La jefa del grupo de Melanoma del CNIO será investida doctora honoris causa por la Universidade da Coruña: «Regresar 36 años después es cerrar un círculo»
22 jul 2026 . Actualizado a las 16:15 h.Marisol Soengas González (Agolada-Pontevedra, 1968) descubrió su vocación por la ciencia cuando de pequeña jugaba al Quimicefa en su casa de Aldea do Monte. Pero no fue hasta año después, cuando se trasladó con su familia a A Coruña y empezó a estudiar Biología cuando esa preferencia infantil se convirtió en auténtica fascinación por la bioquímica. Fue un deslumbramiento que alimentó en las clases de Esperanza Cerdán, una de sus referentes, y que, con los años, fue forjando hasta convertirse en una de las referentes internacionales en la investigación del melanoma, el cáncer de piel más mortífero. En este camino, Soengas, jefa del grupo de Melanoma en el CNIO y expresidenta de la Asociación Española de Investigación contra el Cáncer (Aseica), trazó una trayectoria profesional de excelencia avalada por múltiples reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Fernández-Latorre, pero poco podía imaginarse que 36 años después regresaría a su hogar académico para ser distinguida como doctora honoris causa por la Universidade da Coruña (UDC), un reconocimiento que recibirá el próximo miércoles junto al anestesista Emery N. Brown, profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y en la Facultad de Medicina de Harvard.
—Resulta poco habitual, que se otorgue este reconocimiento en el mismo lugar donde dio sus primeros pasos académicos.
—Bueno, en aquel momento era colegio universitario, por lo que realmente me licencié y doctoré en la Universidad Autónoma de Madrid. Pero mis tres primeros años de carrera fueron en A Coruña y resultaron fundamentales. En segundo ya estaba metida en el laboratorio de bioquímica, y en tercero también. Esa sensación maravillosa de dejar las prácticas tradicionales para empezar a hacer experimentos de verdad nació allí, en A Coruña. Que ahora me reconozcan como doctora honoris causa es muchísimo más que una satisfacción, es como cerrar un círculo, algo muy emocionante.
—Entiendo que será muy emotivo para usted. Seguro que alguna lágrima caerá.
—Es profundamente emotivo. Seguro que caerá alguna lágrima. Tanto por mi parte como por la de mi familia, porque será un momento muy importante para todos nosotros. Por eso, que ahora me reconozcan a este nivel es profundamente emotivo. Además, y aunque la UDC es una universidad relativamente reciente su lista de doctores honoris causa es tremenda. Es un honor compartir nombramiento con una figura como Emery Brown. Cuando me llamaron fue una sorpresa total; jamás me habría imaginado regresar así 36 años después.
—¿Cuáles van a ser los ejes principales de su discurso de aceptación?
—Lo voy a centrar en torno a dos grandes conceptos. El primero parte de una imagen: una alforja. Es un homenaje a una frase de Xosé Neira Vilas en su libro Memorias dun neno labrego: «Nós vimos ao mundo cunha alforxa de preguntas». Hablaré de cómo he ido rellenando y renovando esa alforja, no solo con interrogantes, sino con las sorpresas que te depara la ciencia. El segundo eje lo hilaré con otra palabra gallega preciosa: afouteza. Explicaré cómo se fue forjando mi trayectoria, el valor de arriesgarse y mantener un espíritu positivo, apoyada en las personas que me influyeron y me sirvieron de referentes. Por último, plantearé mi visión de futuro: una defensa firme de la investigación y la necesidad de avanzar hacia una medicina más humanizada, centrada en escuchar y apoyar a los pacientes.
—¿Le queda algún sueño a aquella niña que jugaba a ser científica en Aldea do Monte?
—Mira, sí. A mi lo que me ilusiona y lo que me gusta de la ciencia es todo lo que queda por descubrir. Yo hace cinco años no me imaginaba que iba a ser honoris causa por la UDC, entonces tampoco sé cómo estaré y dónde estaré dentro de los próximos cinco años, pero desde luego espero descubrir y que los compuestos de los fármacos que tenemos en marcha lleguen a los pacientes... en melanoma y a lo mejor en otros tipos tumorales. Espero sorprenderme todavía mucho.
—Se suele decir que el gran sueño de cualquier científico es que su trabajo se traduzca en un beneficio real para las personas. En su caso, está cada vez más cerca que un compuesto desarrollado en su laboratorio pueda llegar a los pacientes.
—Curiosamente, yo no empecé en la ciencia pensando en eso. Cuando eres una investigadora joven —y en mi caso particular, sin ningún referente científico en mi familia— lo único que me movía era el deseo puro de saber, de aprender. Lo de empezar a pensar en cómo aplicar esa investigación vino mucho después. Con los años, vas orientando el trabajo, descubres que los resultados se pueden patentar y también te topas con la frustración de que la financiación pública habitual no basta para cruzar la línea hacia la medicina comercial. Ahí es donde el científico debe adaptarse y buscar soluciones. En nuestro grupo tuvimos la suerte de contar con Damià Tormo, quien en sus tiempos de estudiante propuso fundar la compañía Bioncotech (hoy Highlight Therapeutics) para impulsar el desarrollo clínico
—Si, pero la realidad es que un compuesto desarrollado inicialmente en su laboratorio está cada vez más cerca de poder salvar vidas.
