Reportaje | Días de Todos los Santos y Difuntos Un enterrador de Entrecruces se muestra profesional y descreído de supersticiones. En Nande-Laxe, hay lápidas en gallego
30 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?añana, día de Todos los Santos, los más de 150 cementerios de la Costa da Morte mostrarán su cara colorida, de la que emanan lágrimas y tópicos, rituales costumbristas y hondas penas, los actos sociales, los sentimientos, la memoria, las oraciones. Sea lo que sea, es un pinchazo más en el billete de la vida, que sigue al doloroso e inevitable entierro de los seres queridos, y no por esperable menos punzante en el corazón. Nada extraordinario, por tanto, el día de mañana, aunque sí muy importante. La muerte, además de la cara que se verá desde las primeras horas del día, tiene otras más o menos singulares que valen para cualquier fecha del año. Medio siglo de trabajo Una de ellas la ofrece Luis Martínez Vázquez, enterrador de la parroquia carballesa de Entrecruces, que ha pasado ya por muchos Todos los Santos, por muchos Difuntos. Tiene 65 años y lleva casi 50 de trabajo en el cementerio, aunque estuvo emigrado cerca de dos décadas. Su experiencia le permite observar la muerte, y toda la parafernalia que la rodea, desde otra perspectiva. Ha visto decenas de sepelios, de lágrimas, gritos de dolor, ceremonias silenciosas, actos multitudinarios y sencillos. Suya es la (parece) desagradable labor de esperar a que el ataúd encaje y colocar la lápida, armado de paleta y cemento, que maneja con un porte digno y cierta ironía, necesaria en estos asuntos. «Á xente parécelle que isto é moi sinxelo cando nos ven cobrar, pero se tivesen que facelo eles xa sería outra cousa», explica. Luis Martínez es hijo y sobrino de enterradores. Un oficio familiar. Su vástago , sin embargo, no continuará con la labor, aunque ya le ha ayudado en alguna ocasión. Podría contar muchas anécdotas sobre entierros y enterrados, pero la mayoría, o todas, sin chicha. Descreído de ciertas cosas, no es supersticioso, nunca ha visto nada raro, no le ha ocurrido nada extraño. Lo cuenta asépticamente, sin recelos, desde la perspectiva de la experiencia y la edad. Forzando la máquina conversadora, reconoce que lo más complicado es hacer los cambios de las tumbas, las limpiezas de los restos. Hay que tener las ideas muy claras y el estómago muy acostumbrado. Aquello que se lleva entre manos no es precisamente una rosa. Aunque una vez tuvo que extraer el cadáver de un hombre de 36 años y estaba muy bien conservado. No por esotéricas razones: lo habían embalsamado. ¿Y se muere mucho la gente? Hay de todo, dice. Va por temporadas. Pero nada como cuando empezó. La vida era otra y se morían muchos niños. Terrible. Afortunadamente, eso cambió mucho. Y ahora, depende. A lo mejor un año tiene tres o cuatro entierros como varios en un mes. Y no es sólo enterrar, también hay que tocar la campana. Cuentan que los tañidos, se choran, pueden anunciar una muerte inminente. «Non o creo, que va. depende do aire de como se escoite», indica, de nuevo muy profesional. ¿Y quién será su sucesor? «Non o sei, pero xa buscarán». Otro que ha visto muchos muertos es Manuel Castiñeira, sacerdote. En cierto modo, los curas también son enterradores, aunque sean muchas más cosas. Nacido en Nande-Laxe, ha pasado media vida como párroco en A Estrada, y hoy reparte su tiempo entre esta localidad y la casa de su hermana en Baio. Decisión Manuel Castiñeira tomó una decisión más o menos llamativa (más que menos) hace casi treinta años. En 1975 falleció su madre, Maripepa, y decidió que la lápida que la cubriese debería estar escrita en gallego. Y lo estuvo, para desconcierto de muchos, tal vez incluso de alguno de sus doce hermanos. En el cementerio de Nande aún se puede leer la inscripción: «Por longa enfermidade, acougou de Dios nos brazos, acabando nos seus pazos, as raiolas de luz da eternidade». Tres años más tarde, en el fallecimiento de su padre, Jesús, se encargó él mismo de comprar una lápida de piedra en A Estrada. Desde entonces, el matrimonio decansa unido muy cerca del lugar de Rens. Allí vivieron desde que se casaron en 1913. Esta misma semana, su hijo sacerdote acudió a rezarles al cementerio. Tal vez en gallego, una lengua que, como ya recordó Cunqueiro y muchos otros, Dios también entiende. En unas y otras lenguas, las despedidas a los seres queridos, en lugares queridos, son cada vez más comunes. Al lado del mar hay muchas. Quizás porque murieron allí, tal vez porque visitaban el lugar, a lo mejor sin motivo aparente. «Amarte como nadie supo jamás, Morir y todavía amarte más», se lee en Soesto, al lado de unas flores y de la espuma del mar. Las olas braman, pero el recuerdo es más fuerte, podría añadirse, con permiso. Una y otras, son maneras de ver la muerte. Las caras más amables cinceladas de la materia de lo más difícil.