Manuela Caamaño, una invidente noiesa, lleva años a oscuras, pero eso no le ha impedido a esta mujer de 94 años seguir calcetando cada tarde.
14 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Agarra las agujas de calcetar, coge el ovillo de lana y se pone a trabajar. Con los dedos va palpando cada punto. «¿Cuántos puntos hago en cada fila? No sé, eso lo voy viendo según el grosor de la lana», dice Manuela Caamaño, que es ciega. Un glaucoma le robó la vista hace doce años. Pero no ha dejado de calcetar ni un solo día. Ahora que tiene 94, esta mujer que nació en Noia, vivió en Boiro y ahora reside en Vigo tampoco quiere ni oír hablar de parar.
Es verdad que las prendas que hace ahora no son tan complejas como las que tejía antes. Cuando iba al médico a Santiago, se paraba en los escaparates. Luego llegaba a casa y copiaba los diseños que más le gustaban. Ella insiste en hablar mucho de aquellos tiempos, de todo lo que era capaz de hacer y ya no puede. De las chaquetas que cosió para su marido, ya fallecido, de la ropa de bebé, del comercio para el que trabajó en Vilagarcía o de los primos que venían de Estados Unidos a pedirle que también para ellos hiciera punto.
Y sigue calcetando. Lo hace cada tarde, en el sofá del salón de la casa de la parroquia viguesa de Valadares, donde vive con la familia de su sobrino. No ve nada de anormal en no haber parado en los últimos doce años. No le extraña pasarse las tardes con ovillos, agujas y la radio puesta -«siempre Radio Voz», cuenta-. Porque para ella es tarea fácil. Aunque calcete a ciegas, está todo en su cabeza. «Hasta elige los colores», corrobora su sobrina política, Merchi Aguilera, la persona que la cuida. De vez en cuando se le cae un punto y solo ahí necesita su ayuda.
Se calcula que un 2 % de la población padece glaucoma y que la mitad de ellos no están diagnosticados. En otras palabras, 27.000 gallegos tienen glaucoma y no lo saben. «Lo llaman el ladrón de la vista, porque cuando da la cara ya es irreversible. No hay síntomas», resume la presidenta de la Asociación Gallega de Glaucoma, Toñi Bastero.
Ayer, precisamente, fue el día de Santa Lucía, patrona de los invidentes. En los últimos años, a Manuela la operaron siete veces de la vista. Ahora tiene también otros problemas de salud. «Para mí es un ejemplo de que incluso con todas las dificultades del mundo no hay que rendirse», dice Bastero. Manuela también trata de peinarse y de maquillarse ella sola. Merchi ratifica su vitalidad: «Yo remato las prendas cuando ella termina, pero no soy capaz de seguirle el ritmo». En una tarde termina una bufanda que, además, ha diseñado ella. También hace mantas de rayas.
La pasión de Manuela empezó a los trece. Una profesora le enseñó a calcetar. «En menos de un mes ya me pedía consejo ella a mí», reivindica. Como se le daba bien, se dedicó a ello toda la vida. De alguna forma, Manuela ya podía calcetar con los ojos cerrados.
«Quiero vivir hasta los 113», avisa, «y si la chimenea me sigue desahumando bien, ¡pido prórroga!». Y mientras, más calceta.