Andrea, la viguesa que aprobó dos oposiciones: «Para mí, este ha sido el mejor año de mi vida»

ESTOS GALLEGOS ROMPEN LA ESTADÍSTICA. La suerte de la joven acompaña a la de un matrimonio coruñés unido por un riñón y a la de una santiaguesa que le dio la vuelta a su peor momento. Todos ellos celebran su suerte en este 2020 para olvidar

Este ha sido el mejor año de su vida, y no es para menos. Andrea Valero no aprobó una, sino dos oposiciones durante un 2020 en el que el mundo se paralizó sin que apenas se enterase. «Yo ya llevaba confinada un año», asegura la viguesa, pletórica en su vuelta a su único destino semanal fuera de casa durante la preparación: las aulas de la Academia Postal. Allí preparó a conciencia una oposición, la de tramitación procesal, de tipo C-1. Lo que no se esperaba es que de rebote aprobase otra de tipo A, la de gestión procesal y administrativa. «¡Y con plaza! Había 324 y aprobamos 324 personas. ¡Conseguí la plaza de algo a lo que yo solo iba a ver qué pasaba!», exclama. A la espera de que se resuelva la fase de méritos para contabilizar los puntos y conocer su destino definitivo, dice que se va adonde haga falta. Eso sí, lo de tramitación ya ha pasado a la historia. «Cojo la plaza de gestión sin dudarlo. Me puede tocar Albacete, Murcia, Ceuta, Melilla, Baleares, Valladolid o Madrid. Yo voy adonde me manden, como si me toca en Melilla, ¡ja, ja! Estoy encantada. No me voy a poner exquisita en absoluto».

Andrea, de 31 años, decidió darle un giro a su vida hace tres. Licenciada en Derecho y ante la falta de expectativas laborales, empezó a trabajar en algo que no guardaba ningún tipo de relación. «Al terminar me puse a trabajar de lo que salió, que fue de teleoperadora, y abandoné un poco aquello por lo que había luchado, que era llegar a ser algo que estuviera relacionado con el Derecho. A los cinco o seis años decidí ponerme a opositar porque no podía más. Estaba bastante frustrada, y me puse como una loca a sacarme la opo», relata la joven, que fue centrándose de forma gradual cada vez más en ello: «Estuve dos años y medio sin vida. Al principio lo compaginé con el trabajo, pero al final vi que era una cosa u otra, y aposté por la oposición. Lo dejé todo y me dediqué en cuerpo y alma. Cuando lo dejé, era coordinadora. Estuve unos tres años en ese puesto hasta que vi que no podía más, y me pregunté: ¿Voy a estar toda mi vida haciendo algo que no quiero? Necesitaba por mí misma valorar lo que había hecho y pelear por ello». La apuesta no pudo salirle mejor. Fue reduciendo su jornada, renunciando a su puesto de coordinadora, hasta que le tocó elegir para quedarse a solas y a tiempo completo con el temario. «Pasé a estudiar de lunes a lunes doce horas diarias», recuerda.

Aunque su logro fue doble, no lo consiguió a la primera. A los siete meses de empezar a estudiar se presentó a la oposición de auxilio judicial, de tipo C-2. «Dije: ‘Voy a auxilio porque no me da tiempo a estudiar más temas. Al final de auxilio a tramitación creo que hay solo unos cuatro de diferencia, pero claro, para gestión ya eran muchísimos más, igual hablamos de treinta temas más. Para mí eso estaba absolutamente descartado, así que dije: ‘Voy a la más baja», cuenta Andrea, que se quedó a las puertas con una nada despreciable nota de 79 sobre cien. Pero a la segunda fue la vencida. Dejó a un lado la de auxilio y fue directa a la de tramitación, «porque pensé: ‘Ya de intentarlo, voy con todo'. Y después fui a la de gestión, ¡pero por probar! Porque como la mitad del temario lo comparten, dije venga, por ir...», señala la viguesa, que jamás imaginó que aprobaría la segunda, de tipo A, con tantos temas sin tocar. Para su sorpresa, superó las dos primeras pruebas y fue a la final en febrero de este inesperado 2020. Hace un mes le dieron la nota y, con ella, la mejor noticia de su vida. Es consciente de que ya le tocó la lotería antes de tiempo. «¡Totalmente! Me tocó para este año, para el que viene y al siguiente. La alegría que tengo... Es la emoción más heavy que he experimentado en mi vida, el día que me veo en la lista de aprobados. ¡Que yo iba para tramitación, que también la aprobé!», indica todavía sin creérselo.

