La última farera de la Costa da Morte

FUE LA SEGUNDA MUJER EN DAR LA LUZ sobre el mar, la segunda farera de España. Cristina Fernández lleva 43 años viviendo en Cabo Vilán. «Mi padre al principio me llamó loca. Dijo: «Róubaslle o traballo aos homes para vivir illada entre homes!»», recuerda hoy en su torre frente a su amor, el mar.

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«Nosotras sabíamos a lo que íbamos. Las mujeres que nos hicimos fareras sabíamos que para llegar al faro debíamos esforzarnos más. Donde los hombres se acomodaban, nosotras teníamos que pisar el acelerador», dice Cristina Fernández, guardiana de la Costa da Morte, con sus más de 43 años viviendo en cabo Vilán, el faro eléctrico más antiguo de España, que encendió su luz por primera vez el 15 de enero de 1896. «Cabo Villano», llama ella a su casa, un hogar con 250 escalones que aún sube a veces temblando. Cuando se decidió a ser farera, la llamaron «loca», y hoy sigue loca por el mar. «Mi padre me decía: Ti es como o teu abuelo, é que sempre tes que facer o peor do peor! -cuenta-. Vaslle roubar o traballo aos homes para vivir illada e rodeada de homes... Pobre».

Cristina subió al faro de cabo Vilán hace más de 40 años, hizo aquí la vida, tuvo aquí a sus hijos, y hoy que recibe 60.000 visitas al año y tiene su leyenda hasta en Facebook, su sitio preferido sigue aquí, en el faro. Es su habitación. Su ventana al mar. «¿Mamá, y esta casa de quién es?», preguntan a sus madres los niños que entran en su torre. «Es la casa... de todos», dice Cristina, y les cuenta que en el faro hay un bicho que gira y echa luz, como un mago que sale de la lámpara para marcar el camino en el mar. «No soy la única farera de España, ni seré la última», asegura. Por más que la oposición al oficio no exista desde el 92 y la tecnología sirva avances y ahorre personal, «siempre se necesitan personas». «Puedo controlar todos los faros de Laxe a Fisterra. El problema es cuando haya un incidente y muchos faros apagados... Entonces, ¿cuál es el protocolo a seguir, el primer faro a encender?», plantea. Siempre habrá fareros, pero no será tan íntima su relación con «la mar». «Cuando mi marido, Antonio, y yo nos hicimos fareros, era condición indispensable vivir en el faro y con la familia -explica-. Hoy tienes la opción de vivir en tu casa, en un radio próximo de acción, y estar pendiente del móvil».

Su flechazo con el mar fue en el 65, cuando el Banora naufragó en Camariñas y cubrió el agua de naranjas. «Me acuerdo de cómo la gente cogía aquellas cajas de naranjas...». Pero la primera vocación de la amante del mar fue ser profesora. «Yo no fui de principio una farera vocacional -confiesa-. Yo fui una privilegiada. Trabajaba en la Cofradía de Pescadores de Camariñas y en las tardes daba clases a los niños». Dos de ellos, a los que enseñó a leer y sumar, murieron a los pies de su faro. «Sin saberlo yo. Sin poder hacer nada. Esto te echa un dolor muy grande a la espalda. El mar es mi amor, pero se llevó a seres queridos».

El padre de Cristina enfermó y «había que ponerse a trabajar». Ella era joven. Y la luz llegó de la mano del hijo de un farero. «Él me enseñó el camino, me fue enseñando poquito a poco. Me enseñó a amar los faros. Era de Villano; nació, vivió y murió en Villano. Mi marido, mi compañero, todo». Antonio -«el hijo del farero», al que este fin de semana homenajean un grupo de radioaficionados prendiendo la luz en Vilán- y Cristina se fueron juntos a hacer la oposición en Madrid en el 72. «Aprobamos y me tocó instalar radiofaros en toda la geografía española. Aprendías. Había que aprender sí o sí, porque el padre de Antonio era exigente. Quería sentirse orgulloso».

¿Cómo es vivir en un faro? «Es vivir aislada y rodeada de mar. De mar unas veces enfurecido y que otras veces te da relax, pero siempre energía. Si quieres olvidar, perderte, ir lejos sin moverte, mira el mar. Mira cómo bate en las rocas, cómo se forman los espejos... El horizonte al fondo y ese batir del mar... es especial. Cuando eran pequeños, mis hijos me decían: «Mamá, el mar revuelve, revuelve...». Y les decía yo: «Como revuelves la pota del caldo. Como revolvemos con la espumadera las patatas y eso. El mar de fondo tiene ese movimiento y ese revolver de piedras».

En cabo Vilán, Cristina y Antonio criaron a sus tres hijos, que ya son mayores. Vivir aquí hoy, dice, es estar en un palacio respecto a hace años: «Hemos sido muy felices, pero también hemos vivido momentos horrorosos. Llegamos a arrastrar las cunas de un lado a otro, para esquivar el agua. A los niños los días de tormenta les dejábamos saltar sobre las colchas de las camas, o les poníamos la radio alta o tapones en los oídos... A veces ellos pensaban que el mar se estaba acercando, que iba a entrar por la ventana. Pero ese ruido del mar también acabó por ser una nana para ellos», relata Cristina. «Ahora pienso: 'Estoy curtida', pero llega el temporal a las tres de la mañana y tiemblas... tiemblas», dice. Y entonces piensa en los marineros, «allá abajo», y tiembla, pero por ellos. «La gente de los faros, la gente del mar, somos una gran familia. Una familia que se amplía, se defiende y se arropa. Esto es hermoso».

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