El genio y sus rutinas creativas

H. J. Porto REDACCIÓN / LA VOZ

FIRMAS

El escritor estadounidense Mason Currey investiga las manías, rituales y tics de los autores en busca de las musas, de mejorar su trabajo cotidiano

17 feb 2014 . Actualizado a las 09:20 h.

«Mi vida es lo más sencilla que puedo. Trabajo todo el día, cocino, como, me baño, telefoneo, malescribo, bebo, veo televisión por la noche. Casi nunca salgo. Supongo que todo el mundo trata de ignorar el paso del tiempo; alguna gente con mucha actividad, estando un año en California y al siguiente en Japón. O bien usan mi método: hacer exactamente lo mismo cada día y cada año. Probablemente ninguno de los dos funcione». Quien habla así es Philip Larkin (1922-1985), un excelente poeta británico cuyo sueldo casi toda su vida provino de un puesto de bibliotecario. «Me educaron en la idea de que tenías que tener un empleo y escribir en tu tiempo libre, como Trollope».

Muchos son los que piensan que las musas vienen solo a visitar al creador que vive una existencia agitada, de aventuras, de riesgo, o si al menos llevas la mente a una situación de motivación límite a través del alcohol o las drogas -algo muy común en el mundo de la música pop o el jazz-. Pero lo cierto es que la mayor parte de los grandes escritores del siglo XX sobrevivían gracias a un puesto de funcionario o en una vulgar oficina. Así, Pessoa (traductor de correspondencia comercial), T. S. Eliot (profesor, empleado en la banca o en una editorial), Kafka (compañía de seguros)...

A Larkin le gustaba bastante beber, pero él admite que solo puede escribir dos horas diarias, que el resto es tiempo improductivo -«dar vueltas en círculo»- que debe dedicar a reacondicionar su subconsciente para estar listo al día siguiente.

En todo caso deja claro que no hay fórmulas. La creación es un trabajo arduo que cada uno debe enfocar a su modo. ¿Cómo? Mason Currey se ha levantado durante año y medio a las 5.30 horas para -tras cepillarse los dientes y hacerse una taza de café- sentarse a escribir sobre cómo algunas de las mentes más brillantes de los últimos 400 años -más de 160 personajes- abordaban esta misma tarea: crear. Currey analiza en el libro Rituales cotidianos (Turner) cómo era la forma en que afrontaban su jornada diaria, cómo encontraban tiempo, conciliaban sus otras actividades, su vida familiar si la había, cuáles eran sus trucos, sus manías, sus hábitos, sus supersticiones, sus tics para resultar más productivos en su búsqueda artística.

Tolstói (1828-1910), por ejemplo, debía obligarse a escribir todos los días sin excepción, no tanto en pos del éxito, confiesa, como «para no salirme de mi rutina». Se retiraba al gabinete con una taza de té, y nadie debía interrumpirlo, si acaso, alguna vez, su esposa, que se sentaba en el diván y cosía en silencio.

Mucho peor era el músico Gustav Mahler (1860-1911), que «no soportaba ver ni hablar con nadie antes de ponerse a trabajar por la mañana». Su deseo de absoluto silencio llevaba a su esposa Alma al extremo de ofrecer a sus vecinos entradas para la ópera a cambio de que encerrasen a sus perros. Para despejarse solía pasear por la orilla del lago, y a menudo se bañaba.

El pintor Jackson Pollock (1912-1956) también paseaba por la playa con su mujer, Lee Krasner, en Springs. Pero apenas se podía sustraer de la bebida, hábito que marcó su etapa neoyorquina. Cuanto menos bebía más dormía, aunque trataba de levantarse más temprano para trabajar, sobre la una de la tarde.