Sergio, de ocho años, y guillermo, de cuatro, están acostumbrados a pasar tiempo con su padre en la peluquería que este regenta en la localidad de Baio
21 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.
Miguel Santos Rey es barbero y peluquero en la localidad de Baio, en la Costa da Morte. Él y su mujer, Olga Mouro, profesora en el colegio de Zas, han de conciliar tiempo y horarios con los niños, además de una intensa actividad asociativa. «Báixoos comigo pola mañá antes de ir ao cole, porque a miña muller marcha máis cedo», cuenta Miguel sobre Sergio, de 8 años, y Guillermo, de 4. Sobre las 08.55 horas, o 09.00, entran con él en la barbería y allí esperan un tiempo antes de ir a la parada del bus: empiezan las clases a las 09.30. «Teño unha veciña que mos vén buscar e mos leva á parada», añade. Sergio y Guillermo, alumnos del colegio de Baio, comen en el centro: «Non hai moita forma de compaxinar doutra maneira». Cuando salen del colegio, a las 15.30, pasan otro poco tiempo en la peluquería: «En Zas as clases rematan máis tarde, ás 16.00, así que ese tempo, ata que chega a nai, están comigo. Fan os deberes se teñen ou xogan. Hai días, que son excepcións, nos que se Olga ten algún claustro ou actividade, están algo máis de tempo, pero son contadas veces». Los niños se entretienen, y a gusto. «Ás veces non queren marchar e tampouco se alborotan porque haxa xente», explica Miguel. «A min gústame implicalos e, se lles digo de axudarme e varrer, varren», ríe. Miguel acumula 30 años de oficio. Empezó siendo un adolescente y, aunque de momento son muy pequeños, a sus hijos parece que no les disgusta el sector: «O maior xa ten collido comigo a maquinilla para cortarlle o pelo aos avós e aínda agora cando eu me poño con algún cliente...». La profesión tiene mucho de práctica y, si es por eso, con lo que llevan visto, tendrán maña. Además de haber sido actor del grupo Badius, Santos Rey presidió la asociación Adro y la entidad vecinal Tabeirón. Ahora, sigue vinculado a las directivas de ambas y, su mujer, Olga, preside Adro. A estas actividades hay que añadir las que puedan tener por la tarde los pequeños. De nuevo, toca tirar de conciliación y buscarse la vida.