A la tercera... fue la vencida

TRIPLE INTENTO CON FINAL FELIZ Telmo llegó al mundo tras sus dos hermanas mayores, Icía y Elba. Marta consiguió sacarse el práctico del carné de conducir y David y Jennifer encontraron el amor después de dos parejas fallidas. No hay dos sin tres... y la tercera es mejor


Telmo era el gran esperado en casa. Aunque su padre, Fidel, verbalizaba más la ilusión porque el tercer bebé fuera niño, su madre, Conchi, reconoce que al conocer el sexo también ella sintió una satisfacción interior. Sus dos hermanas mayores, Icía, de 9 años, y Elba, de 6, le esperaban con los brazos abiertos. Juntos forman una bonita familia numerosa, y eso que a Conchi lo de la maternidad no le había llamado nunca la atención antes de ponerse a ello. «Lo que pasa es que cuando conocí a mi marido, desde el primer día dijo que él quería tener cinco hijos. Y yo pensé: ‘¡Está tarado!’. Pero una vez que estábamos casados y con trabajo, dijimos: ‘Venga, vamos a tener una niña’». Así llego Icía, y tres años después Elba. «Yo la segunda sí que quería que fuese del mismo sexo, aunque a partir de ahí ya me daba igual. Es más, yo me hubiese plantado. Pero mi marido venga con que quería cinco y con que el niño aún no había llegado». Se pusieron a intentarlo, y el niño llegó. Eso sí, lo de los cinco peques no va a poder ser, porque Telmo llegó al mundo con la tercera cesárea de Conchi, a la que le dijeron que sería el último para evitar riesgos.

La historia de esta madre tuvo un final feliz, pero no estuvo libre de sustos. Con el primer embarazo, la despidieron del trabajo en plena baja de maternidad. «Era la empresa en la que yo llevaba trabajando desde los 18 años, para mí era como si mis padres me hubiesen echado de casa sin motivo», recuerda. Tras ir por la vía judicial, logró que la reincorporasen, pero hace cuatro años la oficina cerró y volvió a quedarse sin trabajo. «Afortunadamente, con el sueldo de mi marido vivimos. No con grandes lujos, pero vivimos», afirma Conchi, que decidió quedarse en casa y tener a su tercer bebé sabiendo que podría dedicarse a los tres sin problemas de conciliación.

El embarazo de Elba terminó con un gran disgusto que agrió el segundo momento más dulce de su vida: «Me detectaron un cáncer de tiroides, y tener que enfrentarte a eso recién parida, no le gusta a nadie», indica. Después de aquello llegó una operación, radioterapia y otra intervención, un aislamiento casero y la movilización de los cuatro abuelos, que viven fuera, para ayudar al padre en el cuidado de los tres niños. Recuperada y ya sin trabajo de nuevo, se quedó embarazada por tercera vez con otro susto. «Cogí la varicela de la mediana, porque yo no la había pasado de pequeña. Tuve que ingresar y me dijeron que no me podían certificar que el niño venía bien, pero decidimos seguir adelante. Hasta que no nació Telmo, no respiré», narra su madre.

Después de dos niñas, con él llegó la diferencia. «Debería ser el más espabilado por ser el último, pero no», bromea Conchi, que asegura que Icía y Elba a los nueve meses ya hablaban con frases hechas mientras que su hermano todavía no articula muy bien y no empezó a dar sus primeros pasos hasta pasado el año ?«no sé si por vago», añade?. Hoy, con dos y medio, Telmo se encuentra en plena operación pañal: «Mientras hablo contigo, estoy cambiándoselo porque me vino todo meado».

CARIÑO A RAUDALES

Los tres son cariñosos, aunque la mayor a veces se pasa. «Muchas veces le digo: ‘Icía, hay que medir el cariño’», afirma su madre, que dice que Elba, la mediana, va con más cautela y tiene que conocerte mucho para lanzarse a tus brazos. Ella ya tiene bastante con los de Telmo, del que no se separa. Pero más allá de sus caracteres, la mayor diferencia que notó Conchi como madre fue el hecho de pasar de tener uno a dos hijos: «Del segundo al tercero no cambió tanto, pero del primero al segundo mucho», reconoce. Y es que ella narra como nadie cómo van superándose las inseguridades de la maternidad a medida que una va siendo madre más veces. «Como primeriza, te asusta todo. Con Icía, yo a la mínima ya estaba en el Materno. Con Elba ya era como: ‘¿Fiebre? Pues Dalsy y Apiretal’. Con el tercero creo que no hemos pisado el Materno más que una sola vez, y porque le dio un pico de fiebre que le dejó sin conocimiento».

