Pero tras el sábado, viene un domingo

La nueva novela de Ray Loriga, «Sábado, domingo», nos advierte de algo que siempre supimos: que el ayer hay que cerrarlo, porque si no acabará volviendo


Dos días: un sábado y un domingo. Solo que aquí, en la undécima novela de Ray Loriga (Madrid, 1967) -primera tras Rendición, Premio Alfaguara-, por una vez no son consecutivos. Bien podrían serlo, sin embargo, a pesar de que entre ambos medien 25 años de diferencia: el segundo sigue siendo, sinónimo de vértigo, el momento de asumir las consecuencias, de enfrentarse a la realidad.

Es 1988. Dos niños pijos madrileños con resaca acumulada salen a beber en una calurosa noche de verano; la ciudad, medio vacía. Y es sábado, con todo lo que este día tiene de expectativa y posibilidad. Trazan desde la costumbre la ruta, y deciden pasarse primero por la fiesta de la prima del que narra, el de parentela menos desahogada de los dos: Virginia, Gini -«mi amistad con ella nació del deseo»-, se larga a Francia a estudiar Ciencias Políticas en la Sorbona y quiere despedirse, pero antes hacen una parada en el Vips de López de Hoyos donde, entre copa y copa, parlotean con una camarera, -«la más bonita que hubiese visto nunca»- que si no queda impresionada, se lo hace. Quedan en recogerla más tarde, cuando acabe su turno, tiempo que el cortejador y el acompañante aprovecha para ponerse a tono y dejarse ver en aquella cita a las afueras más acaudaladas de la ciudad. Mucha niña mona, pero ninguna sola.

Continúan luego, ya los tres, hacia un local de mala muerte, pero habitual, de los que fían, de los de palmeras de mentira, música de Los Brincos, bola de espejos y sofás de pana, y finalmente terminan la noche bajo el techo del que no relata, el Chino. El chalé en El Viso es la última parada de ese primer día. Ahora sí, algo pasa. O no pasa, que a veces cuenta igual. «Vives como si nada hasta que algo se te clava, y después se trata de sacarse esa espina más que de seguir viviendo».

Es 2013. Un adulto -no tan pijo ya- acompaña a su hija a la fiesta de Halloween en el Colegio Internacional. Es domingo; lamento y explicaciones. Han pasado 25 años desde aquel sábado y el protagonista hace recuento rápido de lo que hasta ahora se perdió el lector: un rosario de trabajos insatisfactorios, mal remunerados; y un matrimonio feliz, y luego, un poco infeliz, y luego, un divorcio. ¿Pero qué sucedió aquella noche de sábado?

Sigue vivo Loriga, tecleando y en buena forma el muy cabrito, un ave fénix que con Sábado, domingo, además de arriesgar, tomando muchísima distancia con aquella distopía que se marcó hace dos años y que volvió a ponerle en el mapa, entusiasma. Deja asomar aquí, seguramente de forma intencionada, coletazos de Lo peor de todo, su primera novela, recuperando aquella voz ahora bien pulida, ahora sabiendo de lo que habla. ¿Y de qué habla?

De esa cosa rara que es la amistad. «Crees que vas a tener amigos que son de una manera y acabas con gente que es justo lo contrario. Como si no pudieses elegir».

De lo listo que es uno después, una vez todo ha pasado, pero no en el momento.

De lidiar con el pasado.

De ese clásico que es que dos personas vivan algo juntas y que no vivan lo mismo, sino justamente lo contrario. De los puntos de vista, de la mirada del testigo. Del actor protagonista y del actor de reparto.

De que mañana será otro día, sí. Pero no necesariamente mejor.

De las elipsis, ataques epilépticos o saltos temporales, como más guste. O convenga. Buscadas o no.

De cómo se ven las cosas en tiempo real, de cómo se entienden en reposo, de cómo se perciben con 20 años y de cómo se advierten instalado ya uno en la madurez.

De que es mejor perder dos guantes que solo uno. Que uno solo, guardado, recuerda la ausencia del perdido.

De cuánto se puede barrer debajo de la alfombra. De hasta cuándo uno puede hacerse el loco, o el tonto. De los cobardes a conciencia. Del instinto de supervivencia.

De las expectativas. De más señales de las que se necesitan. De jugar al gusto con las circunstancias. De pensar que algo sucedió y que, en realidad, no haya sucedido nunca apenas nada.

Y de los recuerdos oscuros, la menos inocente de todas las armas, esos que no son mortales, pero que ahí están, acompañándonos todo el tiempo, una sombra negra y enorme con la que, al final, acabamos obligándonos a vivir. Loriga los compara con una medusa tenebrosa, «una sombra de tinta que impregna la página siguiente con una forma imprecisa, pero idéntica, que avanza en dirección opuesta». «Todos pensábamos crecer de otra manera y de pronto, aparece». Y se alarga, cubriéndolo todo. La culpa. El infierno que es uno para sí mismo.

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