—Para mi uno de los días emotivos de mi vida fue cuando nos dieron la luz verde, a Bioncotech Therapeutics, para empezar a tratar al primer paciente en un ensayo clínico. Yo ese día lloré de la emoción, y no me da ninguna vergüenza admitirlo. Sentir que un hallazgo nacido entre las paredes de tu laboratorio iba a administrarse en una persona es indescriptible. Pero también sentí muchísima preocupación. Los ensayos en fase 1 evalúan principalmente la toxicidad y la seguridad del fármaco aumentando la dosis de forma gradual. Aunque en los modelos animales el compuesto se toleraba a la perfección, en humanos nunca tienes una certeza absoluta. Hasta que no pasan las primeras semanas y los primeros pacientes, casi ni respiras.
—¿En qué fase se encuentra ese desarrollo clínico actualmente?
—Actualmente Highlight Therapeutics ya está en el marco de su séptimo ensayo clínico, lo cual representa un hito enorme. Son estudios complejos dirigidos a pacientes con tumores resistentes a la inmunoterapia. No se realizan solo en España, sino en múltiples países, abarcando hospitales de renombre en Estados Unidos, Israel y varios puntos de Europa. El mismo compuesto se está probando en melanoma, pulmón, vejiga y, más recientemente, en carcinomas basales y escamosos, que son tipos de cáncer de piel muy frecuentes y agresivos.
—Su historia adquiere un tinte de justicia poética: usted investiga para salvar a otros, pero la ciencia también la está salvando a usted.
—Bueno, se intenta. Yo espero que sí. Soy plenamente consciente de que, con el diagnóstico que tengo, si hubiera enfermado hace 10 o 15 años mi pronóstico habría sido muy, muy malo. Si hoy en día estoy bien y puedo seguir adelante, es gracias a la ciencia.
—De hecho, usted misma participa en un ensayo clínico.
—Así es. Yo tengo un cáncer de mama que, al contrario de lo que algunos piensan, es bastante frecuente. Lo crucial es que presenta unas alteraciones moleculares específicas para las que hoy existen tratamientos dirigidos. Como paciente, mi objetivo actual es ganar tiempo: ganar tiempo con el ensayo en el que estoy ahora y, si las cosas no funcionan bien, resistir para el siguiente tratamiento que la ciencia descubra.
—Usted, además de entusiasta y resiliente también se caracteriza por su inconformismo. ¿Es una cualidad indispensable para un científico?
—Para alcanzar puestos de responsabilidad, seguro. Uno no llega a presidir una asociación como Aseica (Asociación Española de Investigación sobre el Cáncer) ni a coordinar consorcios internacionales siendo conformista. Hay que tener ambición. Mi jefe solía decirme una gran verdad que rescataré en mi discurso: «Si te haces preguntas aburridas, vas a tener respuestas aburridas». El inconformismo y el desafío continuo marcan la diferencia.
—Esa actitud es la que también está manteniendo para afrontar su enfermedad.
—Por supuesto, convivir con la enfermedad te hace experimentar momentos durísimos de inseguridad, angustia y fragilidad. A veces escuchas a alguien planear un viaje a seis meses vista y se te encoge el corazón porque tú no sabes cómo estarás entonces. Pero la lectura positiva de todo esto es que la enfermedad me ha dado prisa. Ahora tengo más prisa porque sé que el tiempo puede ser limitado, y ese inconformismo me empuja a seguir trabajando activamente.
—Si miramos hacia adelante, ¿cómo vislumbra el futuro del tratamiento del cáncer a diez años?
—Cuando se habla de los próximos 10 años, para un paciente de cáncer eso es una eternidad. Por eso a mí me gusta fragmentar el futuro y pensar en objetivos a más corto plazo, digamos a dos años. En ese período inmediato, espero ver una mayor cantidad de compuestos en fase clínica para ofrecer más opciones a los tumores avanzados. También se está haciendo un esfuerzo ingente en el diagnóstico precoz y en lograr que el seguimiento de los pacientes sea mucho más eficiente y menos invasivo gracias al desarrollo de la biopsia líquida, evitando que tengan que pasar constantemente por el hospital para someterse a técnicas complejas como TACs o PETs.Si ampliamos la mirada hacia el año 2030, la expectativa de la comunidad científica es alcanzar un 70 % de supervivencia global, cuando actualmente nos situamos en torno al 60 %. Para lograrlo, la investigación y el apoyo financiero constante van a ser fundamentales. Pero también tendremos que aprender a lidiar con las mutaciones y las resistencias que desarrollan los tumores, pero sobre todo, el gran reto de la próxima década será la calidad de vida: investigar cómo mitigar los efectos secundarios de los tratamientos para conseguir que los pacientes no solo vivan más años, sino que vivan muchísimo mejor.
—¿Le quedan batallas por luchar?
—Sí. Una de mis batallas es conseguir la equidad en los diagnósticos y los tratamientos: que no dependan de la suerte de qué hospital o qué grupo clínico te toque. En España hay un retraso medio de unos 600 días entre que un compuesto novedoso se apruebe por la Agencia Europea del Medicamento hasta que llegue al Sistema Nacional de Salud. Eso no es justo.