Pérez-Reverte: «Vivimos ajenos a la realidad, en una especie de trinchera de algodón»

El escritor y miembro de la RAE firmó el martes en A Coruña ejemplares de su novela «Sidi». «Si yo pensara en el poder que tengo, no lo utilizaría», afirma

Pérez-Reverte, este martes en la inauguración de la nueva librería Arenas
Pérez-Reverte, este martes en la inauguración de la nueva librería Arenas

Bajo una cortina de lluvia, también de seguidores apiñados ante el estreno de una librería, A Coruña ha recibido a Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), el novelista. Ha venido a lo Lorenzo Falcó en el aspecto, con sombrero y gabardina, para inaugurar, el martes más literario del otoño, la nueva Arenas, una acogedora casa para los libros en la avenida de Oza, que les recibe con malla y yelmo, aguerrida en el escaparate y en la defensa de su papel. «Abrir una librería es un acto de valor. Una librería es una trinchera, para afrontar lo oscuro de estos tiempos», aseguró en el acto de inauguración el autor de Sidi, un relato de frontera, que acerca al lector a un Cid particular, épico pero humano, a la fuerza de la intuición y el instinto, a la crudeza de la guerra. El Cid Campeador no fue el primer flechazo literario para el escritor, que descubrió de pequeño La leyenda del Cid, de Zorrilla, en la biblioteca de su bisabuela. ¿Cómo fue cambiando su visión del mito a lo largo de los años? «Cambió rápidamente. En el colegio, a los 9 años, en historia de España se hablaba del Cid, y era un Cid absolutamente franquistizado, muy politizado. El paladín de la cruzada», recuerda el académico. «Tuve muchos Cids en mi vida -continúa-. Manejé varias versiones diferentes, pero había leído, tenía una familia con biblioteca. Y una biblioteca es un antídoto contra todo. La biblioteca me daba la vacuna para no dejarme influir por los Cids exteriores. Me hice una idea bastante plural, de un Cid mercenario, hombre de frontera, con talento, con inteligencia. Esa idea del Cid de espada de herejes yo no la tuve en ningún momento». 

-¿Su voz y su temperamento están en este Ruy Díaz? ¿Es parecido a usted?

-No lo es. Lo que pasa es que yo he vivido en frontera. La vida del escritor es la mirada que tiene. Mi mirada está condicionada por la vida que pasé. Esos 21 años que pasé en frontera me dejaron una forma de mirar el mundo. Esa experiencia, esa conformación de la mirada que me dejó la vida, la pongo en novela. El Cid no soy yo, pero lo vemos con mis ojos.

-Ha manifestado su voluntad de limpiar la visión antigua y más rancia del Cid, para darle aires de wéstern.

-Le he querido quitar al Cid la camisa azul. 

-Se agradece...

-Bueno, pero no lo hice para que me lo agradecierais. Yo no tengo ninguna misión. En contra de lo que dicen algunos, creo que el novelista no tiene ninguna misión. Su única misión es ser eficaz, que la historia esté bien, que los lectores la vivan. Si además quiere cambiar el mundo, es cosa de él. Pero no tiene obligación, es un acto voluntario. En este caso, yo no quería limpiar al Cid, sino contar mi Cid. Y lo conté. 

-¿Fue el de Vivar su primer flechazo literario?

-Tengo 68 años, y he tenido muchos flechazos literarios.

-¿No recuerda el primero?

-Los tres mosqueteros. Fue muy potente. El Cid fue de los primeros, pero fue madurando después, el concepto España se ha ido conformando. Pero el libro, la literatura pura, fueron al principio Los tres mosqueteros.

-«Lo peor no era el combate, sino la espera», escribe. ¿Ve la guerra como la describe en «Sidi»?

-Es como la describo. La guerra es así.

-¿«Nueve partes de paciencia y una de coraje»?

