Para viajar sin moverse del sitio

Proponemos un recorrido por el planeta sin necesidad de mover un pie del salón. La aventura y la autenticidad están aseguradas, y sin colas


Un buen libro siempre incluye un viaje. Este puede ser emocional o a través del tiempo. Pero el recorrido también puede ser sensorial, sin pisar o respirar el paisaje. Se contempla y recrea a través de las descripciones de los autores. Cuando aún quedan unos días para disfrutar del verano, proponemos una lista que no va de literatura de viajes, sino de historias que no serían lo mismo sin el espacio en el que acontecen. Salvo alguna excepción, todos los títulos son novedades editoriales que nos meten un pie en el avión sin necesidad de armar la maleta. Otra cosa es que, al terminarlos, tenga ganas de poner tierra de por medio.

Playas de hierba

Empezamos por uno de los países de moda. Uno en el que las playas no son de arena, sino de hierba. ¿Quién no ha soñado con una aurora boreal? Las panorámicas de Islandia son de otro planeta. Sacar un billete y pagar un hotel en el país escandinavo también. Mucho más asequible resulta hacerse con el último libro de Bergsveinn Birgisson, Para Helga (Lumen). Un viejo granjero confiesa su pasión extramarital por una antigua vecina en una carta donde Helga compite con una imponente rival: la isla nórdica. «Así es como se desmorona todo lo que se ha construido con el tiempo en la cultura islandesa; la gente se va al extranjero y aprende cualquier mamarrachada que no guarda ninguna relación con Islandia, e intenta hacer todo lo posible, en nombre de las nuevas tendencias, para echar a perder y mandar al carajo las prácticas singulares que se han desarrollado aquí. En Italia comen gorriones», exclama el protagonista, Bjarni. ¿O es el autor quien lo piensa? Para Helga es una historia de amor, de literatura popular, de existencialismo y de Islandia. Y tiene sorpresa final.

Así es como se desmorona todo lo que se ha construido con el tiempo en la cultura islandesa

Recién llegada a las librerías, Olga (Anagrama) es la nueva novela del juez alemán, todavía en activo, Bernhard Schlink. El mismo que fascinó al mundo con El lector -en el cine, Kate Winslet se llevó el Óscar por encarnar a su protagonista- y que repite con una historia de amor donde el difícil pasado de Alemania es el trasfondo. La sombra en la vida de Olga, una mujer que nada tiene que ver con la fría Hanna de la que se enamoró un adolescente Michael Berg, Ralph Fiennes en la pantalla, en su anterior libro. No faltan los secretos y un personaje femenino imborrable.

Un arresto domiciliario en un hotel de lujo. A priori puede asustar tal punto de partida en un libro de 512 páginas. Basta con leer la primera para caer rendidos ante el encanto del conde Rostov. El estadounidense Amor Towles brinda con Un caballero en Moscú (Salamandra) un viaje a la Rusia de los años 20, cuando los bolcheviques tomaron el poder. Kenneth Branagh protagonizará la adaptación a la pequeña pantalla de este Robinson Crusoe que consigue meternos dentro del Metropol, un hotel real situado frente al Kremlin.

Un poco de Estambul

En Estambul, o mejor dicho, en la antigua Constantinopla finisecular, se desarrolla Loxandra (Acantilado). Un canto a la ciudad puente entre dos continentes y, ante todo, a la vida. María Iordanidu firma un clásico de la literatura griega que, desde hace un año, podemos leer en castellano. «Cortar, en un atardecer de verano, con un cuchillo filoso un melón verdidorado sobre un gran plato escarlata. ¡Ah! ¿Qué si no es la felicidad?», se pregunta Loxandra, tan de carne y hueso como que fue la abuela de Iordanidu. Querer probar sus dolmás de col o sus hojas de parra con vistas al Bósforo será el peor efecto secundario de esta lectura.

¿Habrá aprendido más quien ha recorrido las ocho montañas o quien ha llegado a la cumbre del monte Sumeru?

Para los que se decantan más por las cumbres pedregosas, Paolo Cognetti publicó el año pasado Las ocho montañas (Random House). «¿Habrá aprendido más quien ha recorrido las ocho montañas o quien ha llegado a la cumbre del monte Sumeru?», lanza al lector en esta historia de amistad entre Pietro, un chico de ciudad, Milán, y Bruno, que apenas ha salido de su pueblo incrustado en los Alpes italianos. También en el país con forma de bota se desarrolla El país donde florece el limonero (Acantilado), de Helena Attlee. La traducción corre a cargo de María Belmonte, otra especialista en el arte de la traslación con Los senderos del mar (Acantilado), un viaje sentimental por la costa vasca. Por último, no podía faltar un clásico. Los relatos de O. Henry en Historias de Nueva York (Nórdica Libros) son una de las mejores formas de descubrir la ciudad de los rascacielos. La editorial regala con el libro un cartel con la icónica fotografía de Berenice Abbott. No hay excusas para quedarse en casa.

Las 20 novelas clásicas que deberías leer al menos una vez en la vida

ANA ABELENDA

Consultamos a diez personalidades del mundo del libro qué novelas son las imprescindibles, las que no nos podemos perder. El tope está en 20 y en el siglo XX. Aquí las favoritas. ¿Cuáles añadirías?

La novela no ha muerto. La reina de las letras de ficción tiene no solo novedades, sino antigüedades vivas que no se irán al estante de atrás. Son joyas que nos llevaríamos en un arca a un retiro feliz, a La isla del tesoro, el primer flechazo de novela para Domingo Villar (Vigo, 1971), autor de O último barco. «Es un flechazo que todavía dura, porque sigo coleccionando ediciones —dice sobre el clásico de Stevenson, que también brilla entre las favoritas del editor Francisco Castro—. Creo que La isla del tesoro (1883) es el primer libro en el que me enfrenté a un malo con el que me gustaba estar. Estaba deseando que apareciese John Silver y creerme sus embustes». Si tuviese que quedarse con tres de esa selección de 20 novelas para no perder jamás, el creador de Leo Caldas elegiría también El conde de Montecristo (1844). «Cuando he tenido alguna complicación en la vida, siempre me ha parecido que si Edmundo Dantés pudo salir del castillo de If yo podía salir de las mías, cuenta quien dice que Pedro Páramo (1955) hace que «quiera vivir en Comala».

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