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República Independiente

VIGO

La Voz hace hoy repaso a dos siglos de historia de Vigo. Son los doscientos años que van desde la concesión del título de ciudad hasta la actualidad. Otras urbes disfrutaron antes de este privilegio. Y podrán presumir de antigüedad. Pero para el próspero burgo marinero que era Vigo en 1810, la carta de ciudadanía fue el comienzo de un milagro.

Cada ciudad tiene su tiempo. Y, ninguna, tampoco Roma, es eterna. La historia ha visto levantarse y caer urbes que creyeron ser para siempre. Por eso Vigo tiene motivos para celebrar su bicentenario. Sobre todo, porque fue en ese preciso instante en el que comenzó el despegue de los hijos de la oliva.

En 1810, Vigo tenía unos 6.000 habitantes, sumando la villa amurallada y el entorno rural. Hoy, supera los 300.000, por más que el Instituto Nacional de Estadística se muestre renqueante a la hora de hacer cálculos. En varias ocasiones, el INE ha corregido los datos del Concello. Parece que dos concejales más, y un incremento en transferencias presupuestarias, no convienen en algunas instancias.

Sin ir a la cifra censal, la ciudad y su área metropolitana componen un aglomerado de casi medio millón de habitantes. Y este milagro, el multiplicar por cincuenta la población, se ha logrado en solo dos décadas.

Parafraseando a Mendoza, esta también fue «la ciudad de los prodigios». Aquí nació un imperio mundial de la conserva, se dio al mundo la industria del congelado, se levantó la fábrica de coches más rentable del continente y toda iniciativa empresarial pareció triunfar de la mano de una sociedad incapaz de pararse.

Habrá quien diga que Vigo es como el Celta. Que, para ser grande, no necesita títulos. Pero lo cierto es que su despegue coincidió con aquel real decreto del 1 de marzo de 1810.

Lo cierto es que, después de esto, nunca llegó ningún otro reconocimiento político. A la ciudad se la despojó sin cuento de la capital de la provincia por dos veces. Y su carácter liberal, primero, y republicano, después, nunca ayudaron mucho a conseguir nada. En una ocasión, la cosa terminó en la invasión por los Cien Mil Hijos de San Luis. En otra, en 1873, tras incorporar al escudo los lemas «Igualdad, Libertad y Fraternidad», la ciudad perdió todos sus privilegios.

Fue así como Vigo se tuvo que hacer a sí misma, con sus indudables defectos. Si no se implanta aquí Ikea, debe de ser porque saben que ya somos especialistas en «mónteselo usted mismo». Leer la historia de doscientos años puede resumirse en el eslogan de la multinacional sueca: «Bienvenidos a la República Independiente de su Casa». Para bien o para mal, esta ciudad y sus ciudadanos.