Literatura y vida


Me piden, para una charla a un grupo reducido de alumnos de bachillerato, que les hable de lo que más condicionó la vida de los grandes escritores que estudié en un libro reciente. La propuesta me interesa porque hay circunstancias en la vida de cada autor que acaban marcando su obra. Una de las más notorias tiene que ver con la infancia. En especial, si esos primeros años de la vida han sido difíciles.

Entre esos escritores ya clásicos hay numerosos ejemplos de ello. Por citar algunos, empiezo por uno paradigmático: Charles Dickens, inglés del siglo XIX. Su padre fue encarcelado varias veces por deudas y se llevaba consigo a la cárcel a toda la familia ya que esta quedaba sin sustento. La ley de la época lo permitía. Así que, siendo niño, conoció las duras prisiones inglesas y ya con doce años, la madre, sin consideración alguna, lo puso a trabajar en una fábrica de betún. El mundo carcelario y el obrero acabarán ocupando muchas páginas de las mejores obras de Dickens.

Casos semejantes los encontramos en Edgar Allan Poe y Truman Capote, escritores norteamericanos de los siglos XIX y XX, respectivamente. El primero quedó huérfano a los dos años, con un padre adoptivo con el que no se llevó bien, lo que fue produciendo en él una inestabilidad que se prolongó a lo largo de su corta vida (40 años). Los temas favoritos de sus narraciones tienen que ver con el género negro y de terror. Truman Capote vivió también una infancia desgraciada: hijo de una madre alcohólica, divorciada y casada de nuevo, encerraba durante horas al niño en habitaciones pequeñas para que no molestase. En esas condiciones aprendió él solo a leer y escribir, y en esos encierros de pesadilla y desamparo es donde tienen sus raíces muchos temas controvertidos y duros de sus obras.

Balzac y Pessoa son dos escritores marcados también por su infancia infeliz, aunque sea por motivos distintos a los anteriores. El francés, hijo de familia acomodada, vivió siempre en internados muy rígidos o con institutrices severas. Los padres se desentendieron de él y de sus dos hermanos. En sus obras ajustará cuentas con el egoísmo y desapego familiar. Pessoa es hijo único hasta los cinco años, en que muere su padre y, tres más tarde, su madre se vuelve a casar. Se van a vivir con el nuevo marido a Sudáfrica y allí nacerán cuatro hermanastros, que harán que el joven Pessoa añore la tranquilidad de su casa en Lisboa, adonde volverá solo para vivir con su abuela. Esa nostalgia del paraíso perdido de la infancia se trasladará a cada uno de sus versos.

Otra circunstancia muy importante en la vida del escritor, con reflejo directo en la armonía de su obra, es la influencia de la mujer o mujeres con las que ha compartido su vida. La poesía de Rilke no se entendería sin el gran número de condesas y marquesas a las que sedujo y a las que siempre acababa abandonando. Fran Kafka vivió una intensa y amarga relación con una mujer berlinesa, empresaria y muy moderna. A pesar de estar enamorados, nunca lograron la estabilidad anímica necesaria para compartir ese amor. La enfermedad prematura del escritor vino definitivamente a teñir de luto y tristeza sus mejores obras. Otros tuvieron mejor suerte en este apartado vital. Por ejemplo, Graham Greene, que murió a los 87 años y tuvo al lado de su féretro a su esposa (de su misma edad, y 26 de matrimonio) y a su amante, de 60, con la que convivió los últimos 30 años de su vida. Una escena que podría incluirse en cualquiera de sus buenas novelas…

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