Aquí comes sin pagar

Acompañar la bebida con unas buenas tapas cada día se disfruta más. Ni que decir tiene si encima el tapeo es gratis. Hay locales donde con una consumición puedes salir (casi) comido

CARLOS CRESPO MARÍA DOALLO

¡Reconozcámoslo! Somos gente de buen comer y mejor beber. Nos gusta gozar del café de la mañana en ese bar que tenemos cerca del trabajo, relajarnos con un vino al mediodía y charlar con los amigos y unas cervezas en la mano al final de la jornada. Ese ritual tan nuestro lo disfrutamos todavía más si va acompañado de un buen tapeo, y ni que decir si además es gratis. Hay locales repartidos a lo largo y ancho de nuestra comunidad donde con una simple consumición puedes salir (casi) comido. ¿Los conoces?

La calle Estrella podría considerarse uno de los centros neurálgicos del tapeo coruñés. Allí se ubica A Taberna de Cunqueiro, un emblemático local en el que con cada bebida que se pida llegan a la mesa una buena cantidad de pinchos -concretamente tres fríos y una cazuela con algo caliente -sin que esto se resienta en la factura. Rubén Rey y María Cecilia Pérez decidieron poner en marcha hace diez años su negocio, de cocina tradicional y producto autóctono en el que el pulpo es todo un estandarte, con esta filosofía. Y a pesar de los años, crisis incluida, no han dejado de saciar con abundantes tapas las barrigas de sus clientes. «Intentamos ser muy estrictos con este sistema. Hay días de mucho trabajo que resulta complicado poner pincho a todo el mundo, pero es raro que fallemos. La gente está acostumbrada a eso, lo espera, y si no se lo das es normal que no les parezca bien», reconoce su propietario.

La variedad de platos que componen esos pinchos es tal que si se tira de matemáticas saldrían miles de combinaciones posibles, a cada cual más apetitosa. Dentro de los tres fríos que ofrecen a diario se incluye embutido, tortilla, huevo cocido con pimentón, aceite y sal, oreja a la gallega, patatas bravas, pastel de bonito… y en las opciones calientes, desde las sopas de ajo castellanas hasta las lentejas, potajes y ese caldo tan sabroso y tan nuestro que hace las delicias de cualquiera en pleno invierno. Para esos días calurosos de verano, que haberlos hailos, intentan ofrecer tapas más propias de la época, como la ensaladilla, si bien admiten que el trabajo «se complica un poco por la gran cantidad que tenemos que preparar».

Cuando un cliente no habitual o algún turista se sienta en sus mesas para disfrutar de un simple refresco, su cara es un fiel reflejo del asombro y la confusión que les produce el hecho de encontrarse con tanta vajilla llena de comida. «Les llama mucho la atención. A los coruñeses no tanto porque están muy acostumbrados», explica.

El domingo es el único día de la semana en el que la gran cantidad de viandas se reduce solo a una: los callos. Pero incluso si hay quien no pueda o no quiera degustar este sabroso plato, le dan la posibilidad de acompañar su consumición de unos trozos de un buen queso.

EL ENCANTO DE LA PERIFERIA

Indagar por la periferia tiene sus recompensas. Bien lo sabe la numerosa parroquia que, cada vez más, se deja caer por el popular y populoso barrio de As Pistas, en Vilagarcía. Allí, desde hace tres años, el epicentro lúdico gastronómico se sitúa en el Madia Leva, polivalente y siempre solvente local de largo recorrido gestionado por los hermanos Lucas y Borja González.

Los inquietos y astutos responsables del Madia Leva tuvieron la sabiduría de combinar la necesaria dosis de abundancia que se le supone a un templo del pincho con la sencilla pero muy efectiva creatividad culinaria que querían que transmitiera su cocina. Y lo hicieron con una doble dosis de generosidad. Generosidad a la hora de servir los pinchos de cortesía que acompañan cada consumición. Y generosidad, igual de importante pero mucho menos frecuente, a la hora de devanarse los sesos semana tras semana con sus propuestas. Y es que en el Madia Leva se elaboran 28 pinchos cada semana. Todos diferentes y sin que ninguno coincida con los de la semana anterior. Bueno, hay dos excepciones: el incuestionable churrasco de los domingos al mediodía y los callos de los sábados durante el invierno. El resto, a razón de cuatro pinchos calientes diferentes cada día. Dos al mediodía, entre las 12 y las 16 horas, y otros dos por la noche, a partir de las 19 horas.

Entre esas horas en el Madia Leva cualquier consumición se acompaña de un pincho. Da igual que sea un agua, un corto de cerveza o el vino más caro de la carta. Y con la segunda, otro pincho diferente. El día que visitamos el local al mediodía servían carne richada y brazo de gitano con guacamole, atún y piquillos. Y por la noche dos pinchos más ligeros: brocheta de mar y panini.

