La Voz visita la Sala de Banderas de ?la brigada acuartelada en Pontevedra
31 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.La Brilat preserva su historia como el mayor de sus tesoros, una biografía que se remonta a hace más de 450 años cuando se creó el regimiento de infantería Príncipe número tres. Conocido con el sobrenombre del Osado, su nacimiento está fechado en 1537, mientras que en 1580 surgió el batallón Zamora como heredero directo del Tercio de igual nombre y que combatió en la guerra de Flandes.
Fue en esa campaña cuando se produjo lo que se ha venido en conocer como el milagro de Bommel, una victoria bélica que se atribuyó a la Inmaculada, patrona prácticamente desde entonces de las unidades de infantería. Aquellas gestas ocupan un lugar destacado en la Sala de Banderas de la Brilat, unas dependencias que, tal y como reseña el comandante Llorenes, cumple un doble cometido: ser depositario de la bandera del regimiento y «guardar nuestra historia».
La Brilat, como tal, no tiene bandera, ya que solo los regimientos tienen derecho a portarla. La que se emplea en actos oficiales en la base de Figueirido es guardada por el regimiento Isabel la Católica en una sala especialmente acondicionada que fue inaugurada por Juan Carlos I en 1992. Once años antes la mujer del por entonces alcalde de A Coruña ejerció de madrina en la ceremonia de entrega de la enseña nacional a la unidad.
Un cuadro del primer maestro del Tercio, el conde de Puño en Rostro, da la bienvenida al visitante que se adentra en estas dependencias. Antes de llegar a la sala propiamente dicha, uno tiene que atravesar un hall flanqueado por los banderines de cada una de las unidades que conforman la Brilat. Allí está presente el espíritu que le llevó a conquista la Laureada, la más alta distinción colectiva del Ejército, en 1875 durante la Guerra Carlista.
«Todos los soldados del regimiento tienen que pasar por aquí para que sepan de donde vienen», remarca Llorenes. De este modo, anualmente, los integrantes del regimiento Isabel la Católica reciben dos charlas en las que se le relatan los hechos destacados de la unidad. Habitualmente, una de ellas es a principios de diciembre coincidiendo con la festividad de la Inmaculada y la segunda, en junio, mes en el que la Brilat celebra el aniversario del primer aerotransporte.
Ya en la Sala de Banderas, la enseña nacional ocupa el centro de la vista. Perfectamente guardada en un mueble de madera noble aguarda a que los militares la saquen al exterior cuando la ocasión lo requiere. Y es que, «no todas las banderas sirven para, por ejemplo, hacer una jura o presidir un acto oficial».
A escasos metros de la enseña oficial, reposa, también resguardada pero en un segundo plano, una segunda bandera de antes de la Constitución. «Lo habitual es que a medida que se fueran retirando se depositasen en algún museo militar. En este caso, solicitamos que permaneciera aquí porque forma parte de la historia de la unidad», matiza el comandante Llorenes.
Casa Real inglesa
Uno de los aspectos que más llama la atención de la bandera de la Brilat son las corbatas que cuelgan de su mástil y que, como apunta el propio comandante, se corresponden a las diferentes campañas en las que ha participado la unidad. De hecho, la última corbata en incorporarse lo hizo el pasado 8 de diciembre en referencia al despliegue del 2009 en el Líbano. Pero la Sala de Banderas no solo dedica su espacio a estas enseñas o a otras, sino que hay placas y libros históricos. Precisamente en dos de ellos se guarda la correspondencia que se mantuvo con la Casa Real inglesa cuando Jorge V fue designado coronel honorífico de la unidad, como también se mantiene un archivo con toda clase de documentos y escritos relativos a la participación de la Brilat en la Guerra de Cuba o en la de África.
Mención especial merece el espacio que se ha dedicado en recuerdo de los militares de infantería pontevedreses fallecidos en misiones internacionales o a lo que fue su primera incursión en un escenario más allá de las fronteras. Fue en 1995 cuando la brigada se desplazó a Bosnia llevando con ella a toda la comunidad autónoma. No en vano, la agrupación que constituyeron los militares se llamó Galicia -mismo sobrenombre que mantiene la brigada-, mientras que las distintas compañías fueron bautizados como localidades gallegas. Pontevedra, entonces, no faltó a su cita con la historia.