-Sí. Hay cosas que no conozco, o que ignoro, o que entiendo mal, pero hay un par de ellas que conozco bien. La guerra de Sidi es la guerra de verdad, la guerra medieval, obviamente. La guerra de verdad, esa, no me la han contado.

-¿Tiene la impresión de que esta sociedad está, como entonces, atrapada entre dos mundos?

-Tengo la sensación de que la sociedad de hoy vive ajena a la realidad. La sociedad occidental, quiero decir; porque hay sociedades que viven la realidad todos los días. Vivimos ajenos a la realidad; vivimos en una especie de trinchera de algodón que parece que nos protege de todo, hasta que llegan el terrorista, el tsunami, el corte eléctrico... y se va todo el carajo. Creo que la sociedad actual vive de espaldas a la realidad y eso la hace más vulnerable todavía.

-Quizá no escribe para cambiar el mundo, pero el poder de la literatura, de la palabra, es brutal. 

-Sí, pero eso no es asunto mío... Ni siquiera cuando tuiteo lo hago para mejorar nada. Lo hago porque es mi desahogo, me expreso, ajusto cuentas, pero no lo hago para cambiar nada.

-Pero tiene un poder.

-Si yo pensara en el poder que tengo, no lo utilizaría. Al escribir no estoy pensando en el receptor. No hay un modelo concreto, como de libros. Me leen igual en China que en Rusia que en Bolivia que en Islandia... Yo cuento lo que hay, y el que quiere entrar, estupendo.

-¿Cree que «Sidi» es su mejor novela, como dicen?

-No.

-¿Cuál diría que es su mejor libro?

-No lo sé. Eso no me lo planteo. Este es mi último libro. Pero uno va a un libro con lo que trae de los anteriores. Aprende el oficio, los trucos nobles del oficio y pone lo mejor que tiene. Supongo que ahora soy mejor novelista que hace 20 años...

-Hace más de veinte escribió ya «Territorio comanche». Fue muy celebrado.

-Pero he aprendido cosas que antes no sabía. Miro el mundo de otra manera. No sé. Sidi es mi último libro.

-¿Cómo ve la literatura, como un campo de batalla o un navegar turbulento?

-Veo la literatura como un consuelo, como un analgésico, como una compañía, como una solución para muchas cosas, ¿no? Cuando estaba en Sarajevo, esos días duros que llegabas al hotel y dejabas huellas de sangre, y veías la suela de caucho en el suelo de haber pisado lo que no debías pisar... Me sentaba, abría la Ilíada, o abría la Eneida, o abría La cartuja de Parma o Crimen y castigo, encendía la linterna, porque no había luz, y durante esa hora que estaba leyendo, el mundo volvía otra vez a retomar su lugar. Hay una escena en Alatriste, en la novela Corsarios de Levante, de una batalla naval, desastrosa... Alatriste lleva en el bolsillo un libro de sonetos. Y le pregunta uno: «¿Para qué lleva un libro aquí?». «Para soportar días como este». Pues esa es la cuestión; la literatura me ayuda a soportar días, años y mundos como este.

-Recuerdo su cuento de Navidad, el que reinventaba la fábula de la cigarra y la hormiga. Cómo la hormiga, viendo que la jeta conseguía más fruto que el trabajo, acababa por mandarle recuerdos a Esopo «y a la madre que lo parió».

-Fue de los primeros.

-¿Echa de menos esos primeros momentos?

-No, echo de menos mi inocencia. Entonces, creía que había muchas cosas que tenían solución, que el mundo era mejorable, que el ser humano era bueno y que la sociedad lo hacía malo.

-¿Y no es así?

-Es al revés. El ser humano es un animal que sobrevive, que caza, y las reglas sociales son las que lo hacen soportable.

-Siempre viaja en buena compañía. ¿Qué libros le han acompañado en este viaje a Galicia?

-Estoy releyendo La forja de un rebelde, de Arturo Barea; en este viaje me acompaña el cuarto volumen de la serie. 

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