Las siete vidas del Rubio 

Se cayó al mar desde un helicóptero, se libró de un naufragio por el miedo a los «fantasmas», le dijeron que se moría de cáncer y sufrió dos infartos, pero aquí sigue


redacción / la voz

«Non sei como saín de tantas», dice, y la reflexión no es retórica. Como buen lobo de mar, José Padín tiene historias de novela, pero lo más sorprendente en su caso es comprobar como la suerte siempre acabó estando de su parte. Este cambadés de 84 años se convirtió en marinero porque no quería ser albañil, al contrario que su padre y sus hermanos. Con las chapuzas no se ganaba dinero, cuenta, así que con nueve años subió a bordo y ganó sus primeras cinco pesetas. A los 19 era un avezado marinero y descubrió ya la peor cara de ese mar que le daba de comer. Afortunadamente, lo pilló en tierra firme. Había decidido dejar la dorna del señor Eugenio, la misma que se fue a pide dos días después y en la que perdieron la vida cuatro hijos del entonces patrón mayor. Esta tragedia está en los anales de la historia de Cambados y 65 años después, José la tiene muy presente.

Nuestro protagonista hace gala de una memoria prodigiosa cuando se trata de relatar sus andanzas, que fueron muchas. El Rubio, como le llamaban todos por el color oro de su pelo, navegó por mares de Europa, África, América, Australia... «Debín de dar catro voltas ao mundo».

Fue después de haber saldado su deuda con la mili. «Tiña que marchar», relata, y con siete mil pesetas prestadas se fue a Holanda para trabajar en la marina mercante. Ya no se bajaría de los remolcadores y de las plataformas hasta tres décadas después. Conoció muy bien el Mar del Norte, donde vio tronzar por la mitad un buque de 140.000 toneladas por un temporal y estuvo más de una vez al borde de la muerte. «Alí os barcos son como cáscaras de noz». En una ocasión se cayó a sus gélidas aguas, porque la camilla en la que lo transportaban en helicóptero se descolgó; otra vez, mientras manipulaba una de aquellas enormes mangueras de las plataformas, recibió un golpe que le abrió la cabeza y lo llevó 16 días a un hospital de Noruega (todavía conserva la cicatriz); y casi todavía siente dolor cuando relata que se cayó de una altura equivalente a cuatro pisos y se quedó roto por dentro.

Pero el susto más grande de su vida no se lo dio el mar. Estando desplazado en Taiwán le diagnosticaron un cáncer en la cabeza y le dieron dos meses de vida. Menos mal que de vuelta a casa, su médico de toda la vida, Lema, lo metió en su Simca y se lo llevó a Santiago para que lo viera un experto, y resulta que lo que padecía era un problema de falta de riego sanguíneo que le ocasionaba aquellos mareos y dolores tan tremendos. Nada que no se pudiera curar con unas pastillas y un seguimiento por el especialista, a 10.000 pesetas la consulta, recuerda vívidamente.

José volvió a trabajar, pero a los 50 años el mar de altura se le hacía muy duro y decidió regresar a las tranquilas aguas de la ría de Arousa. Después de haber sorteado vientos huracanados y olas endemoniadas se compró una lancha del raño y se dedicó a la almeja, hasta que el corazón le dio un aviso. Con 66 años, estando de boda, sufrió su primer infarto. Unos años después el corazón volvió a fallarle dejándolo tirado en el medio de la calle. «Desta voume», pensó, pero logró mantenerse a flote. «Teño máis mecánica dentro ca un taller».

La medicina ha sido su salvavidas, pero quién sabe si no habrá tenido alguna ayuda extra del más allá. Por si acaso, llevó durante años un escapulario bordado en oro que su suegra encargó en las filipenses de Vilagarcía. No es que este cambadés crea demasiado en fantasmas ni en mal fario, pero está convencido de que algo paranormal ocurrió en aquel buque que se dirigía al puerto de Róterdam.

En su cabina pasaban «cousas raras», se movían las cortinas y se oían portazos y otros ruidos extraños sin motivo aparente, y, como el miedo es libre, los cuatro españoles que iban a bordo decidieron poner distancia y abandonar el barco. A los pocos días supo que el gemelo de aquel buque se fue al fondo, y con él, toda su tripulación. ¿Había recibido el Rubio un aviso de naturaleza sobrenatural? Por si acaso, su familia se encomendó a San Benitiño y a un talismán que acabó cayéndose a trozos del cuello de José.

Este veterano tiene más historias en la recámara. La de cuando un chaval de 16 años perdió un dedo con un cabo y él lo recuperó de dentro del guante y se lo llevó a los médicos para que le recompusiesen la mano. O aquella vez que renunció a un puesto de trabajo en Alemania para ayudar a uno de Muros que se veía totalmente desamparado lejos de casa. «Teño axudado a tantos…».

En su azarosa vida también caben la generosidad y la camaradería, aunque, a la hora de hacer balance, pesan más los momentos duros. ¿Que lle ensinou o mar?, preguntamos. «Ensinoume a sufrir moito».

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