La pasión por la literatura le viene a Alberto de familia. De hecho, la biblioteca estatal de A Coruña lleva el nombre de su padre, Miguel González Garcés, que dirigió la institución durante cuatro décadas, tarea que compartía con la escritura de poesía y de artículos periodísticos. Así es fácil entender que Alberto creciera entre libros. «Había miles en casa», dice. Cuando falleció su padre una parte de ellos fueron cedidos, como era su deseo, a la biblioteca de Culleredo, municipio en el que residió la familia durante unos años. A raíz de dicha cesión, también a esa biblioteca le pusieron su nombre.
Haciendo buena la frase de que lo que pronto se aprende tarde se olvida, Alberto es un hombre de lectura diaria, afición a la que dedica al menos una hora. En época de vacaciones, como es el caso, dicho tiempo se multiplica. Así se entiende que le resulte difícil echar cuentas de los libros que ha podido leer a lo largo de su vida. Estos días está enfrascado «en una deliciosa historia sobre la Venecia del Renacimiento contada por un investigador marino». En cuanto la remate, le esperan varios libros de divulgación científica, -«que me divierten mucho»-, entre ellos uno de Dawin sobre las orquídeas.