Ray Loriga: «Me preocupa esa manera de vivir de cara al público, sin intimidad»

El escritor madrileño recibe hoy el Premio Alfaguara por «Rendición», una parábola de nuestras sociedades expuestas constantemente a la mirada de los demás: «Ya no hace falta un gran hermano orweliano, nos delatamos a nosotros mismos».

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Jorge Loriga tiene muchas razones para ser Ray. Y cita: «Nicholas Ray, Raymon Carver, Ray Bradbury, Ray Sugar Robinson..., por ejemplo». Así lo eligió y así le llaman desde sus 16 años, nueve antes de publicar Lo peor de todo, el principio de todo. A esta primera novela le siguió, apresurada, como un hermano prematuro, Héroes y Ray -salvaje, eco beat- se hizo, ahora sí, nombre: parió a partir de entonces títulos dispares, algunos guiones, se atrevió incluso con la dirección. Se pintó el cuerpo, se entrenó en la calada anémica. Hoy, recién cumplidos los 50, recibe el Premio Alfaguara de novela. «Todo lo medianamente inteligente que salga en Rendición probablemente lo vi, de alguna manera, en la sombra de Juan Rulfo. Porque es muy difícil caminar sin sombras; las sombras son amparos», evocó tras conocer el fallo del jurado. Días más tarde, deslizó que reaccionó así sin saber que se cumplían cien años del nacimiento del mexicano. Quizá sí lo sabía. Quizá sigue, despistado y caótico, fiel al personaje. El caso es que también de las sombras habla esta distopía escogida entre 665 manuscritos. No de las que dan refugio, más bien de las que nos mantienen intactos, nosotros mismos, «aunque nos cambien las circunstancias»: «Cuando la claridad es excesiva engulle todos los secretos, todos los misterios y todos los deseos. Y de tanto verlo todo ya no quiere uno prestarle atención a nada».

-La de «Rendición» no se parece nada a tus anteriores historias.

-He intentado, o me ha salido así, que cada novela sea muy diferente. Trífero no se parece demasiado a Héroes y Tokio ya no nos quiere no se parece a Trífero. No se por qué, detrás de cada novela siempre se me ha impuesto la necesidad de un giro.

-«Una parábola de nuestras sociedades expuestas a la mirada», la describió el jurado. ¿Nace de la preocupación? ¿Te preocupa el mundo actual?

-Me preocupa como a todos, y los escritores somos parte del tiempo que nos ha tocado vivir. No es que me preocupe especialmente este tiempo, sino todo el desarrollo de nosotros como sociedades. Siendo esta una fábula que sucede en un lugar simbólico, con una guerra de la que no se explica demasiado, y hay una situación de una pareja, con un niño que han recogido, que se convierten de la noche a la mañana en refugiados, les expulsan de su pequeña vida y tienen que ser acogidos en otro lugar, en una ciudad que es totalmente distinta a lo que estaban acostumbrados... siendo así, utilizando estos parámetros de metáfora, sí que me interesaba hablar de problemas que estamos viviendo día a día. Problemas que tienen que ver con un mundo sin privacidad, donde ya no hace falta ni siquiera un gran hermano orweliano para vigilarnos y espiarnos, sino que somos nosotros mismos, mediante unos mecanismos móviles, los que nos vamos delatando cada segundo y enseñando nuestras intimidades. Y esa manera de vivir de cara al público, de ser constantemente juzgados por las redes sociales, por la mirada de los otros, sí me interesa y sí me preocupa.

-Entonces, consideras nociva esa exposición tan a la orden del día.

-Intento no juzgar lo que es malo y lo que no lo es, lo que sí digo es que es extraño, y que nos tenemos que adaptar, o controlar todos estos mecanismos a no ser que queramos vivir así, de puertas afuera y sin secretos en el alma.

-El protagonista de la novela, en cambio, no termina de adaptarse.

-Es que cuando nos cambian las circunstancias... Ya lo dicen hoy los expertos, que la flexibilidad es ahora lo más importante. Antes era la constancia, uno estudiaba una carrera y hacía eso toda su vida, ahora incluso en el ámbito laboral y familiar hay que mostrarse cambiante, como hoja al viento, y a la voz que narra esta historia le cuesta Dios y ayuda adaptarse. De alguna forma siente que es como negarse a sí mismo.

