Una de las grandes diferencias entre el auge que experimentan algunos países llamados a ser las potencias del siglo XXI y el que experimentaron en el pasado los gigantes que ahora empiezan a declinar es que el crecimiento económico que atesoran en términos de PIB los primeros no va acompañado por una disminución de sus desequilibrios internos similar a la que emprendieron los segundos cuando despuntaron en su día. Se puede dar así la paradoja, que acabamos de ver confirmada en Brasil, de que su Gobierno se haya embarcado en inversiones multimillonarias para incrementar su prestigio mundial con unos Juegos Olímpicos y, en cambio, no esté acometiendo esfuerzos equivalentes para mejorar las condiciones de vida tercermundistas que tenían muchos de sus ciudadanos antes del despegue.
Los primeros datos de la catástrofe en el estado de Río de Janeiro indican que no es el resultado tan solo de una tromba de agua descomunal sino, sobre todo, de la precariedad de las viviendas de la zona, construidas donde no se debe, del deficiente funcionamiento de los sistemas de alerta y de la falta de infraestructuras básicas para amortiguar los daños que causan este tipo de fenómenos. Se trata de un mal crónico que viene a poner de relieve un orden de prioridades equivocado del que también hacen gala otros países emergentes como China, la India o Sudáfrica, más interesados en afianzar su posición de poder relativa en el mundo que de mejorar el bienestar de sus ciudadanos.
Las inclemencias naturales se limitan a obtener partido de este modelo de crecimiento. En adelante, una de las razones por las que se podría definir a los que lo promueven como gigantes con los pies de barro es porque este es el material bajo el que quedan sepultados los que están allí cuando llueve.