Quien tiene una cuidadora tiene un tesoro

Ellas siempre son imprescindibles, pero ahora más que nunca. Este es el homenaje a las heroínas de este verano. Las personas en las que depositamos la confianza para el cuidado de nuestros pequeños y mayores


Ellas son las heroínas del verano. Las que siempre están disponibles para el cuidado de nuestros pequeños y de nuestros mayores. Las que los tratan con cariño, los atienden en todas sus necesidades y no dejan que estén solos. ¡Qué haríamos sin ellas! porque sí, la inmensa mayoría son mujeres. Para ellas va el homenaje de la semana porque si siempre son imprescindibles, este verano lo son todavía más. Quien tiene una cuidadora, tiene un tesoro.

Y uno de esos tesoros es Lourdes. Ella tiene tatuada la palabra servicio en su ADN. Desde niña ya ayudaba a su madre a cuidar de una vecina mayor. Y desde entonces, siempre ha tenido muy presente atender las necesidades de las personas de avanzada edad que tiene cerca de ella, aunque eso no le impidió desarrollar su trabajo en una correduría de seguros durante varios años. Es como si hubiera nacido para ello: «Me casé con 18 años y bueno, me cogió así, muy niña y dejé de estudiar. Mi profesión frustrada es ser médico. Siempre me gustó la medicina y el cuidado de enfermos», explica esta santiaguesa afincada en A Coruña desde hace 35 años que considera que no todo el mundo sirve para atender a los mayores. Lo dice con conocimiento de causa. No en vano estuvo cuidando durante 20 años a una señora que tenía alzhéimer: «Éramos tres para cuidarla porque estaba atendida las 24 horas», reconoce.

Para ella, la confianza es un pilar básico en este servicio a los demás, que cree que debe ser vocacional: «Lo más importante es que confíen en ti, ganarte su confianza. Con la edad todo el mundo tiene sus rarezas. Te lo digo por mi propio padre porque me dediqué a él por completo. Estuve sus seis últimos años de vida sin salir de casa. Solo salía para ir a la farmacia porque estaba malito y no lo dejé solo ni cinco minutos. Hubo un momento en que yo me puse mala y le dije que había que coger a alguien para que me ayudase y él no quería a nadie en casa porque la gente mayor es desconfiada. Por eso es tan importante que confíen ti. Eso le da seguridad y tranquilidad, por supuesto».

Otra parte importante es saber escuchar y tratarlos con cariño: «Pero no escuchar por escuchar, sino que se sientan atendidos. Que vean que entras en la conversación y que te interesa. Al menos es lo que yo siento. Si a una persona la tratas con cariño, eso se nota. Que no te molesta, que no te da asco, eso es muy importante, que no noten ningún tipo de rechazo».

Como si fuera un niño

Lourdes se indigna solo de pensar que haya algún anciano que no esté bien atendido o que no lo traten como debieran: «Para mí es tan importante una persona mayor como un niño. Porque cuando te ves impedida y limitada, dependes mucho de la persona que tengas enfrente. Y te enteras de cosas que a mí no me entra en la cabeza que una persona pueda hacer eso», lo dice quien dejó su casa para irse a vivir con su padre y dedicarse en cuerpo y alma a su cuidado: «Pero no todo el mundo puede hacerlo», confiesa.

En ese sentido, empatiza mucho con los problemas de las familias para seguir con su día a día y, al mismo tiempo, cuidar de la persona que tienen a su cargo: «Lo tienen muy complicado a la hora de cuidar a los mayores y seguir trabajando. A veces se critica, que si alguien dejó a los padres, pero claro hay que ver cada caso en particular porque a veces tienes que elegir, sobre todo, si dependes de tu trabajo. Y si te ves muy agobiada porque tienes que ir a trabajar y no tienes quien cuide a tu padre o a tu madre, pues coges a una persona en la que depositas tu confianza. Es más que comprensible».

Lourdes cree que debería ser obligatorio por ley que todos estuviéramos bien cuidados en los últimos años de nuestra vida, pero quien se ha dedicado a mantener la dignidad de las personas que están a su cargo, ni siquiera se atreve a pedir lo mismo para ella: «A mí lo que me gustaría es no necesitar el cuidado de nadie», reconoce Lourdes, que asegura que siempre ha recibido más de lo que da: «Te sientes muy agradecida. A veces, solo con una mirada ya te dicen mucho. Te dicen cosas muy bonitas, la verdad. Y creo que como en su casa no están en ningún sitio. Entiendo que tienen sus costumbres, su modo de vida... y es muy difícil que se vayan de su casa, que cambien de lugar de residencia y que se sientan bien».

Nuria, educadora infantil: «Si estás para ellos, ellos siempre responden»

ANA ABELENDA

Cuidar a un niño no tiene horario. Porque no mira reloj ese vínculo que creas con él. «El vínculo que estableces con un niño al que cuidas desde los 5 meses lo haces desde el principio. Es atender sus necesidades básicas, físicas y de relación. Hay un niño al que cuido desde los 5 meses y que va a hacer 6 años en diciembre. La madre, por trabajo, necesitaba que yo me quedara con el niño. Luego él empezó el cole y yo cubría horas sueltas», explica Nuria, de 27 años, que este verano cuida a dos pequeños para salvar las dificultades laborales del momento y ha heredado de su madre la vocación de ayudar a los niños a crecer. Educadora infantil, Nuria empezó a trabajar en centros de ocio y como monitora de campamentos de verano. El confinamiento por el covid a ella la cogió trabajando en una escuela infantil en Vilalba, pero la pasión por los peques la siente desde los 18, o antes: «Estudiando, siempre aprovechaba las vacaciones para cuidar niños. Siempre me gustó mucho y además ayudaba a algunos padres a conciliar, que no es fácil», cuenta Nuria, que tiene un ahijado de 4 años.

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