Eva Gil, psicoterapeuta: «Comprarle el iPhone a un niño es lo fácil... y un auténtico exceso»

«Los padres son ahora sirvientes de los hijos», asegura la orientadora familiar, que advierte de que ya trasladan la urgencia por tener las cosas a todos los ámbitos de su vida


Mucho cuidado con los adultos que estamos gestando. Los adolescentes lo quieren todo y lo quieren ya, pero está en nuestra mano hacer que sean conscientes de lo que eso supone. «Hay que pensar los valores que les queremos transmitir al regalarles un móvil de mil euros o las deportivas más caras», señala Eva Gil, que atiende cada vez más en su consulta a niños con problemas de ansiedad y de conducta. Eso, el tener lo que desean sin coste alguno, «les genera una frustración que extrapolan a cualquier ámbito de su vida», advierte. Ojo también con esa actitud de invertir en ellos lo que no gastamos en nosotros y con lo de vivir sus vidas olvidando las nuestras. «Yo escucho a muchos padres que me dicen: ‘Es que yo no tengo vida, salgo de trabajar, llevo a mis hijos a kárate, a inglés, los recojo, después hacemos los deberes, estudiamos...’. ¡Dicen estudiamos, en plural!», exclama la experta.

-Muchos niños de 13, 14 o 15 años quieren un iPhone a toda costa. ¿Qué te parece que los padres se lo compren?

-Desde el punto de vista del proceso psicológico que se les quiera enseñar, depende de los valores que cada padre les quiera transmitir. Ahora, habrá padres que puedan permitirse los 800 o 1.200 euros y habrá padres que no. Y ahí es donde está el problema de la frustración, de por qué yo no puedo tener un iPhone como mi compañero. A nivel de los niños, evidentemente si yo quiero algo y lo consigo sin ningún tipo de esfuerzo, mi aprendizaje va a ser: «Yo pido algo, lo tengo». No hay más proceso, no tengo que ganármelo de ninguna manera, no supone ningún tipo de esfuerzo por mi parte el conseguir algo que yo deseo.

-Entonces, ¿qué representa para el niño recibirlo sin más?

-Sería muy duro decir lo que me viene a la cabeza. Yo diría que sería demasiado. Regalarle un iPhone a un adolescente es lo fácil para evitar los enfrentamientos... y un auténtico exceso. Porque los problemas vendrán después, no en la compra del iPhone, sino en la que está detrás y después del iPhone.

-¿Qué puede generarles?

-Que lo extrapolen a cualquier ámbito de su vida. «Yo quiero tener esta pareja, este chico o chica que me gusta, así que tengo que conseguirlo». ¿Si no lo consigo? Niveles de frustración muy elevados, baja autoestima... Eso va a generar otros problemas de ansiedad, bajo autoconcepto, etcétera. Estoy hablando de los adolescentes, a los que lo que más les preocupa es tener lo que quieren, pertenecer a un grupo y tener parejas. Después, a nivel de estudios y demás, lo mismo. «Tengo que aprobar en un examen o quiero esta nota, pero no soy capaz de conseguirlo porque no me esfuerzo. Va a llegar un momento en que voy a dejar de esforzarme porque eso no es importante para mí». Y entramos otra vez en un bucle. El no tener capacidad de esfuerzo para conseguir las cosas se extrapola a todo en general en su día a día.

-¿Confunden el tener o no tener algo como parte de su rol en el grupo?

-Partimos de algo material y va a todo lo que no es material, porque a esas edades lo importante es pertenecer a ese grupo de amigos, no ser dispar a ellos; es decir, si tienen un iPhone, yo tengo que tener un iPhone... Si no, yo voy a ser el vacilado, el que no consigue las cosas como los otros, el que está a un lado. Y también a la hora de tener pareja, de que alguien se fije en ellos. Son como el pavo real que tiene que desplegar todas sus armas. Y si yo parto de la ropa de marca, tengo el iPhone, etcétera, es como que estoy mejor valorado. Si no tengo todo eso, tengo que tener unas características de personalidad que sobresalgan por encima de los demás. Ser el simpático, ser el más popular... hacer que eso gane más valor que todo lo demás. Pero eso es más complicado.