Se le ve tan encantada que quién diría que descarta llegar a la manita que tanto desea su marido. «Uy no, como no se busque a otra...», bromea. Y es que otra boca más se notaría demasiado en la cartera. Por lo demás, lo tienen todo superado. «Con un hijo estás solo dedicada a él, con dos ya tienes que repartirte, pero con tres... ya se distribuyen ellos solos», resuelve entre risas esta madre numerosa. Al menos por el momento, estos cinco fantásticos se quedan así: «Nosotros ya hemos cumplido con la sociedad». No vamos a pedirles más.

«Tras dos intentos aprobé el práctico»

Hay quien presume de haberse sacado el carné de conducir a la primera, pero no es el caso de Marta Montero. Tampoco el de una servidora, ni el de muchos más que cayeron presas de los nervios y de la mala pata cuando les tocó echar las manos al volante con el examinador en el retrovisor. A sus 21 años, esta ferrolana acaba de sacarse la L y ya coge el coche como una conductora profesional. Pero el camino para llegar hasta aquí no tuvo uno ni dos intentos, sino tres. Bueno, para ser exactos, fue dos veces al teórico y tres al práctico. El hecho de estar estudiando en A Coruña la empujó todavía más a hacerse con el carné, aunque el coche todavía lo ve lejos, y mientras tanto toma prestado el de su abuela y el de sus padres.

«En el verano en el que acabé segundo de bachillerato me saqué el teórico, y en el siguiente, ya en primero de carrera, el práctico», indica. La primera parte le pareció fácil, aunque señala que hay que ir completamente seguro para sacarla adelante. La segunda... ya es otro cantar. Pero también hay que tener en cuenta que tuvo mala suerte, porque el práctico le tocó en plena huelga de examinadores. «A mí me tocaba ir a examen y esa misma mañana me llamaban para decirme que no podía ser, así que igual pasaba todo un mes sin hacer más que una o dos prácticas antes de presentarme de nuevo», afirma.

El primer intento, dice, «fue horrible». Es lo que tiene echarse a la carretera sin demasiada confianza: «Mi madre estaba deseando que me lo sacase ya, pero yo no estaba segura. Ese fue el error, porque fui bastante nerviosa, temblando. Al final me salté una línea continua y cambié de carril pensando que podía, así que suspendí a los diez o quince minutos de haber empezado». Su segunda vez tampoco estaba tranquila. «Iba bien, pero al tener nervios, ves que fallas en algo y aún te pones peor», dice. Esta vez, el problema lo tuvo dentro de un túnel. «En Ferrol hay un túnel que es muy estrecho, y yo veía que no iba a rozar, pero que iba muy justa. Entonces el profesor amagó con cogerme el volante y yo le hice el gesto de que no lo hiciese, porque eso significaba suspenso seguro. Pero de todas formas, ya estaba suspensa igualmente», cuenta.

Por fin, a la tercera fue la vencida. «Iba supersegura, tranquilísima, y cogí el coche perfecta», recuerda. Ella se examinó con el modelo vigente, que incluye unas preguntas por parte del examinador al examinado acerca de diferentes aspectos del coche, como el aceite, las luces o algunos temas mecánicos. Después, el alumno tiene un trayecto guiado y otro de unos diez minutos de conducción autónoma en el que puede hacer el trayecto que él considere en ese momento, ?«aunque en realidad te van guiando ellos prácticamente»?, aclara Marta.

Lo que más pánico le daba era el momento de aparcar, pero tuvo la gran suerte de que no le mandaron hacerlo en ninguno de sus tres exámenes: «Me daba mucho miedo, pero la verdad es que las veces que aparqué me salió bien, con una o dos maniobras». Recién cumplido el año del aprobado, el hecho de ir ya sin la L puesta no le resta presión, más bien se la aporta. «Con el coche de la autoescuela me daba menos corte, porque al ir con él ya saben que estás aprendiendo. Ahora ya es diferente y estoy con miedo de que estén esperando más coches detrás mientras maniobro», asegura. Aunque cuando empezó su lucha por el carné no había tocado un coche en su vida, ?«no quería, por no coger vicios»?, ahora tiene muchas ganas de poder contar con el suyo propio y dice que le encanta conducir. «De momento, para moverme entre A Coruña y Ferrol me llevan en coche, o si no cojo el bus», asegura Marta, que por Ferrol se va apañando con los que le dejan prestados en casa. Mientras llega el suyo, toca seguir practicando... Y aquí, por prácticas no será.

«A la tercera el amor triunfó»

El amor no entiende de tiempo. Cuando llega, llega. Y no importa que conozcas a esa persona desde hace cinco años o de un simple cruce de miradas. Es algo tan poderoso que escapa al control y no se puede medir con nada. David Costa (1982) y Jennifer Pérez (1994), ambos de Malpica, son un buen ejemplo de ello. Y, también, de una juventud vivida con mucha madurez. Pero, sobre todo, y con más razón en el caso de él, del tópico «a la tercera va la vencida». De tres relaciones formales, el amor triunfó en la última. Primero tuvo una pareja durante dos años, y luego, otra en los 12 años siguientes. Con ambas convivió y formó un hogar, pero «faltou algo», apunta. Por su parte, Jennifer también estuvo durante cuatro años junto a otro hombre, y antes tuvo un noviazgo de 2 años, pero no fue hasta que conoció a David cuando decidió asentarse y dar rienda suelta a su proyecto de familia.

