Permítanme que, por una vez, les hable de mí. Acabo de superar los 25 años de actividad profesional en el mundo de la comunicación. Este cuarto de siglo me ha permitido ser testigo de innumerables situaciones y me llama poderosamente la atención que muchas de ellas, al menos las más graves, se repitan cíclicamente. No me sorprende el mimetismo, sino las reacciones sociales ante problemas semejantes.
Corría el año 1995 cuando la Unión Europea empezaba a dar los primeros pasos para finiquitar el acuerdo que tenía con Marruecos y que permitía faenar en sus aguas a más de medio centenar de palangreros de Ribeira. Eran aquellos unos barcos modélicos, modernos y que utilizaban un arte de pesca tan selectiva como es el anzuelo. La mayor parte acabaron en el desguace, otros quedaron abocados a formar parte de patrimonios de empresas mixtas y centenares de marineros se quedaron sin empleo. Indirectamente, firmas suministradoras se vieron seriamente sacudidas por la desaparición de aquella flota, y, consecuentemente, perdieron puestos de trabajo.
Ribeira, la sociedad ribeirense, todos de la mano: partidos políticos, sindicatos, entidades de todo tipo, colegas de otras flotas... mostraron en la calle su rechazo a aquel aldraxe. De aquella crisis trascendió una imagen de unidad emocionante. No se consiguió que la flota regresara al banco canario-sahariano en las mismas condiciones, pero sí se logró el respeto que se pedía no solo para los directamente afectados, sino para toda la ciudadanía. Con la ayuda de la Administración, algunos barcos volvieron al caladero del norte de África a través de empresas mixtas, otros optaron por las bonificaciones al desguace y muchos marineros tuvieron acceso a ayudas para constituir su propia empresa o, por lo menos, sobrellevar la inactividad hasta su recolocación en otros barcos.
Sociedad anestesiada
Ahora que vuelve a estar en juego un sector clave en la economía de Ribeira, como es el del arrastre, da la impresión de que la sociedad civil está anestesiada, que dormita como en el sueño de los justos. Parece que todo se ha fiado a los políticos, que no es malo, para algo son los representantes del pueblo, pero parece insuficiente en tiempos en los que hay abiertos innumerables frentes de debate: el paro, las pensiones, las cajas, las elecciones, las sucesiones, los congresos de euforia popular, las listas, los ERE, la deuda, la confianza, la bolsa... Con tanto en lo que entretenerse, ¿alguien escuchará los lamentos de la sociedad ribeirense?.
«Virgencita que me quede como estoy», proclaman los conformistas, a los que responden los pesimistas con la inexistente ley de Murphy: «Si algo puede salir mal, saldrá mal» o incluso peor. No me imagino el futuro económico más inmediato de Ribeira si, como se ve, nadie consigue darle la vuelta al varapalo europeo. Afortunadamente, una empresa como Frinsa, con su presidente y fundador, Ramiro Carregal Rey, incrementa la plantilla cada año. Pero lo que se avecina es una nueva avalancha de marineros en paro de difícil recolocación; primero, porque el puerto de Ribeira da lástima los fines de semana, cuando la flota está amarrada y transmite una estremecedora sensación de vacío, no en vano casi ha perdido la mitad de sus unidades pesqueras en los últimos quince años, es decir, no hay puesto para la mano de obra excedente; segundo, porque el reciclaje del colectivo no es fácil ni, mucho menos, rápido; y tercero, porque el paro imperante evidencia que no hay oferta ocupacional en otros colectivos ajenos al mundo del mar.
Ribeira no puede permanecer sentada esperando, porque se arriesga a acabar viendo pasar su propio cadáver. Es necesario exigir con fuerza que el desmantelamiento de la otrora primera flota de bajura de Europa debe llevar aparejados planes de reindustrialización para recolocar a los trabajadores que se han quedado sin empleo. Ya está bien de que las autoridades europeas miren al norte del continente a la hora de planificar la actividad pesquera, olvidando a aquellos pobrecitos indecisos de la esquina noroeste de la península Ibérica.