-Más allá de que puedas o no permitírtelo, lo que piden es el Ferrari de los móviles. ¿No habría que hacerles entender que llevar algo de mil euros en el bolsillo con 13 o 15 años no es lo normal?

-Efectivamente, tú ponte que ahora tienes un Clio. Quizás podrías tener un coche más caro, pero decides tener un Clio porque le das más importancia a otras cosas debido al grado de madurez que tienes. Con 12, 13 o 14 años, lo más importante es lo que pasa en el presente, en el hoy. Y en el hoy ellos no hacen esa valoración futura ni esa jerarquización de prioridades. Ahora mismo su prioridad es tener el Ferrari. Eso en el caso de que te lo puedas permitir. Si no puedes, es un aprendizaje que ven desde pequeños. Y van viendo que mamá no tiene un Ferrari, que va a trabajar todos los días muchísimo, que le cuesta traer el dinero a casa... El problema viene cuando los papás tienen un iPhone, o todo lo último, y les quieren comprar uno más económico para ir empezando. Es decir, cuando le quieres transmitir algo que tú no haces.

 Si piden algo y siempre lo tienen su único proceso de aprendizaje va a ser: Yo lo quiero, yo lo tengo

-En las tiendas de móviles aseguran que allí ven lloros, pataletas y de todo.

-En la tienda pasa lo mismo. Pero vas a ver que muchos de los niños que protestan no suelen ser de una familia muy adinerada, sino de familias medias o, incluso, bajas. Porque muchas de ellas han transmitido desde el primer momento que a ellos les cuesta mucho ganar el dinero, pero para sus hijos siempre hay.

-Sí, es frecuente oír eso de «yo en mí no me gasto ese dinero, pero como lo tengo lo gasto en mis hijos». ¿Eso tampoco les está haciendo ningún favor?

-No. Porque ellos van a decir: «Mamá, a ti te llega el Clio, pero yo necesito el iPhone». Eso es lo que han ido aprendiendo desde pequeños, que mamá me lo va a comprar. Porque mira, ella igual lleva sin ir a la peluquería un año, pero yo he ido el otro día y me he comprado lo último que llevan las instagramers, o salgo con dos bolsas llenas, o con el jersey de la marca equis... Pero no me he dado cuenta de que mamá no ha ido a comprarse nada en todo el año. Y eso está en los valores que les transmitimos desde muy pequeños, que como son lo más importante, a mí me costará ganar el dinero pero si ahorro algo, es para ellos.

-¿Y no hay que situarlos en la edad que tienen? En muchas cosas los hacemos mayores, pero en lo esencial están cada vez más infantilizados.

-Llegados a este punto, que se lo ganen. Es decir, tendrás el iPhone cuando durante un tiempo determinado tú hagas una serie de cosas. Vas a tener una paga y lo vas ahorrando. Lo que falte, pues con lo que te den en tu cumpleaños por ejemplo. Que tenga un esfuerzo, que no sea llegar a la tienda y decir: «¿Cuánto es? Mil doscientos euros». ¿Tú quieres el iPhone? Perfecto, sin ningún problema. Tendrás el iPhone cuando hagas todo esto y tengas una paga, lo ahorres y consideres que es el momento de comprarlo. Lo puedes poner por mes, por ejemplo. ¿Cuesta 50 euros al mes? Pues me los tienes que dar a mí, y los vas a ganar haciendo estas tareas.

-Pero ante posibles aislamientos necesitan un teléfono, y no podemos esperar a que ahorren para el iPhone. ¿Hay que enseñarles que igual hay cosas por las que toca esperar porque ahora hay que cubrir esa necesidad de otra forma?

