Guía para entender los vértigos y cómo actuar en caso de crisis: «No tiene sentido que el paciente esté esperando a que se le pase solo»
ENFERMEDADES
En la mayoría de ocasiones, es un trastorno benigno y transitorio que se origina en el oído interno
26 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Quien más y quien menos ha sufrido vértigos en algún momento de su vida, sobre todo, si se entiende en su definición más amplia. La palabra se usa tanto para el miedo a las alturas —«tengo vértigo»—, como para describir un mareo transitorio o la sensación de que todo lo que rodea a una persona es inestable. Para la medicina, el vértigo «es una falsa sensación de movimiento, es la percepción que tiene una persona de que se mueve con respecto a su entorno, cuando en realidad no lo hace», detalla el doctor Andrés Soto, jefe del servicio de Otorrinolaringología del Complexo Hospitalario Universitario de Santiago (CHUS) y presidente de la Comisión de Investigación de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (Seorl-CCC). Cuando se convierte en un problema —y no es algo puntual—, se habla de un trastorno del equilibrio, provocado por esa ilusión de movimiento.
No se debe confudir, aunque a menudo se haga, con vértigo de altura. «No es una enfermedad ni se trata como un vértigo, aunque sí está presente, en quien lo sufre, la sensación de que se puede caer cuando no tiene referencias visuales próximas», precisa el experto, quien reconoce que hay muchas personas que, para mantener su equilibrio, dependen «en gran medida de la vista y tener algo próximo les ayuda a estabilizarse».
Esta falta de equilibrio puede tener varios orígenes. El más frecuente es el oído interno: «Tiene dos partes, una encargada de la audición, que es la cóclea, y otra del equilibrio, que es el laberinto posterior», destaca el doctor Soto. Precisamente, cuando las alteraciones se producen en esta última zona, aparecen los vértigos. Esta estructura se divide, a su vez, en dos. «En los conductos semicirculares, y en el vestíbulo, que es una cavidad. Tanto unos como otros están llenos de unos líquidos, perilinfa y endolinfa, y los movimientos de esas sustancias son los que, en condiciones normales, nos permiten mantener el equilibrio, pero en condiciones anormales, estimulan células sensoriales y la sensación de vértigo», añade el responsable del servicio del hospital gallego.
Por otro lado, esta percepción también pueden originarse en el sistema nervioso central. Es el caso, por ejemplo, de algunos pacientes con migraña durante las crisis de dolor o, anteriormente, en la infancia. Cuando un niño sufre vértigos, lo más probable es que no se originen en el oído interno, sino en el sistema nervioso central. «Habitualmente, tiene antecedentes familiares de migraña y, al convertirse en adolescentes o en adultos jóvenes, esos vértigos se transforman en una migraña convencional con cefalea», apunta Soto.
Tipos de vértigos
Existen varias razones que explican por qué aparece el vértigo, incluso, aún teniendo el mismo origen. El más habitual se llama vértigo posicional paroxístico-benigno. «Posicional porque se desencadena en determinadas posiciones de la cabeza. Paroxístico porque es muy brusco y corto. Y benigno porque, aunque es muy aparatoso, no compromete la vida del paciente», indica el experto.
Se localiza en el laberinto posterior del oído interno, donde hay unas partículas de calcio microscópicas —otoconias— que, en situaciones normales, están depositadas en una zona determinada. Sin embargo, a veces, se pueden desprender hasta flotar en la endolinfa —el líquido del oído interno—. «Los movimientos de la cabeza, como son acostarse, levantarse, girarse en cama, hacen que esas otoconias se muevan dentro del líquido y generen vértigo», resume el presidente de la comisión de investigación de la Seorl-CCC.
Las crisis de vértigo suelen prolongarse entre diez y treinta segundos, aunque algunos pacientes aseguran percibirlas durante varios minutos. Se cree que esta diferencia se debe, en gran medida, a una sobreestimación subjetiva de la duración de los episodios. En algunos casos, varias crisis consecutivas son interpretadas como un único episodio; en otros, los pacientes identifican como parte del vértigo las náuseas, el mareo o la sensación de desequilibrio que puede persistir durante horas, lo que complica el diagnóstico clínico.
Además, si bien el 80 % de los afectados describe una sensación claramente rotatoria, hasta un 47 % habla más bien de una percepción de flotación. Los episodios pueden repetirse a lo largo de varias semanas, algo que ocurre en el 23 % de los casos, o concentrarse en el transcurso de un solo día, como sucede en el 52 %.
Otra causa, también frecuente, aunque menos, es la enfermedad de Ménière. En ella hay un aumento de presión de la endolinfa debido a que se produce en mayor cantidad o porque el líquido se reabsorbe menos. «Ese aumento de presión de endolinfa actúa sobre las células sensoriales y también puede producir vértigo», añade el doctor Soto.
¿Cómo se resuelven?
El trastorno en sí es conocido, el problema llega con la identificación de los síntomas. A veces se dificulta porque el paciente no es capaz de explicar, con exactitud, qué sensación experimenta. Muchas veces lo describen como inestabilidad, inseguridad de la marcha, sensación de pérdida de dominio del propio cuerpo, laxitud, vahídos o angustia. La buena noticia es que, cuando el profesional da con la clave, la solución es sencilla. «Simplemente moviendo al paciente, haciéndole una maniobra, podemos reconducir esas partículas a su sitio original y resolver el vértigo. Son pacientes que salen curados de la consulta», explica el doctor. ¿Y de qué manera es tan sencillo? El quid de la cuestión reside, por mucho que sorprenda, en los ojos. «Cuando las otoconias están fuera de su sitio, generan un movimiento en los ojos. Uno tiene percepción de que las cosas se mueven porque lo que se mueve es el ojo», adelanta el doctor. Los especialistas, observando el movimiento del ojo, puede saber «con mucha precisión» si las partículas están libres en el oído derecho, en el izquierdo y en qué conducto semicircular. «En función de eso movemos la cabeza del paciente hasta reconducir y recolocarlas».
¿Se pueden prevenir?
Evitarlos no siempre es posible, aunque se conocen algunos desencadenantes. Por ejemplo, un golpe en la cabeza puede provocar que las otoconias se desprendan. Hay situaciones que implican un mayor riesgo. Es el caso de deportes de contacto, por los golpes en sí, o en el fútbol, por los cabezazos al balón. En otras personas —cuenta el experto— también se ha identificado la osteoporosis como principal responsable. «En cualquier caso, si nos sucede, lo importante es acudir pronto al médico para que lo resuelva o lo derive al servicio de otorrinolaringología. No porque tenga una especial urgencia, sino porque es relativamente fácil de resolver y no tiene sentido que el paciente esté esperando a que se le pase solo», recomienda el médico.