Se conocían de toda la vida, pues apenas unos «200 metros» separan sus casas. No obstante, por distintos motivos, cada uno puso rumbo hacia otros lugares y no fue hasta febrero del 2015, el mes del amor, cuando sus caminos se volvieron a cruzar, o mejor dicho, cuando regresaron al punto de partida, Malpica. Fue en el lugar de trabajo de Jenny, un bar, donde tuvieron la primera «toma de contacto». Y no hizo falta más nada. Surgió la «chispa», cuenta David. A los pocos meses, se fueron a vivir juntos e hicieron varios viajes, entre ellos, Madrid, la ciudad que los enamoró «aínda máis», aseguran, y a la que regresaron cuantas veces pudieron. Pero, al cumplirse el primer año de aniversario, decidieron dar un paso adelante, a raíz del cual vinieron otros. Ambos tenían «traballos estables» y se pusieron a levantar una casa «en común». Y en pleno proceso de obras, aprovecharon para conocer la ciudad del amor, París, y ya de paso, para «encargar un bebé», apunta David entre risas. No quisieron esperar a que se lo trajera la cigüeña, como cuenta el mito. «Era o momento idóneo», expresan. Y es que como asegura Costa, Jenny es «moito máis madura da idade que ten [24 años]». Ella lo confirma: «Dende pequena tiven claro que quería ter fillos sendo nova». David, con 12 años más, 36, también fue siempre de esa misma idea, pero «por motivos laborais», no pudo. Y en mayo del 2017 nació Ainara, el motor que ahora mueve la familia. «Todo é por e para ela», cuentan.

«DÁME MOITO EQUILIBRIO»

Pero, ¿qué fue lo que los enamoró y que todavía sigue haciéndolo a día de hoy, casi cuatro años después? «A súa madurez, que tiña as cousas claras e que fisicamente era o meu perfil. Dáme moito equilibrio agora», relata él. «A forma na que me trataba, que era moi atento e, tamén, moi detallista. E na actualidade, o bo papá que é en comparación con outros», expresa ella toda orgullosa. Él es un padrazo, además de un dueño y señor de la casa. Ducha al bebé de 1 año y 5 meses, le echa sus cremitas, le prepara la comida y la adormece en cuestión de segundos. Y no solo eso: «Na casa fago de todo», dice alto y claro. La plancha es, quizás, su punto débil, pero por el resto, Jenny no tiene queja. «A casa e Ainara teñen que estar listas, estea ela ou non. Facer de comer e deixar todo sen recoller paréceme ilóxico», sentencia David. Pero Jenny recuerda que esta faceta de su novio ya la descubrió a las pocas horas de salir del parto: «Nos 5 días que estivemos ingresadas no hospital non se separou de nós. Só saía da habitación para buscar de comer e volvía ao momento». Por su parte, él recuerda el peor instante: «Cando lles deron a alta médica, chegamos a casa ás 17.30 horas, e 45 minutos despois xa tiven que embarcar [es marinero]. Foi duro e ségueo sendo cada vez que lles teño que dicir adeus, pero se o miras polo outro lado, é o que toca; hai que gañar os cartos para manter as bocas», explica.

Por supuesto, no todo lo que reluce es oro. La llegada de Ainara al mundo implicó cambios en la relación. «Tes que dedicarlle 24 horas seguidas á crianza e sempre hai enfados, porque nalgún momento estoupas», dice Jenny, a lo que David concluye: «Pero cando tes unha filla, pensas máis as cousas. Unha criatura afianza a relación». Hace unos meses, comenzaron a hacer uso de la guardería para que la jornada fuera más llevadera. Pero sea como sea, ahora los fines de semana son sus días de disfrute. Los aprovechan «ao máximo» para estar los tres juntos, aunque tampoco son como antes: «A nena no coche é moi intranquila, e para ir en avión consideramos que aínda é moi pequena. Entón, facemos escapadas máis curtas con tal de estar fóra da casa», cuentan.

De la última vez que fueron al cine ya ni se acuerdan. Jenny calcula que hace más de año y medio, justo cuando Ainara estaba a punto de nacer. Pero algo que sí hacen es preparar planes a corto plazo. Y uno que últimamente da vueltas por su cabeza es el de casarse. Sobre todo, «por regularizar a situación por se algún día pasa algo», dice David, pues lo de «primeiro a nena e despois a voda» ya fue algo que siempre tuvieron claro, asegura Jenny. ¿Cuál será el siguiente paso? «Fomos a Disneyland París con Ainara na barriga e volveremos cando faga a comuñón», avanzan con ilusión.

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