Cerca de cien personas buscan un puesto de socorrista en esta prueba
27 jun 2012 . Actualizado a las 07:00 h.El binomio carrera-trabajo tiene una significación que sobrepasa las fronteras del ámbito universitario. Porque, tal y como se demostró en las pruebas a socorrista que se celebraron ayer en la playa de Montalvo, si uno está en la carrera adecuada, las puertas del páramo laboral pueden abrirse de par en par.
El Concello de Sanxenxo ofrecía 60 plazas para socorristas y sanitarios. Se presentaron 109 solicitudes. Y bajo un sol que aturdía, el jefe del Servicio de Emerxencias local pintarrajeaba como podía los números que identificaban a los participantes. Cuando llegó al dorso de mano número 96, estaban todos listos para emprender la ruta: Correr 200 metros con las aletas, nadar 800 entre dos boyas y dejarse el alma en el último «sprint», también de 200 metros. Porque lo que se jugaban no era una medalla, sino un trabajo.
En los preámbulos, la playa estaba moteada por bañistas, toallas y decenas de neoprenos. En la zona de las duchas, Noelia, de Combarro, cerraba la cremallera de su traje: «Levo preparándome dende febreiro, aquí en Montalvo, con choiva e frío». La joven, decidida a hacerse con un puesto de socorrista, tenía esa misma tarde otra cita en Marín, donde también había pruebas de selección. «O traballo gústame, e tendo en conta os tempos que corren, aínda que sexan só dous meses de contrato, non está de máis», señalaba.
Unos metros más abajo, golpeados por la brisa, muchos aspirantes calentaban, se refrescaban y charlaban. Entre ellos estaban dos veteranas del servicio de vigilancia: Alejandra y Bea, las dos de Sanxenxo, que llevan ya un lustro subidas a las torretas de las playas. «Os rivais a batir son os triatletas e os nadadores, que se poden identificar polos bañadores apretados», bromeaba una de ellas. Conscientes del nivel de exigencia de las pruebas, se quieren reafirmar en sus puestos: «Ao correr podes levar algún aletazo, pero son inevitables. Hai competitivade pero con fair play», apuntaba.
Salto al agua
Con más de dos horas de retraso -los exámenes teóricos excedieron el horario previsto- un pie se arrastró por la arena para marcar la línea de salida. En fila india, casi un centenar de aspirantes esperaban el grito que daba la salida. Y llegó.
En la orilla, que minutos antes estaba densamente poblada, solo quedaban en pie un par de castillos de arena, que no sobrevivieron el asedio en que se convirtió la carrera. Desde toallas y, algunos afortunados, bajo sombrillas -algo así como el palco VIP del evento- un buen número de curiosos seguía la prueba con interés. «¿Esto es para los socorristas? Ah, entonces estamos en buenas manos», afirmaba un bañista. En el agua, los brazos chapoteaban lo justo, y mientras un grupo de 10 nadadores se situaba en la cabeza, alguno seguía renqueante a la cola, nadando ya con poca fe.
El mar no estaba muy picado, pero rompían algunas olas. «Los que trabajamos otros años preferimos que haya olas, porque en estos casos la veteranía es un grado», explicaba Pablo, de Pontevedra. Ya en la meta, resoplando por el cansancio, los participantes se interesaban por el crono, último juez de la prueba.