Comer aquí es todo un espectáculo

BOCA ABIERTA ANTES DE COMER Las experiencias gastronómicas van más allá de la cocina y la atención. Para hacerse un hueco en el mercado hay que llenar el estómago y el ojo, y eso solo se consigue con una atmósfera espectacular. En Galicia ya hay menú para escoger.

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Hay locales que entran por la boca, y otros que lo hacen por los ojos. En España se superó hace tiempo el cuarto de millón de bares y restaurantes, pero cuando llegue el juicio final y veamos pasar por delante toda nuestra vida hostelera solo unos pocos van a quedarse en nuestra retina. Son negocios que impactan por su cocina y por su servicio, pero que además han generado un entorno espectacular que a veces justifica la factura incluso antes de sentarse.

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SANTIAGO Y LA CASONA RESPETADA

De momento en O Sendeiro, en Santiago, no cobran por pasar el dintel de una preciosa casa con trescientos años encima. Este restaurante suma solo veinte meses de vida en el exigente mercado compostelano y ya le discute el número 1 en las listas de reputación a Casa Marcelo, el único con estrella Michelin de la ciudad. Alberto Fernández y Sergio Delpont, sus promotores, tienen mérito, porque ambos aprendieron en la escuela de hostelería lo importante que es hacer cosas diferentes, y sin embargo supieron que el potencial era la propia casona del barrio de Sar desde la que ya son un referente hostelero. ¿Por qué ellos sí han triunfado y los dos negocios que hubo anteriormente acabaron siendo ignorados por el público? Una parte del éxito, sin duda, radica en una reforma muy respetuosa con las zonas más singulares de la propiedad. «Nos dimos cuenta de que el patio de la entrada no había que tocarlo, solo arreglar un poco la parra», comenta Alberto Fernández, que desde el primer momento le vio posibilidades a unos espacios que ahora recuerda como «fríos y sombríos». Restauraron las mesas con un barnizado más alegre, introdujeron con buen criterio algo de color, le dieron dos y tres vueltas a la iluminación hasta que encontraron las lámparas led adecuadas para configurar unos salones y reservados algo más sobrios y le dieron la vuelta a la tortilla en la zona del bar, donde hicieron una transformación espectacular: cambiaron las barras, los frontales, los suelos y hasta se atrevieron a crear una pasarela colgante para optimizar la altura de la pared. Por un ventanal amplio se deja ver la cocina, en la que entran y salen los ocho miembros del equipo, que no caminan, flotan un palmo sobre el suelo de lo bien que ha calado su propuesta en una ciudad en la que parecía que en cuestiones rústicas y pétreas ya estaba todo revenido.

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A MORDISCOS EN VIGO

En los años 80 el A Mordiscos era un bar rockero que, como buena parte de la oferta de aquel momento, se hundió con los excesos de una época tan «movida», que al caer se mató. Hace ahora cuatro años, en su lugar surgió bajo el mismo nombre un local que de aquello solo conserva la denominación. El nuevo A Mordiscos es todo color, combinado de una forma acogedora, que transmite buen rollo. Según explica Ruth Pelegrín, diseñadora de un espacio en el que también trabaja cada día, hizo el proyecto a medias con su compañero, el también diseñador Pablo Lago. «Barrimos toda la zona portuaria buscando y aprovechando objetos y muebles que encontramos en fábricas y empresas. Todo está hecho con material reciclado y todo fue diseñado por nosotros», dice la artista que, con este proyecto, se ha estrenado en el sector de la hostelería, pero no en el de la decoración de espacios.

Pablo y ella han llevado a cabo diversos proyectos en viviendas y en locales, aunque el más conocido es la hamburguesería La Pepita, que además les ha llevado por ese camino. «Somos cuatro socios, los otros dos son los propietarios de La Pepita. Empezamos colaborando con ellos en la decoración y después montamos juntos este negocio», recuerda. En A Mordiscos se mezclan materiales naturales, metal, pizarra, madera... pero allí no solo se alimenta la vista. La oferta culinaria es tan atractiva como lo que se ve. Lo que se saborea es un menú semanal (de martes a viernes) donde combinar platos tradicionales y modernos (desde una crema de verduras a shiitake salteada con yema de huevo, pollo Tikka Masala o costillas con mazorca de maíz y mojo). Es un ejemplo. Y luego está la carta, en la que hay «variedad y sobre todo, calidad», afirma.

