«A mí me llaman papá, y a Hugo, papi»

El amor de un padre no tiene límites y en YES hoy le hacemos un homenaje. Para prueba, estos hombres que son pareja y demuestran que lo suyo es más que un papel

Cuando Isaac y Hugo se conocieron, hace ya 12 años, los dos tenían claro que querían formar una familia. Y que la única vía por la que cumplirían su sueño sería la adopción. «Hay niños de sobra ya en el mundo que necesitan una familia como para traer más», señala Isaac. Descartaron la internacional, «porque para parejas del mismo sexo es prácticamente imposible», y en el 2012 iniciaron los trámites en España. Se habían planteado un horizonte de 7 años, pero los plazos se acortaron. Cuando presentaron la solicitud les recomendaron que se hicieran pareja. Dicho y hecho. Al año siguiente, les advirtieron de que deberían estar casados. «Nos daban 10 días para casarnos y además la funcionaria que nos atendió nos dijo: ’Si no lo conseguís, no os preocupéis como os quedan tantos años de espera, no pasa nada’», comenta Isaac. Lo intentaron pero «no encontramos ningún ayuntamiento por la zona que nos casara en 10 días», cuenta Hugo. Firmaron deprisa y corriendo en marzo del 2014 y lo adjuntaron al expediente. A partir de ahí: silencio administrativo. «No sabes nada, nadie te cuenta nada, cuando consigues que te cojan el teléfono te dicen lo que buenamente pueden o quieren, y a esperar», explica Isaac. En el 2015, una amiga que tiene un hijo en acogida les propuso participar en una reunión sobre acogimiento y decidieron abrir esta vía a la par que la adopción. Sin embargo, todas sus expectativas se vinieron abajo cuando les dijeron «o adopción o acogimiento». «Nosotros habíamos modificado el expediente para adoptar a dos hermanos, en vez de a uno, porque si no el segundo ya nos iba a pillar con una edad..., pedimos que fueran hermanos y que uno tuviera necesidades especiales para agilizar el trámite porque estos casos nadie los quiere y también para darle una vida a esos niños. Pero solo nos habían dado idoneidad para uno, entonces se lo comentamos a la jefa de Menores que estaba en la charla y se comprometió a revisarlo», explica Hugo. 

Poco después sonó el teléfono con la mejor de las noticias. Eran las Navidades del 2015. Adrián tenía 5 añitos e Izan estaba a punto de cumplir los 3. «Una vez que se pasa la luna de miel, aparece nuestra forma de ser, hay que acatar normas... y adoptar un niño de 5 años, que había vivido con su madre, con sus hermanas, costó. Con el pequeño fue más fácil por la edad», explica Isaac, que se cogió la baja “maternal” mientras que Hugo disfrutó del permiso de paternidad.

Los hermanos cambiaron el centro de menores por la casa de los Gómez Farfán, en Ocaña (Toledo), y poco a poco se fueron recuperando de la falta de dedicación y atención que traían. «No es lo mismo -continúa Isaac- cuando hay 15 niños en un centro eres uno más, en casa la atención es plena. Por ejemplo, el mayor cuando vino no sabía leer y pasó a Primaria sin leer, el pequeño tenía muchas bronquitis, ahora hace 2 años que no tiene...». 

Cada uno tiene su rol

Isaac aprovecha cualquier ocasión para explicarles sus orígenes. «El mayor sí que habla de su madre. Aunque ya no la ve, todavía se acuerda de la última noche que pasó con ella o cómo lloraba cuando se los quitaron, a pesar de que tenía 2 años», explica Isaac, que cuenta que dos veces al año todavía siguen visitando a las hermanas mayores. «Este es otro hándicap que ellos tenían, porque no hay muchas familias que estén dispuestas. Son momentos complicados, a ti se te remueven cosas, a ellos también... pero a la vez yo siempre digo que no me considero tan importante en la vida de mis hijos como para prohibirles ver a sus hermanas, porque siempre lo van a ser».

La vida de Isaac y Hugo se puso patas arriba. De repente pañales, hábitos y rutinas que no tenían. Los pequeños nunca preguntaron sobre su nueva familia, más allá de cuando a Adrián le dijeron que los iban a adoptar dos papás y preguntó: «¿No hay mamá?». «No». «Ah, vale», respondió. Eso fue todo. «Es verdad que en el cole le preguntan muchas veces si no tienen madre, y yo le digo que les diga la verdad, que sí tiene madre que no ha nacido de un huevo», explica Isaac. Llegaron a proponer en el cole cambiar el día del padre y de la madre por el de la familia, «pero no porque tengas dos padres o dos madres -dice-, porque igual la o lo has perdido y no hay necesidad de estar todos los años recordando lo mismo».