-En caso de mayores necesidades, evidentemente habría que ver cada caso. ¿Que en estos tiempos hay otras cosas prioritarias y hay que tirar de eso mismo? Pues por supuesto, depende del caso de cada familia. Si los cuidados básicos los hace la familia, en este tipo de cosas extraordinarias como el teléfono o las últimas deportivas de 160 euros, yo te pongo lo que iba a gastar y el resto lo pones tú. Al final, lo primero es lo primero.

-¿Están los padres tendiendo a ese modelo de darles lo último a los hijos?

-Sí, y nosotros mismos también. Queremos vivir en un nivel de vida que quizás no es el adecuado para nuestra unidad familiar. De vacaciones al sitio de moda, comprarme lo último que ha salido...

-¿Qué repercusiones les traerá a ellos el hecho de no tener la noción de lo que cuestan las cosas cuando se enfrenten por ellos mismos a la vida real?

-Y ya antes, porque por ejemplo si se van a estudiar fuera se van a ir dando cuenta cuando lleguen y no tengan un duro para sus vidorras. De ahí esa frustración cuando siempre he conseguido lo que he querido. Yo lo veo mucho en consulta, con adolescentes que tienen problemas con los padres. Les preguntas y te dicen: «Es que siempre me lo han dado todo y ahora me lo quieren quitar todo de golpe». Cuando queremos poner las restricciones en una edad, ya en los 16 o 17 años, donde hay unas necesidades que no había con 5 o con 10... De pequeños les quisimos comprar todo lo que salía, el último juguete, así que la percepción que tienen es que yo quiero algo y aparece en mi casa. Cuando con 16 quiero un iPhone y no aparece en mi casa, vienen los problemas. Piensan que las cosas es desearlas y tenerlas. Es como los niveles de frustración que están apareciendo muchísimo ahora en las relaciones entre ellos del tipo «es que le mandé un WhatsApp y no me lo contestó en el momento, y lo leyó». Es esa urgencia de decir: «Yo hago algo y quiero tener respuesta en el momento».

 Muchas familias no les hacen ningún favor al demostrarles que les cuesta mucho ganar el dinero, pero que para ellos siempre hay

-Una urgencia que fomentamos.

-Sí, la estamos fomentando porque los padres estamos sirviendo a los hijos. Esa es la diferencia entre la generación de nuestros padres y nosotros, en la que nosotros estábamos por debajo de nuestros padres, en una escala diferente. Pero ahora nosotros somos sirvientes de nuestros hijos, y ellos ven eso y piensan: «Es que mis padres están para eso, para darme lo que necesito. Y si necesito un iPhone es como si necesito un plato de comida». Nuestros padres trabajaban, nos alimentaban, cubrían nuestras necesidades básicas, pero había muchas que nosotros nos buscábamos, éramos mucho más autónomos.

-Se ve en el ocio o con los deportes, por ejemplo. Ahora les llevan hasta el partido, les aguantan la mochila, se penaliza que no vayan a verlos... ¿Se meten los padres demasiado en sus vidas?

-Claro que sí. Queremos estar en todo y después, cuando quieren que estemos, queremos nosotros poner el límite. Estamos para hacer los deberes, para llevarlos a todos los sitios, esperamos por ellos. Yo escucho a muchos padres que me dicen: «Es que yo no tengo vida, salgo de trabajar, recojo a mis hijos y los tengo que llevar a kárate, a inglés, a no sé cuánto, salimos de aquí, de allí. Después hacemos los deberes, estudiamos...». ¡Estudiamos en plural! Y cuando llegan las diez de la noche dicen: «Estoy muerto, no hice nada y aún me queda la casa». Pues claro, es que vivimos por y para ellos, y muchos eso lo perciben y saben exactamente que es así, entonces lo exigen. Y si de primeras no lo piden y tú lo haces, se convierte ya en la norma. Después ya no existe el no. Te dicen: «Siempre lo hiciste, ¿por qué ahora no lo haces?».

-Y al final ya se ven desbordados y recurren a terapia...

-Sí, sí. Vienen tanto los hijos con problemas de ansiedad, de depresión y de conducta, como los propios padres que reflejan esta queja de que no puede seguir así la situación familiar.

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