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EN EL CHESTER DE OURENSE, COMO EN CASA

En este caso, el sofá da nombre al local. Y es que un chéster es, para muchos, el elemento principal del espacio que, con el mismo nombre, gestionan en Ourense el matrimonio integrado por Ingrid Pavera y Alexander Rodríguez. Una cafetería-bar en la que los clientes encuentran un espacio acogedor, con mesas de madera, iluminación cálida y varios espacios para cada momento del día. «La gente nos dice que les encanta la decoración, incluso tenemos clientes que se hacen fotos en la zona del sofá», cuenta Ingrid, que sabe que el aspecto acogedor que tiene su local es la clave para tener una clientela fija, que crece cada día con quienes descubren este céntrico establecimiento. La reminiscencia inglesa no se queda únicamente en la decoración, ya que también la especialidad del local ha ido derivando hacia lo anglosajón. De hecho, una de las apuestas fuertes es el brunch, una comida que combina desayuno y almuerzo. «Es una alternativa que ofrecemos todos los días, pero cuando más éxito tiene es durante los fines de semana, porque se plantea como una alternativa para pasar más tiempo, no como un desayuno rápido para tomar a diario», explica Ingrid. Ellos tienen dos presentaciones, una más amplia que la otra, aunque la pequeña es la que, por ahora, más gusta a la clientela. «La costumbre del brunch ha calado bien en Ourense», admite la hostelera. El local tiene otros puntos de referencia como la bollería, siempre recién horneada, así como los bocadillos, las ensaladas o la carta de tapas. También hay variedad de cafés y cócteles. Todo un abanico de las que disfrutar en un amplio horario.

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SAMANÁ, UNA SELVA COOL EN A CORUÑA

«Wow». Es posible que eso sea lo primero que digas cuando pongas un pie en Samaná, en A Coruña. El nuevo restaurante de la calle Rosalía de Castro, al lado de la plaza de Lugo, es una selva muy cool. Vete con el móvil bien cargado y una batería extra porque no podrás dejar de hacer fotos. A sus mega lámparas, sus paredes de hormigón, sus sillas tapizadas de flores… «A la gente le llama la atención que haya tanta vegetación dentro del local. También sorprenden los baños, que no están separados por hombres y mujeres, sino que son mixtos». Allí hay una pila negra, de otra galaxia, y una zona de tocador con unos espejos con bombillas de diva de Hollywood que piden a gritos un selfie. Un baño casi para quedarse a vivir en él.

Tamara nos atiende mientras está pendiente de las reservas que le están llegando por teléfono. «La respuesta está siendo muy buena, hemos tenido que ampliar la zona de cafetería por la tarde», nos cuenta.

Entrar en Samaná es como entrar en el Sketch, en Londres. Como en el restaurante-bar más bonito del mundo, en el nuevo local de A Coruña existen diferentes ambientes. Detrás de la reforma y del diseño del mobiliario está Marcos Samaniego, director de Mas Arquitectura. «Buscábamos hacer algo que no pasase desapercibido, que rompiese con lo que había antes». Misión cumplida. La fuente de inspiración: la península de Samaná, en la República Dominicana, una zona que combina mucha vegetación tropical, cascadas y playa. «Queríamos algo exuberante. No hacer una cafetería, ni un restaurante, sino un local que se adaptase a los distintos públicos y ambientes que se generan a lo largo del día». Todo aquí está pensado, desde la iluminación, que es uno de los puntos fuertes del local, hasta su bosque vegetal natural. «Conseguirlo no fue fácil», asegura Marcos. ¿Te gustan sus mesas? No las busques en Internet. Son únicas.

«Tuvimos que hacer varias pruebas de hormigón hasta dar con el color exacto y la impermeabilidad adecuada», desvela. Entre las más llamativas, una mesa redonda enorme con una gran champanera en el centro. Pero suyas también son las lámparas, los maceteros o las mesas camareras. Hasta la parrilla en la que asan los pescados y las carnes de la carta es cool, algo así como el Ferrari de las barbacoas. Para comer… con la boca abierta.

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