Las tareas están muy repartidas en este hogar. Papá, como llaman a Isaac, es el de los deberes y el del «lávate los dientes» y papi, Hugo, es el de jugar y el que se encarga de la logística de las actividades fuera de casa. Los cuatro se escapan siempre que pueden a la casa de Foz, donde los niños están encantados porque pueden jugar y disfrutar de una manera que «aquí no pueden». «Yo me considero gallego, ni madrileño ni de Toledo, en casa vemos la TVG y se escucha la radio gallega. Desde pequeño me he ido llorando de ahí y mi sueño es jubilarme y marcharme para Galicia», cuenta Isaac.

Hugo dice que ser padres es lo mejor que les ha pasado, pero no concibe la discriminación que persigue a las parejas del mismo sexo. «No entiendo que yo tenga que pasar por varios test, entrevistas, visitas a casa, pero en cambio, una pareja hetero se pone a tener hijos, y lo mismo esos niños no pueden estar en esa familia porque no tienen recursos, y tú dices: ‘¿Y no les hacen un test para ver si son buenos padres?’». Sin embargo, Isaac no considera que se lo pongan más complicado, sino que cortar el vínculo del menor con la madre es excepcional, por eso hay muy pocos niños en adopción. «Hay muchos que ni se ocupan de ellos ni los sueltan, y lo que queremos las familias adoptantes es que el hijo sea tuyo», comenta. Ahora tienen 9 y 6 años, y viven felices los 4. 

 «Se non tivese unha filla transexual sería máis cenutrio»

Sara se convirtió en el 2015 en la primera menor transexual de Galicia a la que un juez le permitía el cambio de nombre. Desde entonces ella ha realizado una serie de cambios dirigidos a alcanzar el tránsito social. Su padre, Suso Covas, y su madre Cristina Palacios, le han ayudado en toda esta aventura, pero para ellos también ha sido una experiencia que les ha permitido conocer otra realidad: «A min tamén me abre moito a perspectiva. Se non tivese unha filla transexual sería máis ‘cenutrio’. Iso seguro», reconoce Suso tras afirmar que siente pasión por Sariña, como a él le gusta llamarla.

Los dos, padre e hija, mantienen una relación muy especial desde siempre, aunque Suso reconoce que el proceso en el que se inició Sara hizo aflorar, si cabe, aún más su instinto de protección: «O único reto que tiña era que a miña filla fose feliz e que na casa tivese un ambiente o máis agradable posible, confortable, e nada excluínte para que ela se sentise ben», asegura este vecino de Outeiro de Rei, que reconoce que al principio de iniciar el tránsito social de Sara le surgieron numerosos temores.

La máxima preocupación para este padre fue cómo sería aceptada Sara y reconoce que, a pesar de algunos obstáculos, el resultado es más que satisfactorio: «Dende que fomos a Portugal e ela fixo un pequeno tránsito social aproveitando unhas vacacións para vestirse de pequena e dixo que nunca máis quería volver vestirse de pequeno, pasando polo primeiro día de colexio, porque é un pelotazo e tes mil medos. Tamén co respecto á familia, porque uns van cunha postura e outros con outra, e temos certa facilidade á crítica baleira. E despois como ía ser aceptada no colexio polos pequenos, polos seus compañeiros, polo profesorado... Tivo a grande sorte de ter unha profesora que se chamaba Ángeles que dende o primeiro día fixo un labor impresionante», asegura este padre coraje que reconoce que la lucha más dura fue contra la intransigencia de algunas personas: «Tivemos unha loita contra algunhas actitudes, algunhas formas de falar e contra algúns xestos que fan que te deas de conta de que estás no punto da crítica. Co tempo é como todo vai evolucionando a mellor, a xente xa se apunta ao carro e ninguén quere quedar como unha persoa que é intransixente, que non é liberal; pero os inicios foron duros», reconoce Suso, que siente adoración por Sara: «Máis alá de dicirnos que nos queremos moito, é a forma de mirarnos ou de estar o que nos di que non fai falla máis para saber o que nos queremos. É devoción o que temos un polo outro», concluye.  

