La educadora que convierte a los pobres en reyes

«Entra meu rei», «entra miña raíña», le dice a quienes llegan a la puerta del comedor social pontevedrés

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pontevedra / la voz

Esther González Gómez es de estas personas que confían plenamente en que el mundo puede mejorar. Lo afirma con vehemencia, gesticulando mucho y acompañando sus palabras de una sonrisa muy profunda: «¿Cómo no voy a creer que el mundo puede mejorar? Claro que lo creo, va a mejorar». Que Esther hable así tiene mérito. Porque ella, además de una mujer fuerte de 39 años, es la educadora del comedor social de San Francisco en Pontevedra, uno de esos lugares donde se es consciente de lo que significa la pobreza crónica, esa que sigue ahí año tras año, con crisis o sin ella. Esther atiende a diario a personas que llevan décadas sin salir del pozo, que viven en la calle o en lugares inhumanos, que no pueden subsistir sin la beneficencia... Y, sin embargo, ella cree en un mundo mejor. ¿Por qué? Porque es de las que arriman el hombro para intentar cambiar las cosas. La entrevista con ella discurre en plena acción, mientras recibe a los comensales que van llegando a San Francisco. Esther se sabe el santo, la seña y la cruz de las más de cien personas que acuden a comer cada día. Pero no les llama por su nombre. «Entra meu rei», «entra miña reina», se le escucha decir con su enorme sonrisa. Y ellos entran. Y sonríen.

Esther, que es de A Parda, siempre fue buena. O eso es lo que le dicen amigos y familiares. De hecho, un pariente incluso le insiste en que debió ser mala en otra vida distinta y que ahora el karma la obliga a ejercer de buena. El caso es que, cuando llegó la hora de elegir estudios, encontró una carrera que le sirvió para canalizar todas esas ganas de ayudar a los demás que llevaba dentro. Hizo Educación Social. Y, tras terminar la titulación, realizó prácticas y trabajó en distintos lugares. Estuvo, por ejemplo, en Fornelos de Montes, en un proyecto que buscaba fomentar la igualdad y que mujeres del rural en riesgo de exclusión social tuviesen un apoyo. Ahí, se empezó a encontrar con realidades duras. «Conocí a bastantes mujeres que cobraban la Risga y que tenían la autoestima muy baja, que tenían la sensación de que siempre estaban enfermas... empecé a ver el riesgo de que esas ayudas se cronifiquen, y traté de que animarlas a salir de ese círculo».

Experiencia en Lisboa

Superviviente total en un sector laboral con contrataciones esporádicas, casi siempre dependientes de subvenciones, trabajó también con personas con parálisis cerebral y estuvo luego, en Vilaboa, en un proyecto que califica de «muy gratificante». Contratada por la Administración, ayudaba a hacer los deberes a menores que habían llegado de Marruecos. Luego, estuvo también en Lisboa. Se pasó cuatro meses trabajando en un comedor social. «Creo que aprendí mucho en Portugal», indica.

Ya de vuelta, un día se cruzó en su camino el comedor social pontevedrés. Empezó en él como voluntaria, atraída por la importancia de este servicio y por el hecho de que, en San Francisco, no se le piden explicaciones a nadie que llega a comer. «Eso siempre me gustó, porque el carné de pobre no existe y ojalá que nunca lo haya. Yo te aseguro que el que llega aquí no llega por gusto, así que no creo que haya que pedirle explicaciones ni andar con exigencias, lo importante es que venga y que coma, que no esté en la calle sin comer», defiende.

Desde el minuto cero, se dio cuenta de que en San Francisco todo el mundo hace de todo. Así que ella siguió la tónica general. Desde fregar platos a servir mesas o pasar la fregona. Así fue pasando el tiempo hasta que un día el padre Gonzalo le ofreció la oportunidad de un contrato de trabajo. Desde entonces, es la educadora social del comedor. ¿Qué hace? Sigue haciendo de todo. Pero, sobre todo, Esther es ese hombro sobre el que todo el mundo puede llorar. Si hay que hablar con alguien que lo está pasando mal, ahí está Esther. Si se acaba el comedor escolar y hay familias que tienen a los menores en casa sin suficientes alimentos, ahí está Esther para intentar poner algún remedio. Si algún comensal habitual deja de acudir, ahí está Esther para averiguar qué es lo que pasa y por qué ha dejado de asistir...

Le sale natural preguntar, le sale natural sonreír, le sale natural ser cariñosa y le sale más que natural convertir a los pobres en reyes. Saluda a más de cien comensales cada día. Y a todos y cada uno les llama «meu rei, miña reina». Da igual que ellos sonrían o que protesten, que muchos lo hacen. Esther siempre contesta en positivo. Esa es su actitud vital. Por eso siempre ve el vaso medio lleno. Y por eso está convencida de que el mundo, tarde o temprano, acabará mejorando.

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