Su felicidad es atípica en un año dramático. «Yo lo recordaré como el año con la alegría más grande. Aunque es una sensación agridulce, porque yo quería celebrarlo. Necesitaba compartirlo con toda mi familia, con todos mis amigos... de hecho es algo que tengo ahí reprimido y que necesito vivirlo, de verdad. Tengo esa espinita clavada de ‘esto tengo que celebrarlo por todo lo alto'», admite Andrea, que recibió la buena nueva en casa: «Fue algo que viví en casa con mi pareja, que en ese momento estaba a mi lado, y al día siguiente con mi madre y con mi hermana. Sé que decir esto tal y como están las cosas, con la situación que estamos viviendo... pero es que para mí, hasta ahora, fue el mejor año de mi vida».

UNA SOLA SALIDA A LA SEMANA

Lo cierto es que a ella el aislamiento, eso que resultó un shock para la mayoría, lo tenía ya incorporado en su rutina. «Yo no noté el confinamiento porque para mí fue un reenganche, era mi forma de vida. El año anterior dices: ‘Mira lo que me pierdo', pero este… Yo sabía que el fin de semana no me iban a llamar mis amigos para contarme: ‘Ven, bájate a tomar unas cañas'. Me decían: ‘¡Ahora sabemos lo que sientes!'. De verdad, no quiero parecer soberbia, pero es que no lo noté», apunta la opositora, que solo salía una vez a la semana para ir a la academia. «Eran las tres horas que yo tenía de vida social en los últimos meses», precisa Andrea, que tiene muy claro a quién más tiene que agradecerle sus logros: «Tuve unas condiciones favorables porque vivía en casa con mi madre, y yo le estaré eternamente agradecida por eso, porque me ayudó. Ella me dijo: ‘Dedícate a eso, que lo vas a sacar, confío en ti'. Yo nunca fallé en tema de estudios, y sabía que no iba a estar perdiendo el tiempo en la habitación».

Desde luego, no lo perdió. Y eso es lo que le toca celebrar en su balance de un 2020 muy oscuro: «A ver, lógicamente preferiría haber suspendido ese último examen y que no hubiera pasado todo esto. Lees el periódico y son todo desgracias, como una pesadilla. Pero yo, a nivel particular, no puedo negarlo. Este ha sido mi mejor año». Siempre hay luz... aunque cueste encontrarla.

Concepción y Manuel Ángel: «Ahora ya puedo decir que mi marido me costó un riñón»

Gracias, gracias, gracias. Es lo primero que repiten Concepción y Manuel Ángel cuando hacen referencia al año que vamos a dejar atrás. El 2020 les ha permitido ser agradecidos con la vida y sobre todo con los médicos y todo el personal sanitario que los atendió en el Chuac cuando decidieron someterse los dos a un trasplante de riñón. Concepción iba a ser la donante y Manuel el receptor. Se puede contar así, con la sencillez de una frase corta, como de inicio pretende Concepción, sin darle mucha importancia a un gesto de generosidad que le ha devuelto la vida a su marido. Los dos llevan más de 50 años casados, hicieron las bodas de oro en el 2019, y esa unión estrechísima, íntima y feliz hizo que Concepción no dudara cuando supo que Manuel necesitaba un riñón. «Él ya estaba trasplantado desde el 91, pero casi 30 años después, el órgano, cómo es lógico, se fue deteriorando. Entonces se hizo las pruebas y ya nos dijeron que tenía que empezar una diálisis, el diagnóstico no era muy bueno y sinceramente yo no me lo pensé», cuenta Concepción.

