La maté porque era mía


El sector financiero español, al igual que un viejo castillo de naipes, empezó a desmoronarse hace cinco años y la primera carta que cayó al suelo fue Caja Castilla-La Mancha. Al principio negamos la realidad. Creímos que era cosa aislada de cuatro truhanes camuflados en trajes de prohombres de la sociedad. Pero el despiste duró poco, pronto supimos que la mitad del sistema financiero estaba tocado de muerte. ¿Su cáncer? No tenían dueño, aunque sí amos, y las empresas sin propietario no tienen quien las alimente en momentos difíciles. Las cajas de ahorro, ante las primeras embestidas de la morosidad, se mostraron insolventes e incapaces de obtener, por sí mismas, capital. Vendieron todo su patrimonio para mejorar sus ratios de solvencia y cuando este no alcanzó, comercializaron acciones preferentes perpetuas, olvidando decir que eran eso, acciones perpetuas ¡Hay que tener cara! Lo cierto es que una pequeña legión de directores generales y presidentes de cajas, reconvertidos en reyezuelos regionales, habían seducido, cuando no comprado con pagos en especies, a los políticos encargados de supervisarlos. Y con la soberbia del que se sabe sin dueño ni control, dejaron que sus ambiciones, cuando no delirios, gobernasen en solitario un barco que muchos creíamos que era de y para todos.

Y aunque fue sorprendente ver que buques tan poderosos se hundieran con tanta facilidad, quizás lo que más sorprendió fue cazar a los capitanes escapando del barco con las alforjas llenas. Algunos de los que parecen precavidos, si no se llevaron más, que nadie se engañe, fue por miedo a cruzar determinadas líneas rojas. Otros, tan habituados a la impunidad, sí las traspasaron y si no los vemos acudir un día sí y otro también a los juzgados es porque los informativos no dan abasto con la corrupción española. Perdieron su Granada y tuvieron menos dignidad que Boabdil.

España transformó, al inicio de los ochenta, las cajas en entidades financieras plenas para romper el oligopolio bancario al que estaba sometida en la última etapa del tardofranquismo. Gracias a las cerca de cien cajas que había en aquellos momentos, la clase trabajadora española accedió al mercado de crédito y con ello, adquirió la primera lavadora, el automóvil, el lavavajillas. Se transformó en clase media. Los elevados costes de adaptación a las tecnologías de la información les obligaron a fusionarse y al hacerlo se convirtieron en adolescentes indolentes, cargados de adanismo. Nada estaba inventado, todo por descubrir y con esa actitud cayeron en el mismo error que la banca a finales de los sesenta, se dejaron atrapar por una burbuja económica, antaño la industrial, ahora la inmobiliaria.

Necesitamos, entre otras cosas, que Catalunya Caixa abandone el regazo del Estado y los preferentistas pierdan su rabia, para que la historia pueda lanzar una mirada objetiva sobre este proceso, y nos indique que el gran error fue permitir que algunos se considerasen amos y señores de algo que era nuestro, no suyo.

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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