Llevar el AVE a Lavacolla no es una idea nueva. Mucho se ha hablado de un proyecto que es básico para garantizar una comunicaciones intermodales y de calidad. La estrategia del alcalde de Santiago de explicar el proyecto entre sus colegas de las demás ciudades gallegas tiene por objeto presentar la iniciativa como un proyecto de Galicia y no de Santiago.
El alcalde de Vigo, Abel Caballero (PSOE), rey del localismo, ya le ha dicho que no cuente con él. Era previsible. Más allá de presupuestos en el aire, lo que subyace en su rechazo frontal a la propuesta es su temor a que Lavacolla, con conexión al AVE, dé un salto cualitativo que deje a Peinador aún más atrás.
Pero la realidad es que da lo mismo lo que diga Caballero. Incluso tampoco importa lo que diga el regidor coruñés, Carlos Negreira, o el compostelano. La única voz importante para saber si esta iniciativa tiene o no futuro es la del presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo.
Serán el Gobierno gallego y el Ministerio de Fomento los que tengan que costear la obra para llevar el tren de velocidad alta del eje atlántico hasta Lavacolla. Si Feijoo toma el proyecto como suyo y lo apoya, se hará. Quizás no tal y cómo está ahora planteado, pero sí de alguna otra.
Hasta ahora, el presidente de la Xunta no se ha manifestado sobre el asunto y tampoco la Consellería de Medio Ambiente e Infraestruturas, que argumenta que no quiere hacer «valoraciones precipitadas» hasta no conocer con todo detalle la propuesta.
La oposición de Conde Roa a construir la estación nueva del AVE estaba justificada en que él apuesta por conectar primero Lavacolla con el tren de alta velocidad. Una postura que resulta extraño pensar que no haya ya puesto en común con Feijoo.