada, como hace un momento, a usar términos de la misma base léxica; el segundo es que adoro comer cosas cochinísimas y cuando devoro, por ejemplo, un bocadillo de chocolate con salchichón, me veo presa de tal autosatisfacción que me siento merecedora de una estrella Michelin o algo. El tercero es que a veces, solo a veces, leo mientras el Satisfyer hace su trabajo, de modo que todos los libros me parecen buenos, hasta Viaje a la Alcarria, que tenía atragantado desde que estudiaba en el Sagrado Corazón. El cuarto es que a veces me siento en el sofá con una tostada de salmón con requesón y melocotón en almíbar y me pongo a ver telebasura porque, como comprenderán, con según qué viandas una no puede ponerse a ver una peli de Tarkovsky. En La isla de las tentaciones he conocido unos seres humanos de cuerpos perfectos, modelados con gimnasio y bisturí, que son capaces de construir su vida sentimental en base a cuatro frases de inusual calado, véase: es/no es mi prototipo, tengo feeling, no te rayes y me gustan tus valores.

Cuáles son esos valores, no me pregunten, pero que no necesitan edificar un castillo de palabras para eso que ellos llaman enamorarse, ni para vivir, vive Dios que es así. Luego ya la ausencia de significados, además de la de palabras, dejarán al aire todos los vacíos. Mientras retiro un resto de queso de mi comisura me planteo si el sentimiento necesita una carcasa intelectual o si vive por sí mismo a pesar de la pobreza léxica. O si esa indigencia emocional que contemplo no tiene relación directa con la precariedad de la comunicación. Al fin y al cabo, se puede amar y odiar en silencio.

Como no llego a ninguna conclusión, abro Lo que queda de Luz y me abandono a esos personajes que citan a Christina Rossetti, van a exposiciones de Paula Rego y cuando se separan el único motivo de disputa son los libros. Un personaje dice: «El buen gusto está acabado. Ahora todos queremos sentimientos».

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