Ella ha cumplido los 74 y él los 73, así que no se esperaban de este año aciago que se les abriera un rayito de esperanza. «Una siempre piensa que los mayores ya no vamos a tener nuestro sitio, que no va a haber interés en nosotros, y fue todo lo contrario. En el momento en el que en la consulta se me ocurrió preguntarle al doctor si se hacían trasplantes de vivos y supe que sí le dije: ‘Aquí tiene una voluntaria'». ¿No te dio miedo someterte a una operación tan difícil, pensar en tu riesgo? «Si te digo la verdad —responde Concepción— fue algo instintivo, son muchos años juntos, me salió del alma y ni siquiera lo consulté con nadie. Lo hablamos entre nosotros, pero lo tuve claro».

«EN DOS MESES, LISTO»

A su lado, Manuel solo tiene motivos de agradecimiento para su mujer, que de broma le dice: «Ahora ya puedo decir alto y claro que me costaste un riñón». Los dos se ríen y se dan un abrazo como confirmación de esa unión infalible que les ha permitido superar, una vez más, los vaivenes de la vida. «No tenemos hijos», relata Concepción, así que cuando se lo conté a una sobrina empezamos rápidamente la tramitación porque es un proceso que dura un tiempo, pero en nuestro caso tengo que decir que fue rapidísimo».

Más o menos dos meses después de su diagnóstico, y tras comprobar que los riñones eran compatibles, los dos pasaron por quirófano. Su suerte se cumplió el 20 de octubre. Pero Concepción, ya lo he dicho, a todo le quita importancia. «Fue muy bien, enseguida nos recuperamos, yo creo que estuve una semana en el hospital y él un poquito más, pero salvo unos coágulos, no le dio más problemas. Y yo no tuve ni que tomarme un calmante, aunque soy sufridita».

Ella le quita hierro a todo. Y Manuel sonríe agradecido: «Ella me ha dado la vida. He vuelto a vivir otra vez. Este 2020, que para todo el mundo ha sido negativo, a nosotros nos ha dado suerte dentro de las circunstancias. Para mí ha sido muy positivo, sobre todo por la gran fortuna de que nuestros riñones fueran compatibles, porque no siempre es así, y después por el trato que hemos tenido. No te lo imaginas: médicos, enfermeras, todo el personal de la unidad de diálisis, la coordinadora de trasplantes..., no tengo palabras para mostrar cómo se han portado con nosotros. Eso es digno de admiración».

Manuel es, sin duda, un hombre muy querido, ya no solo por su mujer, sino por todo su entorno, porque Concepción revela que también sus hermanos se habían mostrado dispuestos a ayudarlo. «Tenía una cola de voluntarios», le suelta con todo el sentido del humor y con el alivio de haber pasado ya el susto.

El buen ánimo y el optimismo de ambos ha sido fundamental para este final feliz. «Él tiene ese buen carácter —apunta Concepción— y creo que no te queda otra que echarle humor, cuando viene una del revés solo puedes enfrentarte, y si hay solución, se le pone. Pero hay que dar siempre de tu parte. Yo desde luego volvería a hacerlo sin dudarlo». ¡No lo hagas más que solo te queda un riñón!, le digo en confianza, y ella se echa a reír sabiendo que en su interior esa decisión tampoco tendría duda. En este acto de amor, también Manuel quiere demostrar su generosidad: «Yo también lo haría por ella».

