Las compañeras del club de lectura de la mujer asfixiada con una almohada en su casa le rinden un homenaje
02 abr 2019 . Actualizado a las 05:00 h.Están desconcertadas. «Horrorizadas. Espantadas». En unas horas su entrañable compañera del club de lectura de los Rosales se convirtió en una muerta en extrañas circunstancias. Como si fuese una de esas novelas que devoran a diario. «Nos conocemos por los nombres. En Navidad o en Carnaval organizamos alguna comida. También acudimos a presentaciones de libros… Pero quién sabe lo que pasa de puertas para adentro de cada casa», reflexiona Ana.
Desde hace un par de años los lunes comparte lecturas y amor por los libros con un grupo de personas en la biblioteca del centro cívico del barrio. Cruz era una de las habituales. La misma Mari Cruz Fachal Muiños que la policía encontró sin vida en su domicilio de la calle Perú el día que iba a ser desahuciada. «Ninguna sabíamos nada de sus circunstancias. Es posible que venir al grupo de lectura fuese su remanso, su oasis, y no quería compartir su parte más pesarosa», comenta.
En lo que todas coinciden es que la Cruz que protagoniza el atestado policial y las crónicas de sucesos no es la Cruz que conocieron. «Era una persona muy dulce, como una abuela para todos, al ser la mayor. Leía muchísimo. A mayores del libro que nos mandaban, la bibliotecaria le tenía preparada dos o tres obras más. Era entrañable. Colaboraba con una oenegé. Nos regalaba muñequitos de lana, marcapáginas que hacía ella… Esa era nuestra Cruz, no reconocemos a la otra. No era una mujer sucia. Se refieren a ella como una anciana y nos rechina. Siempre vestía de vaqueros, con jerséis de punto, cazadora, a veces de cuero, gorrito, y las uñas largas y pintadas de colores vivos. Yo la veía aseada», relata Ana.
Ninguna ocupará su silla
Cuando en el grupo de WhatsApp del club de lectura se comentó que Cruz había aparecido en circunstancias extrañas cayeron en la cuenta que era la misma mujer del suceso de la calle Perú. También conocían a la hija, que dejó una nota inculpatoria. «Siempre la acompañaba y esperaba a que acabase. Entre ellas se veía una relación totalmente amorosa y Cruz hablaba siempre bien de ella», destacan. A la espera de que se aclare lo que pasó aquél fatídico día, las compañeras del club de lectura de los Rosales decidieron que nunca nadie se sentará en la silla que ocupaba Cruz.
«Es la única manera que tenemos sus compañeras de hacerle un homenaje, un último adiós, de agradecerle su generosidad y de decir que siempre en cada reunión habrá una silla vacía que será la suya. Que no era esa señora rara de la que la gente habla sino un ser humano con alma y con gente que la apreciaba, la respetaba y que siente que se guardara tanto para ella», aseguran. Es su forma de homenajearla. A lo mejor todos deberíamos reflexionar. ¿Qué conocemos de la vida de nuestros compañeros de pádel, tute o pilates?
No era esa señora rara de la que la gente habla