Los biólogos creen que las especies raras catalogadas suponen tan solo la punta del iceberg del fenómeno
19 jul 2010 . Actualizado a las 10:31 h.Marruecos era su frontera natural en la mayoría de los casos. Pero la han superado ampliamente para llegar a Galicia, en unos casos con escalas en Cádiz, el Mediterráneo, las Azores o Portugal, y en otros directamente dando el gran salto. Son los peces exóticos, propios de aguas tropicales y subtropicales que el calentamiento global ha empujado a Galicia en un fenómeno migratorio que no ha hecho más que empezar. El último episodio fue el protagonizado esta semana por el pata de pulpo, una especie extraña cuyo hábitat había sido documentado en las aguas profundas del sur de África. Quizás este ejemplar no sea la muestra más paradigmática del fenómeno, puesto que debido a su rareza incluso es posible que pudiera haber vivido en el mar gallego sin que su presencia fuese advertida hasta ahora, pero sí ejemplariza un proceso del que solo se atisba la punta del iceberg.
«Los pesqueros tiran al mar el 80% de los peces raros que les aparecen. Cada uno que nos llega a nosotros para su estudio habría que multiplicarlo por x», explica el biólogo de la Unidade Técnica de Baixura de la Consellería do Mar Rafael Bañón, que desde el año 1996 se dedica a registrar, catalogar y publicar en revistas especializadas los peces tropicales que aparecen en Galicia. Desde entonces son casi treinta los que ha detectado. Cada año aparecen dos nuevos.
Uno de los casos que tiene pendiente de publicar es también uno de los más curiosos. Se trata de un Lagocephalus laevigatus , una especie de pez cofre que apareció en la playa de Rodas (Cíes) en julio del pasado año. Lo realmente sorprendente es que la especie apareció de golpe en Galicia, sin escalas, ya que su travesía desde Mauritania, donde hasta entonces tenía su límite de distribución, no fue documentada hasta ahora en ningún otro punto más al norte del país africano.
«Las especies pelágicas que nadan entre aguas son las más habituales», explica Bañón, quien incide especialmente en una de estas familias, la de los carángidos, similares al jurel. Los datos así lo demuestran: en los años ochenta había cuatro especies citadas de jurel en Galicia, mientras que hoy son ya once las registradas. O lo que es lo mismo, su presencia se ha multiplicado por tres.
Algunas de estas especies, que por lo habitual llegan en forma de juveniles o incluso de larvas, han llegado para quedarse, hasta el punto de que en el futuro pueden llegar a convertirse en un recurso pesquero. Es lo que ha ocurrido al pionero pez ballesta, cuya primera arribada a Galicia se documentó en 1946 y ahora ya se comercializa en lonja.
«Nadie nos dice que con los años estas nuevas especies raras que ahora estamos catalogando, fundamentalmente las pelágicas -apunta Rafael Bañón-, puedan convertirse en comerciales. Es bastante probable que ocurra, como también es posible que ocurra que otras especies que ahora pescamos, como la sardina o la anchoa, desaparezcan de nuestras costas al desplazarse más al norte buscando aguas más frías».