Menos petróleo de Irak, más poder para Arabia Saudí

Samuel Parra REDACCIÓN

ECONOMÍA

KARIM SAHIB

La pervivencia de Sadam Husein perjudica a su país y a los consumidores de crudo de todo el mundo, pero beneficia a los multimillonarios teócratas de Riad

23 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La desorganización y las sinrazones que caracterizan el sector petrolero no son casuales. El caos, a veces, es premeditado y rentable. Los hechos y los datos indican que Arabia Saudí está, casi siempre, en la trastienda de todas las decisiones que contribuyen a mantener el petróleo fuera de control. La posibilidad, cada vez más real, de que EE.?UU. intervenga militarmente para derrocar a Sadam Husein preocupa, en primer término, a los iraquíes comunes, pero también inquieta en Riad. El Gobierno y las arcas saudíes serían, aparte de Husein, los más perjudicados por la desaparición del régimen iraquí. Las mayores reservas La familia real de Arabia Saudí controla las mayores reservas de petróleo del mundo -cifradas en unos 155.000 millones de barriles-, pero Irak es el segundo almacén natural de hidrocarburos, con unas reservas cifradas en 120.000 millones de barriles. La actitud de Husein, con el consiguiente aislamiento internacional de la antigua Mesopotamia y la infrautilización de su crudo, favorecen por encima de todos a la familia Fahd, que concentra el poder político, religioso, económico y petrolero de Arabia Saudí, a lo que se suman los nexos financieros que los Fahd han hilvanado con consorcios trasnacionales (singularmente fondos de inversiones y aseguradoras) que tienen sede en Houston, Nueva York, Ámsterdam, Londres, Ginebra y Zúrich, entre otras ciudades. Hoy por hoy, con los campos petrolíferos iraquíes medio desmantelados, e Irán ensimismada en cómo salir del atolladero islamista, Arabia Saudí impide que la OPEP juegue su papel, que, según sus estatutos, consiste en racionalizar y estabilizar la producción y los precios. Normalización La normalización de la actividad económica iraquí permitiría incrementar la producción -en menos de cinco años Irak podría envasar una media diaria de cuatro millones de barriles, frente al escaso millón y medio que produce actualmente-, lo que restaría poder a los Fahd y, de rebote, liberaría a otros productores (Argelia, Ecuador, Gabón, Indonesia, Rusia o Venezuela) de la trama tejida por Riad, que ha contado con el apoyo de Washington y la pasividad de Bruselas. Sin descartar la posibilidad -aunque remota- de que el régimen iraquí enderece el rumbo, la guerra que prepara Washington -amén de perjudicar a los iraquíes- cambiaría el escenario geopolítico y, entre otras cosas, Arabia Saudí se vería obligada a consensuar posiciones en el sector petrolífero. Riesgo elevado El riesgo, no obstante, es alto, pues una intervención armada podría desestabilizar la región, e incluso frustrar la lenta pero imparable reforma del régimen iraní. La caída de Husein, pues, no sólo puede reportar beneficios humanos, sino que contribuiría a erradicar el premeditado desorden que rige en el mundo del petróleo.