El motocultor de Miquel


Miquel Montoro es payés, tiene 12 años, un acento mallorquín cautivador y una inteligencia manifiesta. Hace treinta años sería un rapazote más en un pueblo balear, pero hoy puede manifestarse al mundo a través de Internet en donde compite con instagramers que ponen morritos y recetas veganas. Hace unos días recibió el correspondiente certificado de modernidad al ser entrevistado por David Broncano, que ha conseguido convertir su programa en la gran galería de personajes de estos años 20. Si no han visto el encuentro, háganlo.

El éxito súbito de Miquel, su orgullo payés y su desparpajo, coinciden con la enésima revuelta del campo y de los agricultores, hasta los mismos de ser los que pierden en un sistema inflado de intermediarios y multinacionales que explican por qué el precio de una naranja se incrementa un 600 por ciento desde que se coge del árbol hasta que nos la comemos. En un mundo saturado de foodies, cocinillas, turistas de la vitrocerámica y buscadores de emociones culinarias, los productores siguen igual de puteados que siempre.

En esa ecuación entre la fascinación por Miquel y el desprecio por los que trabajan la tierra se encuentra la explicación de lo que nos pasa. Urbanitas para los que la huerta es una localización de Instagram; el campo un decorado monísimo y los que viven y trabajan en él pintorescos seres humanos a los que en el fondo observamos con una complacencia disimulada. El muro entre la ciudad y el campo es una empalizada de cristal; se puede ver a través de ella, pero la separación es fría y de una contundencia glacial.

Esa superioridad paleta del urbanita tropieza con todas las cosas que están pasando más allá de los semáforos, en un territorio contracorriente que pelea contra la despoblación, el aislamiento y la torpeza de una Administración incapaz de revertir un ciclo letal. Como Miquel, hay niños y chavales en Galicia orgullosos de vivir donde lo hacen, pero a quienes cada vez se les complica más la existencia.

En uno de los vídeos de su canal de YouTube, Miquel Montoro da una clase magistral sobre el uso de un motocultor. No hay grandes diferencias con respecto a esos tutoriales en los que adolescentes como él chacharean sobre lo que les pasa desde la habitación de un piso en una ciudad como las demás. Pero entre el vídeo de Miquel y el primer Wismichu hay una distancia cósmica, como dos mundos apenas conectados por un agujero de gusano. En ese pliegue residen todas nuestras paradojas.

«¡Hostia, pilotes!»: ¿Quién es Miquel Montoro y por qué todo el mundo habla de él?

M.V.

Un «youtuber» mallorquín de 13 años conquista a Broncano y con él, a toda su audiencia

«¡Hostia, pilotes! ¡Oh, que són de bones! ¡M'encanten!». Este gran hit no es otra cosa que la exclamación de alegría de un niño que llega a su casa y se encuentra, al fuego, una contundente ración de albóndigas. Lo que pasa es que no es cualquier niño: es Miquel Montoro. El nombre, quizá, no le diga nada, pero pregúntele a sus hijos. Ahí sí. El chaval, todo un fenómeno en ese universo de vídeos de Internet en el que hoy se mueven los muchachos, tiene 13 años y es mallorquín, vive con sus padres y su hermana en una finca de Sant Llorenç rodeados de campo y animales, y cuenta con 178.000 suscriptores en su canal de Youtube y con más de 592.000 en su perfil de Instagram

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Por Fernanda Tabarés DIRECTORA DE VOZ AUDIOVISUAL

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