Los padres tuvieron que improvisar soluciones, en muchos casos de urgencia, para hacer frente al cierre de los colegios e institutos ordenados por Educación
24 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Francisco Rojo tuvo ayer una compañía muy especial en su puesto de trabajo. La de su hijo Roberto. Fue una medida de urgencia, improvisada sobre la marcha. A eso de las nueve había llegado al colegio de A Cristina, en Carballo, ignorando que las clases se habían supendido. «Me quedé alucinado porque no tenía ni idea de lo que había pasado, ya que el día anterior había trabajado hasta tarde. Me llevé al niño para el negocio; tengo suerte porque puedo hacerlo, pero la verdad es que es una jugada para los padres que no tienen con quien dejar a los pequeños», relataba.
El caso de Francisco se repitió una y otra vez a lo largo y ancho las provincias de A Coruña y Lugo. La decisión de Educación descolocó a centenares de padres. Como a María Ávila Rodríguez, una vecina de Lugo que no tuvo constancia de la noticia hasta que sus tres hijos le comunicaron lo que pasaba en las mismas puertas de sus centros educativos. María salió del paso como pudo, aunque ayer no se explicaba la suspensión de las clases porque hubo otras jornadas en las que el tiempo se mostró más virulento.
El descoloque de los padres no fue nada, de todos modos, en comparación con el que sufrieron algunos niños. Como Javier, un chico de 14 años que estudia en el IES Eusebio da Guarda, de A Coruña, y que llegó al centro sin tener ni idea de la medida que había tomado la consellería: «Yo no puedo volver, que en mi casa no hay nadie y no tengo llave para entrar. ¿Me dejáis llamar?», le pedía a sus interlocutores para tratar de salir del paso. O como Anthony, un crío de 10 años que estudia primaria en la ciudad coruñesa y que se quedó frío cuando vio las puertas del colegio cerradas después de que su padre lo dejase en el coche cerca del recinto. «Mis padres trabajan y mi hermana también fue al colegio», contaba casi paralizado y sin saber qué hacer a primera hora de la mañana.
El enfado de Anthony no era nada en comparación con el de Ana Pazos, una madre de dos alumnos que, en ese mismo colegio, exponía su caso: «Al trabajo no me los puedo llevar. Trabajo en un laboratorio; ¿qué voy a hacer? Por lo menos nos deberían dejar un margen por la mañana para poder organizarnos un poco». Su relato era casi idéntico al de una joven coruñesa que en una sola pregunta condensaba en la noche del jueves buena parte de los problemas que les generó la decisión de Educación: «¿Y ahora con quién dejo a los niños?».
Un empleo flexible
Marcos y Vanessa resolvieron con rapidez esta cuestión tras arribar al colegio de Frións, en Ribeira. El padre del pequeño Romeo se quedó toda la mañana con su hijo gracias a que su empleo se lo permite. Ella se fue a su trabajo tranquila, consciente de que habían resuelto con relativa facilidad una contingencia casi insalvable para otros. «Soy comercial y me tendré que quedar en casa, pero la verdad es que con este tiempo tampoco hay demasiada gente por ahí ni se puede hacer mucho», subrayaba a las puertas del centro.
En Lugo, María Jesús Bal también logró solventar la mañana de su hija de diez años. Esta médica lucense tiene una persona en casa toda la mañana, que fue quien se quedó con la cría, pero aún así se mostró indignada con la decisión de la consellería: «Ma parece mal, todos sabíamos que había temporal y lo que no entiendo es la falta de previsión. No eran horas para informar de que se suspendían las clases». Más allá de ello, a María Jesús, el cierre le parecía excesivo: «Una cosa es la costa, donde suele notarse más el temporal, y otra el interior».
Claro que no a todo el mundo le pareció mal la decisión de la Administración autonómica. Laura, una alumna de segundo de bachillerato de Viveiro, se mostraba encantada con la situación: «Entereime por unha mensaxe SMS. A verdade é que foi unha alegría ter un día de descanso así, ao pé da fin de semana, sen contar con el».