«Mis hijos dicen que soy como un niño grande»

La aventura de ser padre empezó hace 19 años, cuando nació su pequeña Andrea. «Iba acojonado por la calle Real el día que fui a dar la cara y contarle a mi suegro la noticia». Carlos se convirtió en superpapá con 20 años. A su lado Bea, con 18 añitos. «Repetí dos cursos y estábamos en COU cuando se quedó embarazada». Recuerda perfectamente ese momento en el que su vida dio un giro radical: se casaron y al día siguiente Carlos se puso a trabajar. No les fue nada mal y la familia fue creciendo. Bea y Carlos son padres de Andrea, la mayor, de Antón, de 14 años, y Alicia, de 7 años. «Son la triple A».

Con Carlos llegan para la foto los tres hijos, sonrientes, totalmente organizados y sincronizados. «Me dicen que soy como un niño grande», apunta.

Carlos es el amo de casa. Mientras Bea trabaja, él estudia para sus primeras oposiciones y cuida de los niños. «Me encanta cocinar y dejo la comida preparada por la noche. Por la mañana llevo a Alicia al colegio y espero por Antón, que viene a comer al mediodía. La mayor, Andrea, se reparte conmigo las tareas por la mañana, antes de irse a clase por la tarde». Tiene la casa llena de pósits con apuntes y leyes del temario de las oposiciones que los pequeños le preguntan cuando menos se lo espera. «La pequeña está convencida de que voy a aprobar, y el otro día nos dijo que nos invitaba a cenar por ello. Que ella tenía una moneda… de 50 céntimos para invitarnos a todos», se ríe.

Carlos vive por y para su familia: «Me encanta ser padre, no lo puedo negar». Ser papás tan jóvenes «fue un poco duro, pero tuvimos mucha ayuda por parte de los abuelos». También tenía sus ventajas: «Éramos los únicos de la pandilla que teníamos casa y un bebé, así que era la novedad y la casa siempre estaba llena de gente. Andrea se crio con toda la pandilla, son todos como sus tíos», recuerda Carlos. No le importaría volver a ser papá: «Veo un bebé y me vuelvo loco», pero cree que ahora es el momento «de disfrutar un poquillo». A este superpapi le encanta pasar tiempo con los pequeños: «Siempre fuimos de hacer planes, recuerdo llevarlos en la mochila a hacer senderismo». Como padre, cree que lo más importante que puede darles son valores:

Este martes será su gran día: «¿Que si vamos a celebrar el Día del Padre? ¡Por supuesto! Nosotros somos de celebraciones para todo: por cumpleaños, santos, exámenes y aprobados. Siempre hacemos una comida o cena familiar y le pido a mi mujer que me haga una tartita de las suyas, que se le dan muy bien los postres».

«Soy su padre, y soy una madre fantástica»

Ernest es el sueño hecho realidad de Octavio Villazala (Lugo, 1966). «Cuando lo vi pensé: ‘Es el niño con el que soñé», asegura el educador canino que ha llevado a colegios y hospitales su instinto y nobleza animal. Ernest, que hoy tiene 13 años, nació en África y vive desde los 4 en Oza-Cesuras con sus padres, Óscar y Octavio, y sus «hermanos» caninos, los perros Lusco y Fusco. Cuando entra en casa, Octavio es «papá Tito». «A veces es duro, pero cariñoso y buena persona», dice su hijo, que se parece a papá «en el carácter». Padre e hijo hablan de casi todo, como un padre y un hijo que saben que el amor no tiene límites pero el respeto impone los suyos. «Yo le hablo de Dios, del Dios en el que creo; de las personas que pasan necesidades y de en qué consiste acertar en la vida, según lo veo. Siempre le digo que el triunfo más grande es ser feliz», cuenta O Bicheiro, el hombre que susurra a los perros. «¡Pero en el fútbol me dice que tengo que meter goles!, y si me equivoco, dice que hay que mejorar y chupar más balón», puntualiza Ernest. Él destaca la inteligencia de «Tito» y disfruta sobre todo con él los fines de semana. «Los sábados y los domingos, cuando papá Óscar está durmiendo, Tito y yo jugamos a parar tiros en el sofá», cuenta. «Eso tiene un nombre, naranjabol», informa su padre, sobre un deporte casero que va de encajar naranjas y limones en el chaise longue.

