Por qué se inunda la ciudad

Antón Lois AMIGOS DA TERRA

VIGO

Oscar Vazquez

La tormenta del jueves dejó en evidencia que la naturaleza siempre se impone

19 oct 2014 . Actualizado a las 09:46 h.

Al final, Margit nos dejó 92 litros por metro cuadrado a lo largo del día, con la mayor intensidad de unos 40 en una hora. Es mucha lluvia, pero tampoco algo excepcional (Sanxenxo y Cotobade tuvieron 110 y 105 litros y Pontevedra 97). La pregunta pertinente sería por qué una vez más, porque esto se repite reiteradamente. Muchas zonas de Vigo parecían ese día Venecia y los vitrasas vaporettos mientras otras localidades, con mayores precipitaciones, no sufrieron el caos vivido el jueves en la ciudad.

La respuesta es sencilla, y va por barrios. Se trata de física elemental. Las mareas bajas provocan un efecto de succión, acelerando el desagüe de los colectores, pero las mareas altas generan un reflujo que presiona el agua hacia el interior. Si a eso le sumamos que muchas de las zonas ganadas al mar por los rellenos apenas superan en un metro sobre el nivel del mar con pleamar… pues ya tenemos montado el parque acuático de Guixar y Areal.

La pista de descenso de aguas bravas de Colón tiene que ver con la confluencia de los cauces naturales, que siguen estando (por allí pasaban ríos y era zona de abundantes manantiales, hoy canalizados de forma subterránea) y que ahora sustituyen el bosque de ribera por edificios, cosa que al agua le viene dando lo mismo. Todos los ríos fueron modelando durante siglos la orografía de su entorno para disponer en algún punto de su cauce de unos espacios llamados cuencas de desbordamiento o planicies de inundación.

¿Verdad que la denominación lo dice todo muy claramente? Estas zonas, en las que la sabiduría popular recomendaba no instalar infraestructura ni vivienda alguna pues más tarde o más temprano el río montaba una desfeita, eran sin embargo las mejores tierras de cultivo, fertilizadas por el aporte de nutrientes que aportaba el río. Esas tierras excepcionales para la agricultura de la ciudad estaban, justamente, en la planicie de inundación del Val do Fragoso.

Marruecos y México

Pero los tiempos cambian y pasamos a importar los tomates de Marruecos, los garbanzos de México, y aprovechando el terreno llanito en Fragoso montamos Citroën y Balaídos. El problema era ese regatillo que casi ni se veía llamado Lagares que, sin embargo, alguna vez al año demostraba su carácter de río como dios manda.

Revisando las hemerotecas, comprobamos que hace décadas era la limpieza del cauce del Lagares la que impedía su desbordamiento. Luego (tras comprobar que seguía desbordándose) la solución era la canalización, que solucionaría definitivamente, decían, el problema (y pertinazmente seguía el desbordamiento). La penúltima ocurrencia fueron los tanques de tormenta que, se aseguraba, dejarían en recuerdo aquellas inundaciones, pero tampoco. Y finalmente serían las humanizaciones las que meterían en cintura al Lagares cuando confundiera libertad con libertinaje. Va a ser que no.

Por lo menos las riadas de Margit tuvieron un efecto de limpieza, no solo de las calles, sino de los discursos. Hasta ahora habíamos escuchado al alcalde decir, reiteradamente, que ver Balaídos convertido en piscina olímpica y Colón y aledaños como el Niágara eran producto de la chapuza, la desidia y la incompetencia de todos los gobiernos municipales anteriores, sin excepción, al advenimiento de Caballero. Esta semana el diagnóstico del regidor era tan fatalista como sensiblemente distinto: «Estas cosas no tienen solución, son imposibles de arreglar».

En cualquier caso no olvidemos una consecuencia colateral de las riadas. El jueves Vigo vertió a la ría, sin depuración alguna, más de 20.000 litros por segundo de aguas contaminadas. Pues, como ya es sabido, con cuatro gotas (y fueron más de cuatro) la depuradora de aguas residuales se desborda.

Pero Margit, además de muchos problemas y daños materiales, nos dejó una imagen hermosa. Aquel viejo puente medieval de Castrelos, en seco tras desviarse el cauce del Lagares, recuperando su función con su río correspondiente, que al menos por una mañana reclamó su legítimo espacio usurpado por nuestra arrogancia, esa que nos hace creer, hasta que la lluvia nos pone en nuestro sitio, que somos nosotros quienes dominamos a la naturaleza.