Carlos Pérez: «Nadie dice bien el nombre de mi restaurante»

Pablo Portabales
Pablo Portabales A CORUÑA

A CORUÑA

EDUARDO PéREZ

El dueño del Hokutõ asegura que jamás pensó que su local tendría tanto éxito

15 may 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Su filosofía de vida se resume en dos frases. La primera figura en su estado de whatsapp: Sonríe, mañana puede ser peor. La segunda la leo en un pequeño cartel en su negocio: Hay que venirse arriba. Hace poco más de un año abrió en la zona del Campo de Artillería una taberna (él se refiere a su negocio como casa de comidas) de cuatro mesas bajas, dos altas y nueve puestos en la barra. La bautizó con un nombre que casi nadie pronuncia bien, el menú medio es de 60 euros, bebida aparte, no tiene Facebook, ni Twitter, ni web y hay que esperar como mínimo tres semanas para conseguir una mesa un fin de semana.

«Ni de coña pensaba que iba a funcionar así. Cuando empecé tenía pasta para aguantar semana y media. Tengo un buen equipo. Por cierto, el perfil de Facebook que existe lo crearon ellos, no nosotros, y es una complicación hacer que desaparezca», apunta Carlos Pérez López, de 33 años, propietario de Hokutõ. Significa nordés en japonés y se pronuncia acentuado en la última o. «Nadie dice bien el nombre de mi restaurante, hasta le llaman joputo», comenta sonriente. Para muchos es el japonés de Monte Alto. «Es que eso es una etiqueta y no es real. Pongo lo que hay en el mercado. El pescado crudo tiene un peso importante, pero lo preparo marinado, asado? Y también servimos carnes».

Su primera hija

Hijo de un cocinero natural de Meangos, Abegondo, y una costurera de Noia, distinguida por su lucha sindical. Habla una y otra vez de su familia. «Es muy importante. Es gente desinteresada. Tuve mucha suerte. Me gusta cocinar los domingos para ellos. En mi casa siempre hubo atmósfera de cocina, de ir a la plaza, comprar, cocer, freír?», asegura. Su pareja, Esther, es diseñadora de moda, maquilladora y trabaja en el sector audiovisual. Están esperando su primer hijo. «Estoy nervioso. Nacerá en septiembre y se va a llamar Vera». ¿Por el pimentón? «Nunca lo había pensado, ja ja, no, es por Veritas, de verdad. Como yo soy hijo único no me gustaría tener uno solo», adelanta. Estudió en el Calasanz y en el instituto de Elviña. «Mi barrio es la 2.ª fase», sentencia. No era buen estudiante «hasta que empecé a estudiar hostelería en el Paseo de los Puentes y me apasionó. En cualquier caso mi primer trabajo fue con un electricista haciendo rozas y aguanté mes y medio», recuerda. También agradece los sabios consejos de su tía Carmen López, que es la directora sanitaria de Fegerec, la asociación de enfermedades raras. «Colaboramos con ellos con una cuota anual y con lo que haga falta», destaca Carlos, que empezó su carrera profesional con Marcelo y después se formó en Inglaterra y Holanda hasta que el propio Marcelo lo mandó tres meses a Tokio. «Para mí fue abrir los ojos. De vuelta pedí trabajo en Kabuki. Tuve la suerte de que me cogieron. En mi vida vi un restaurante así. Es, al mismo tiempo, un sentimiento y matemática pura, con 70 cubiertos todos los días», recuerda.

Sin dinero

Decidió volver a casa y fue a pedir dinero a los bancos con un Polo de segunda mano como único capital. Su padre, sus amigos y hasta su novia le ayudaron con la obra. «Y mi padrino, Juan Carlos López Rodríguez, Chupi, que se murió de repente, con 43 años, una semana antes de inaugurar», comenta con los ojos humedecidos. Trabaja a veinte centímetros del cliente laminando besugos o salmonetes. «Mi abuela rechazó el pescado crudo que le ofrecí», me cuenta Carlos, que se declara inquieto, nervioso y más tímido fuera que dentro de la barra. Muchos le recomienda que busque otro local, que amplíe. «Si surge, surgirá. Pero para más gente no, como mucho 33», afirma poco después de despedir a los últimos comensales del mediodía del jueves. «Me duele bastante que haya gente que piense que les cobro de más».