Cada día unos cuantos menos

Ana Gerpe Varela
Ana Gerpe CRÓNICA

BARBANZA

La crisis demográfica que vive la comarca invita a la preocupación. Hasta hace un par de años había, por lo menos, un algunos municipios que tiraban del carro y en los que la población aumentaba, bien es cierto que no en exceso. Ahora ninguno se libra de la pérdida de habitantes. La verdad es que se trata de un problema generalizado que no afecta solo a Barbanza, pero eso no es excusa ni justificación para que no se adopten medidas. La pirámide está cada vez más invertida y eso constituye un problema generacional y social. Los datos demuestran que cada vez son más las personas mayores de la comarca que residen solas y, de todos es sabido, eso implica la necesidad de establecer mecanismos de atención y cuidado para esas personas. Los fondos que se destinan desde las Administraciones autonómica y central para los programas de atención a domicilio son cada vez menores y los ayuntamientos tienen que hacer frente a estos gastos, con la dificultad que ello les implica. No solo eso, sino que hay entidades sin ánimo de lucro, como la Cruz Roja, que están asumiendo ese tipo de funciones.

Total, que por una parte no se aplican medidas efectivas para la creación de empleo, para la conciliación de la vida laboral y familiar ni para fomentar la natalidad y, por otra, tampoco se establecen mecanismos eficaces para atender a la cada vez más elevada población mayor. Sin ir más lejos, ayuntamientos como el de Rianxo carecen de un centro de día, lo mismo que sucede en Carnota. Ribeira, que en los últimos tiempos está destinando gran cantidad de recursos al área de Servizos Sociais, tiene una residencia para personas dependientes, pero ninguna pública para vecinos que se valen por si mismos pero que viven solos y pueden necesitar en un momento dado atención especializada. ¿Cuántas residencias hay en la comarca?, ¿con cuántas plazas?, ¿son suficientes?.

Hasta ahora venía funcionando muy bien el cuidado familiar: hijos, nueras u otro tipo de parientes que dejaban sus empleos para atender a sus mayores. Ese modelo está llegando a su fin porque, entre otras cosas, pocos son los que hoy pueden arriesgarse a dejar su trabajo y bastantes los que tampoco quieren hacerlo.

El cuidado de los niños tampoco resulta sencillo y los abuelos son los que se están encargando de hacer lo que sus padres no pueden. Colegios que cierran por la tarde y padres con jornada partida, toda una ayuda a la conciliación. Por si fuera poco, los jóvenes cogen las maletas y se van a otras tierras en las que, por lo que parece, existen más facilidades para conseguir trabajo. Puede continuar diciéndose que es un mal generalizado, pero seguro que sería más efectivo un plan global de actuación.