Entre los pinchos que más agradece la clientela destaca la filloa de vegetales con jamón y mayonesa, la tortilla rellena, los calamares a la plancha, las empanadillas caseras, el huevo frito con chorizo y pan de millo o el raxo a la crema. Presentados además de una forma original. En una pequeña sartén, una minúscula paellera, sobre una pizarra o en un minipalé.

A esta oferta de pinchos calientes hay que añadir los dulces con los que se acompañan los cafés: un trocito de bizcocho más una pieza de bollería, todo ello horneado en el propio local. Y por la noche, cuando se torna la hora del gintonic, asoman las gominolas.

PULPO Á FEIRA

Ourense cuenta con un abanico tan grande de restaurantes y bares que calles como Valle Inclán rozan la veintena de locales. Precisamente, en el número 33, está situado desde hace años el Peregrinus, uno de los mejores ejemplos de la cultura de pinchos con la que cuenta la ciudad. Aunque es cierto que la mayoría de bares acompañan las bebidas de frutos secos, patatas o embutidos, este restaurante lo hace con algo mucho más autóctono: el pulpo. «Lo que queríamos era diferenciarnos del resto y ofrecer a nuestros clientes una opción mejor», explica Alejandro Gutiérrez, encargado del restaurante. «Nosotros somos pulpería y churrasquería y nos pareció buena idea dar a probar con cada consumición nuestros productos estrella» continúa el gerente. La dinámica es la siguiente: a mediodía y hacia última hora de la tarde, con cada bebida, el cliente puede escoger entre una tapa de pulpo, de oreja o de morro de forma totalmente gratuita. Según avanzan las rondas de bebidas también lo hacen las de pinchos, así se van incrementando hasta sacar un plato de costillitas con patatas, de criollo troceado o de pollo a la brasa, además de distintos guisos caseros que cambian según el día. En definitiva, se entra a tomar una caña y se sale cenado. «Vienen incluso de fuera de la ciudad, los pinchos son un reclamo siempre. A veces hay clientes que salen de aquí con el estómago lleno gracias a tomarse un par de vinos pero luego se acuerdan de nosotros para organizar sus cenas de amigos o de familia», aclara Gutiérrez. Con un pulpeiro instalado en la entrada, el restaurante llama también la atención de turistas aunque cuenta con una clientela fija casi diaria. «Nos encanta el trato y la cercanía, pero para nosotros también es un reclamo el pinchito caliente con el vaso de vino», explica Telmo, uno de los clientes más fieles. «Llevamos viniendo desde el primer día e incluso el grupo se ha incrementado en estos años. La tapa que más me gusta es la de morro, pero todas están ricas», añade.

UNA EXCEPCIÓN

Amadeo da Silva Martínez es un tipo avispado. Cuando montó en Vigo su bar hace ya 18 años, ideó una fórmula infalible para fidelizar a la clientela: darles algo de comer, a coste cero, cuando pidiesen algo de beber. Vamos, lo que se dice ofrecer una tapita de cortesía. No es que el hombre inventara la pólvora, pero como los vigueses estaban acostumbrados a una racanería rayana en lo legendario en la hostelería local, dejó alucinados a los parroquianos. A pesar de que ahora ya son muchos los que se estiran un poco con el pinchito por cuenta de la casa, el Imperial sigue siendo un referente porque todavía hay muchos que lo que ofrecen se resume en la santísima trinidad de la cutrez: aceitunas, patatillas y mix de frutos secos.

Cuenta Amadeo que como era un local pequeño, de 125 metros cuadrados, decidió sacarle toda la rentabilidad posible. Su objetivo era venderle tres consumiciones a cada persona que entrase por la puerta. «Con la primera le poníamos dos pinchos distintos. Con la segunda, otros dos diferentes a los primeros y si llegaba a la tercera, otros más», explica. Y así empezó a correrse la voz. El hostelero añade que escuchaban lo que decían los parroquianos: «Las pandillitas cuchicheaban y decían, oye, que nos quedamos aquí». El profesional, natural de As Neves, añade que obviamente, supone un gasto extra. «No solo por la comida, sino por la mano de obra, ya que lo hacemos todo aquí». Guisos, platos de arroz o pasta, salpicón, ensaladilla, tortilla y muchas otras viandas se reparten en las bandejas y mostradores.

«Cuando yo llegué por aquí no había más bar que el mío y ahora tengo cuatro alrededor», reflexiona. El Imperial, además, ofrece raciones, ya de pago, también generosas y menú diario incluso en fin de semana. Ahora Amadeo tiene un segundo local, el Amadeus, cerca del primero, en la calle Couto Piñeiro, 1, con el mismo espíritu.

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