Más de un centenar de familiares se reunieron en el andén coruñés
26 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Aunque el epicentro de la tragedia estaba en Santiago, en la estación de ferrocarril de A Coruña el dolor también era especialmente intenso. Las primeras informaciones de la tragedia ya circulaban por Internet, y aun así muchos pasajeros llegaban a la estación dispuestos a coger el siguiente tren con destino Santiago sin saber lo que había pasado.
El reloj de San Cristóbal marcaba poco más de las nueve de la noche. En el andén se juntaban los que iban cargados de bolsas con bebidas alcohólicas para celebrar el día del Apóstol, parece ser que aún les quedaban ganas después de todo, y los que esperaban a los pasajeros del tren procedente de Madrid a las tres de la tarde y que debía llegar A Coruña a las nueve y media. Lo que muchos aún desconocían era que el tren no iba a llegar nunca.
El alcalde, Carlos Negreira, fue de los primeros en llegar. Junto con el jefe de Seguridad Ciudadana, Carlos García Touriñán, se encargó coordinar el dispositivo in situ. La primera orden estaba clara, había que elaborar una lista con las personas que podían ir en el tren accidentado. Dicho y hecho. Agentes de la Policía Local se encargaron de tomar nota a los portavoces de las familias, que seguían pendientes del teléfono. Muchos no sabían a ciencia cierta si iban o no en el tren, pero tampoco habían podido contactar con ellos hasta ese momento, por lo que la desesperación iba en aumento. «Mamá, no me coge el teléfono, no sé nada de ella», gritaba una joven que no encontraba a su hermana. Sus amigas trataban de consolarla, pero no había manera. Otro joven golpeaba la pared de piedra de la entrada. Otra madre lloraba desconsoladamente preocupada por su hijo, que venía a celebrar que había encontrado trabajo.
A su lado, los psicólogos. Les dieron mantas y agua, y no se separaron de ellos en ningún momento. Como la conselleira de Traballo, Beatriz Mato, que incluso se sentó a consolar a un hombre que a pesar de que no encontraba a su mujer no perdió la entereza en ningún momento. A medida que corrían los minutos, las esperanzas se hacían añicos, y los rostros de los familiares comenzaban a reflejar el cansancio. Los datos que llegaban de Santiago no invitaban al optimismo. La cifra de muertos crecía al mismo tiempo que la lista de coruñeses «desaparecidos». La gente seguía entrando en San Cristóbal corriendo buscando alguna autoridad a la que pedir información. En total, más de un centenar de personas permanecían en el andén a la espera de noticias.
Poco a poco comenzaron a llegar las primeras noticias, las buenas. A cuentagotas, se iban localizando a los heridos en los hospitales. Abrazos y lágrimas, pero esta vez de alegría. Apenas unos segundos para despedirse del personal de apoyo que les había acompañado en la larga espera, y carretera. Unos al Clínico, otros al Chus, y otros al Chuac. Mientras, otros seguían esperando. Cada vez las papeletas del bombo eran menos.
Al filo de las tres y media de la mañana llegó la peor de las listas, el recuento inicial de heridos. De los 37 iniciales, cinco coruñeses no estaban en ella. Todavía había cuatro personas sin identificar, pero la última gota de esperanza había que ir a buscarla a Santiago. A las cuatro de la madrugada las luces, y las esperanzas, se apagaron en San Cristóbal.