«NO NOTÉ NADA ANORMAL»

¿Qué le dirías a la gente que no se atreve a donar a un familiar? «A ver, es muy personal, yo lo hice y no me pesó, no noté nada anormal y ahora a él lo veo tan bien que es un motivo de satisfacción». «Estoy fenómeno —insiste Manuel—, me encuentro estupendamente, pero todo se lo debo a los médicos, a los nefrólogos y urólogos, a todo el personal que en estas circunstancias ha seguido trabajando sin parar. ¡Claro que ahora no creo que me aguante 30 años como el otro riñón!», dice con guasa.

«Con veinte más nos conformamos», le replica Concepción, que no deja de insistir en lo maravilloso que ha sido sentirse reconocidos y valorados en este momento tan duro. «No es lo mismo pasar por esto a los 40, como le sucedió a él hace años, que a los setenta y tantos. Tener esta oportunidad ha sido nuestra suerte, porque cuando yo pregunté si se podía hacer y nos respondieron que sí, se nos abrió una esperanza. Nosotros pensábamos que estaríamos a la cola de todo y que, lógicamente, si le hace falta un riñón a un chico joven irá delante, pero luchan por todos, también por la gente mayor como nosotros. Esa ha sido nuestra fortuna porque yo no creía que trasplantaran a estas edades y menos con esta pandemia», expresa ella.

El 2020, que para la mayoría ha sido un año duro y horroroso, a Concepción y Manuel, dentro de las circunstancias, les ha sonreído. «Nos beneficiamos de él, le hemos sacado todo el jugo», se abrazan los dos. ¿Qué le pedís al año nuevo?, les pregunto para despedirnos con su alegría y fortaleza. «No le pedimos nada más». Que lo tengan todo.

Tania Veiras: «Pasé de tener tres trabajos a cero, pero al final remonté»

Empezó el 2020 con muy buen pie. Las cosas rodaban en todos los sentidos. Llevaba ocho años feliz con su pareja, gozaba de buena salud, y a falta de uno, tenía tres trabajos. Sin embargo, llegó marzo y, como a muchos, los planes se le fueron al traste. «Este año prometía muchísimo. Hace dos años que monté mi propio grupo musical, y aunque el año pasado ya habíamos hecho actuaciones, para este, en marzo ya teníamos más de 50 comprometidas. No paraba de cerrar actuaciones. Además, trabajaba de jurado en Luar y en otro programa de la TVG. De tres trabajos, me quedé en cero», explica Tania Veiras. De pronto se vio encerrada en un piso, con una ansiedad que le incitaba a visitar frecuentemente la despensa y con la agenda en blanco. «Lo pasé muy mal durante el confinamiento —confiesa—. Lo único que hacía era comer y ver la tele. El que iba a ser mi año, el año de más auge profesionalmente hablando, se desmoronaba». Entre risas, confiesa, que en ese momento se le pasaba por la cabeza ser funcionaria: «¡Por qué no habré estudiado una oposición y así tendría mi trabajo! Pero me gusta tanto lo mío, que digo: ‘No valgo para otra cosa'». Se le cayeron muchas lágrimas, lo pasó muy mal, pero tan pronto como se levantó el estado de alarma algo en su cabeza hizo clic.

Lo primero que hizo fue mudarse al campo. Dejó su piso de Sigüeiro para vivir en plena naturaleza. Se rodeó del aire libre que tanta falta le hacía. Las caminatas, sumado a que recuperó sus buenos hábitos alimentarios, le ayudaron a cambiar de chip. Cortar el césped, sacar las hierbas malas, dar de comer a las gallinas... En definitiva, gracias a la vida en el campo dio carpetazo a la ansiedad. «Me vi libre, y aunque me vi sin actuaciones, me llamaron para hacer un programa en verano, que no podría haber hecho si las cosas hubieran seguido su curso. En vez de cantando, recorrí Galicia de otra manera», explica Tania, que reenganchó ese formato televisivo con otro. «Voy hilando y voy teniendo suerte. Es cierto que el 2020 fue fastidiado en cuanto a que lo que tenía previsto se fue al garete, pero me surgieron oportunidades nuevas en programas nuevos», añade. Al mismo tiempo, de la mano de Ana Golpe consiguió quitarse los kilos que arrastraba de más, algo que ayudó notablemente a que recuperara el ánimo. «A mí el peso me afectó mucho al estado mental, se me nota mucho. Trabajo de cara al público, creo que el físico es importante, no es que sea... pero necesito cuidarme. Empecé a comer mejor y bajé de peso. Me afecta mucho cuando la ropa no me queda tan bien como me quedaba, y cuando ya vi que me volvía a entrar, me subió la moral», reflexiona.