Octavio se convirtió en padre de un vistazo. «Fue cuando vi la foto de mi hijo, y punto. Me quedé embarazado. Cuando vi sus ojos me enamoré. Está el amor de la madre y el amor del hijo. Esos son mis grandes amores. Ernest es mi hijo, sin adjetivos. Yo lloré el día que murió mi madre y el día que vi a mi hijo. Cuando lo vi, sentí que era hijo. Y no tengo ningún poder sobre él más que el de guiarlo por la vida. Ernest es un niño hermoso, y debo decir, en honor a la verdad, que lo es en parte porque sus padres nos ocupamos de educarlo en esto», afirma.

Ernest llevó a Octavio de vuelta a su infancia. «Yo quería darle primero todo el amor; segundo, todo el amor, y tercero, todo el amor. Y cosas que yo no pude tener», dice con emocionado orgullo de padre. «Con la pareja hay un poco ese ajuste de si tú me das yo doy, pero con los hijos no. Es yo te doy, te doy, te doy, te doy... Y eso que yo no soy un amigo, soy el padre de Ernest. Es hijo, no es amigo. Por eso, cada paso lo doy con amor, pero también con firmeza de padre», afirma.

Ernest, según «papá Tito», es ordenado. «En eso sale a papá Óscar -admite-, que le da equilibrio en cuanto a horarios. Yo le doy un poco más de locura, pero también cultura, eh... Óscar es más pragmático, y yo, más poético. Nos complementamos muy bien», valora Octavio. La llegada del hijo cambió la relación de pareja. «Nos ha unido, nos ha dado una seguridad y un compromiso. El compromiso de criarlo con amor. ¿Quién me iba a decir que iba a ir a los partidos los domingos de invierno, con padres que nos ponemos ahí a veces a berros?», manifiesta.

¿Hay en casa un rol materno? «Yo me he sentido muy mamá. Y educar a perros me ha valido para mucho en esto, eh... Yo con una mirada lo soluciono, no ando con bromas, quiero que Ernest sea un hombre de provecho, que se empape de la vida, que toque la hierba, el mar, que sepa lo que vale el esfuerzo. Y le digo: ‘Si puedes vivir de lo que te gusta y ganas dinero, genial, pero no vivas de ilusiones. Lo que hagas, hazlo con pasión y bien», comparte el dueño de Montegatto, que dice que los padres son madres y a la inversa. «Todos tenemos un lado femenino y otro masculino. Yo he sido una madre fantástica. Canto nanas, cuento cuentos... Ernest ha mamado en mi oreja derecha, ha tomado día y noche el biberón en esta oreja. Yo soy madre desde el fondo de mi corazón, padre y madre», asegura quien advierte que a los hombres les han «castrado a la hora de sentir».

El sol de la conversación nos va llevando a la noche. Llega el momento del cuento. Hay uno de buenas noches que no deja de contar «papá Tito». «Es de noche, hace frío y vamos en una carroza papá Tito, papá Óscar, Fusco, Lusco y yo, y llevamos dos caballos», empieza Ernest, que lo sabe de memoria. «Vamos en un carromato, no en una carroza», corrige su padre. «Y dicen por la radio: ¡No salgan de sus casas, hace tempestad! y entonces ponemos una lona, a los caballos unos chubasqueros y nos adentramos en la noche y hacemos una tienda con madera y paja. Y viene un lobo, pero Fusco ataca y el lobo se va... Y nos quedamos dormidos».

Todos nuestros padres

Elena Méndez

Amados, temidos, añorados. Son personaje principal en nuestras vidas y también en muchas obras literarias. Les rendimos homenaje. Pero, cuidado, no siempre salen bien parados

«Queridísimo padre: Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo». Así comienza Franz Kafka su Carta al padre, una misiva escrita para comunicarle todo lo que había callado durante años. En este texto duro, lleno de reproches y de recuerdos amargos, Kafka retrata a un padre autoritario y cruel que le marcará de por vida. Era el año 1919 y el padre del autor nunca recibiría la misiva.

Cien años después, el norteamericano Daniel Mendelsohn, que ha escrito algunos excelentes ensayos sobre temas tan dispares como el verdadero significado de Brokeback Mountain o la nostalgia que explota Mad Men, nos abre en Una Odisea una ventana a sus memorias familiares. El autor nos cuenta el semestre en el que su padre, un matemático retirado de 81 años malhumorado y muy exigente, decide asistir a un seminario sobre la historia de Homero que imparte su hijo. Viajes, crítica literaria y sentimientos se combinan en este libro maravilloso que, desde luego, te hará ver a tu padre con ojos nuevos.

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