No hay como la primera vez...


Tengo tantas ganas de salir que, si no me conocieran tanto a estas alturas, pensarían que paso por una de 17. Que me pueden las ganas, que me da igual la lluvia, la tormenta, el vendaval, me da igual este Bruno... porque yo solo quiero esperar a Bruno Mars. Pienso en bailarlo todo, en reírme todo, en arreglarme todo como aquella primera vez, la que no volverá jamás. Aquel primer Fin de Año fue el mejor, el mejor de los peores, porque como todas las noches con ansias, no resultó ser lo que soñábamos en vísperas, pero qué manera de sentir aquella, qué modo feliz el de entonces, qué tafetanes, qué terciopelos, qué nostalgia, Dios, nostalgia de todo lo que nos iba a pasar. ¿Se acuerdan? ¿Cómo es posible que ahora estemos del otro lado?, viviendo en el control de dónde estarán los hijos, qué harán, si beberán, si se despendolarán como nosotros, si los vamos a recoger, si los llevamos hasta la puerta... ¿Pero en qué puerta me he colado de este Ministerio del Tiempo? ¡En este regreso al futuro! No puede ser, no puede ser, yo sigo siendo la que está ahí en esa foto aún, a los 17, muerta de risa, en la esquina de Cortefiel donde quedábamos siempre. Ahí estamos, niñas. Todas casi con el mismo vestido (entonces no había Bershka y nos lo cosía la modista): la parte de arriba de terciopelo negro, con las hombreras ¡que han vuelto!, los enormes pendientes... ¡que han vuelto!, y las faldas cosidas con vuelo, cada una de un color distinto. «Yo me pido el dorado», «yo, el morado», «yo, el rojo», «yo, el verde»... Éramos un parchís andante camino del Playa ¡que ahí sigue!, con nuestras melenas, pensando en darlo todo en una noche en la que sonaron los Pet Shop Boys, Michael Jackson, George Michael, Prince y U2. Fue el año de Sabrina y su Boys, Boys, Boys..., con los chistes de Martes y Trece en la boca, que repetíamos como bobas. No había grupos de WhatsApp para organizarlo, pero debimos de quedar ocho veces en Agarimo, y en el Toro, y en Marengo, para tenerlo todo atado. Y se nos desató enseguida, se nos fue de las manos, se nos escurrió tan pronto que el mejor recuerdo de esa noche sigue siendo la víspera, el antes, las ganas. Como ahora. Las ganas de volver a vernos para bailar, de reencontrarnos en Cortefiel para seguir la ruta, donde nos veo pidiendo aquellos combinados imposibles (mamá, no leas esto): el Cristal (Licor 43 con Cointreau); el Cacaolat con Licor 43; el Semáforo (Licor 43 con Peppermint y granadina)... Yo no cogí la época del Orgasmo (hija, no leas esto) -pero puede volver en cualquier momento, ¿eh?-; me chivan que era licor de melocotón con limón y que sabía dulce y amargo al tiempo. Así es la noche de Fin de Año, una noche recargada, híper, extrema; una noche rara que aturde si no tienes el deseo de la primera vez. ¡Qué ganas! Vuelvan un rato a los 17, y si no nos vemos antes por el Cantón, ¡feliz 2018!

Por sandra faginas Coruñesas

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