-¿Somos nuestro peor enemigo?

-Lo hemos sido siempre, no tenemos otro. Unos entre otros y nosotros mismos cada uno. Evidentemente, una vez que nos ponemos a vivir en una sociedad la culpa de todo lo que sucede es nuestra.

-¿Qué hay en nuestro mundo de «la ciudad transparente»?

--Al final, este lugar es una metáfora de una sociedad extraña para los que hayamos nacido en un mundo con un teléfono fijo en cada casa y un canal de televisión nada más. De pronto, estas relaciones tan virulentamente abiertas entre todos nosotros, esta sociedad que va hacia la autodelación constante, cada uno quiere enseñar todo lo que hace, ya sea vestido, desnudo, de vacaciones, en el trabajo, las fotos de los niños, de los platos que se come... Y esa manera de mirarnos todo el rato y de perder intimidad está a la orden del día en las sociedades occidentales.

-«Esta vida sin tormentas ni tormentos yo no la entendía ni quería entenderla». ¿Son necesarias las sombras?

-Ahí quise entrar en una paradoja, en una dicotomía: un mundo digamos transparente con todo lo que eso conlleva, donde no hay lugar para esconder nada, en principio es una cosa positiva ¿no? Podríamos pensar que de esta forma no existe la corrupción, no existe la maldad a escondidas, los actos que uno no le cuenta a los demás... Pero al mismo tiempo estamos hechos de secretos, de zonas de sombra, de lo más íntimo, de lo que solo sabemos nosotros. Entonces se gana una cosa y se pierde otra muy esencial.

-Al contrario que otras distopías, planteas la felicidad y el bienestar como algo incómodo...

-Sí, de eso se trata. La de Rendición es en teoría una sociedad mejor, mejor organizada, más limpia, semiperfecta. Pero al mismo tiempo es un cambio brutal en la manera de vivir del protagonista y en su manera de entender las cosas: es una ciudad sin olores, sin cosas feas, sin cosas sucias, pero se va convirtiendo en un mundo estéril para el personaje y esa es la parte que más le cuesta. También me gustaría decir, sin desvelar demasiado de la novela, que así como en la mayoría de las novelas distópicas, siendo todas muy distintas, nos hemos enfrentado a un individuo que es la víctima de la sociedad, en este caso no está tan claro que sea una víctima, puede que sea un estorbo para esa sociedad.

-La felicidad, la comodidad... ¿son una manera de rendirse?

-La felicidad como obligación social puede llegar a ser una condena, otra cosa es que cada uno pueda encontrarla a su manera, en cosas muy distintas... algunos la relacionan con la euforia del éxito, del triunfo, con lo conseguido... otros con la tranquilidad, con la paz. Así que depende del objetivo que cada uno le ponga a sus felicidades, puede estar más o menos frustrado o puede ser más o menos alcanzables.

-Más de un titular destaca que en esta novela «no hay sexo, ni drogas ni rock and roll». ¿Es eso Ray Loriga?

-Escribí Héroes sobre un adolescente que escucha música en su habitación y está concebida casi como un disco sin música, pero he escrito también muchas otras cosas que no tiene nada que ver con este cliché... sí, he escrito sobre drogas, pero de una manera más metafórica.

-¿Qué queda de este personaje?

-Nunca lo sentí como propio, me convertí en una figura semipública, algo que en realidad nunca me ha interesado, pero es parte de lo que conlleva tener cierto éxito en tu trabajo, lo cual es de agradecer. Viene con esta contrapartida, se crean falsas imágenes. Mientras tú sepas lo que eres tampoco debería de preocuparte demasiado.

-Entregaste el manuscrito original bajo el pseudónimo de Sebastián Verón.

-Es un jugador de fútbol argentino que me gusta mucho, ahora es entrenador y jugador al mismo tiempo, y le llamaban la Brujita Verón. Me sonaba además bonito, me gustaba, y lo elegí como guiño a mi afición al fútbol.

-Eres un loco del fútbol.

-Me encanta. Ahora estoy muy contento porque mi equipo acaba de ganar la Liga, así que todavía estoy celebrándolo...

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