UN SUEÑO CUMPLIDO

Si había pasado de estar en el vértice superior del triángulo a la base, a partir de mayo, la vida le comenzó a brindar escalones muy sólidos a los que agarrarse para subir de nuevo. Sus ganas de trabajar se lo pusieron fácil. De cara a la campaña de Navidad, aprovechando los 16.000 seguidores que tiene en su cuenta de Instagram, se le ocurrió apoyar al pequeño comercio a través de sus redes de manera totalmente altruista. «Las empresas, no solo de mi pueblo sino de toda Galicia, se ponían en contacto conmigo, y los jueves y los domingos subía un vídeo con ideas para regalar», explica.

Pero a pocos días de finalizar, este 2020 horribilis le tenía preparada una sorpresa. Una gran sorpresa que, quién sabe, igual tiene que agradecer a la pandemia. Durante el encierro casero, Tania realizó unos vídeos cantando a Pasión Vega, la artista a la que más admira desde que con 15 años ganó un concurso con una canción suya. En principio los subió a Facebook, aunque semanas después las actuaciones acabaron en YouTube. Meses después, desde Canal Sur se pusieron en contacto con Nico, su pareja y quien lleva el tema de las contrataciones, para pedirles si podían viajar a Sevilla, ya que querían que interpretara algunos temas de Pasión Vega para Juan José Padilla. Allá se fue. Al llegar allí había tres personas más. «Me dijeron que Bertín Osborne y Juan José Padilla iban a estar de espaldas, escuchándonos y que después se iban a dar la vuelta para decir quién les había gustado más», explica. Cuando salió a cantar, estaban Osborne y Padilla, pero también la mismísima Pasión Vega, que la invitó al concierto que días después ofreció en Ourense. «Me sentí como cuando la gente me viene a ver a mí a las fiestas, con esa misma ilusión», confiesa Tania, que poco después fue consciente de que el plan no tenía otro objetivo que sorprenderla a ella.

En este año que los sentimientos y emociones van al compás de una montaña rusa, Tania saca una conclusión: «Lo importante es tener la cabeciña estable, y que no te afecte tanto estar arriba como abajo, porque soy la misma persona». «A principio de año pensaba: ‘No sé si voy a dar para estar en los tres trabajos', y de repente me vi sin ninguno y era la misma persona. Me agobié al pensar si no volvería a tener un verano así, pero aprendí que si no es una cosa es otra», explica, y añade quitándole hierro a este 2020: «Pasé de tener tres trabajos a cero, pero al final remonté, me mantuve en el candelero».

«Hay que vivir el momento y dejar de planificar tanto porque después... Siempre lo hablamos mi pareja y yo, ahora no me quedo embarazada, a ver... o no me quedo porque me viene un verano de actuaciones y, al final, me hubiera quedado y no hubiese actuado. Hay que vivir el momento, venga malo o venga bueno. Si viene malo, hay que intentar darle la vuelta y quedarse con lo positivo, si no te hundes», explica. A día de hoy, la agenda para el 2021 ya tiene varias fechas ocupadas, sin embargo, prefiere mantenerse fiel a su filosofía y no pensar en ello, por lo que pueda pasar. «Y si viene el bebé, que venga. Actuaré con barriga, pero me subo al escenario hasta el día que tenga que dar a luz. Ya no planifico nada».

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