Y mira que los ha tenido malos Mario Conde en estos últimos años, pero como el que vivió ayer en Tui ninguno. Su cara era la viva imagen del sufrimiento. Comprensible. Y es que viajó a esa ciudad tan querida para su familia para depositar en el panteón familiar las cenizas de su mujer, Lourdes Arroyo, fallecida el pasado sábado en Madrid después de un año de lucha contra el cáncer.
Además de doloroso, el viaje fue discreto. Tanto Mario Conde como sus hijos, Alejandra y Mario, querían intimidad y la tuvieron. Lo cual no impidió que sus amigos tudenses de toda la vida (los Diz Guedes, los Cela, Los Areses o los Del Barrio, entre otros) asistieran al acto religioso que se celebró en la iglesia de San Bartolomé, donde también se dieron cita un puñado de amigos llegados expresamente desde Madrid. Por supuesto, estaba su madre, Pilar Conde, y una de sus hermanas. La mayor no pudo asistir, sin duda debido al difícil momento por el que atraviesa el marido.
Mario Conde aprovechó el funeral, oficiado por Ricardo García, otro amigo de siempre, para dar las gracias a todos los presentes y, de paso, visiblemente emocionado, para recordar que Lourdes había sido la compañera perfecta, la persona que nunca le falló. Luego, cumpliendo sus deseos, sólo los más allegados accedieron al cementerio.
La familia Conde es particularmente apreciada en Tui. En ese aprecio tiene mucho que ver el padre de Mario, destinado en la ciudad como vista de Aduanas entre 1940 y 1956. Eran años muy duros, en los que el estraperlo estaba a la orden del día. Dicen que el ejercicio tan humano que de su profesión hizo el patriarca, permitió a muchos vecinos de la zona acceder a productos de primera necesidad. «Si abría el paquete y veía que lo que llevabas era comida hacía la vista gorda», asegura uno de dichos vecinos.
Como los odios y los afectos suelen ser mutuos, al final, por muchos destinos que tuviera, el padre de Mario Conde quedó irremisiblemente enganchado a Tui, donde se escapaba a la mínima oportunidad que tuviera. Cuando no la tenía se la inventaba. Y como fue un escenario que tanto le gustó para vivir, también lo eligió para ser enterrado él y sus descendientes.
Los miembros del jurado de los premios de turismo y gastronomía que concede la asociación de periodistas del ramo, Agaxet, dio ayer su veredicto sobre los nominados. Los votos son secretos. De momento. Hasta el 20 de noviembre, fecha elegida para la celebración de la gala, estarán a buen recaudo en la notaría de César Cunqueiro que, con la solemnidad que requieren estas cosas, los custodia desde ayer.
Además de un puñado de miembros de la Asociación Galega de Xornalistas e Escritores de Turismo, en el restaurante Soriano (en estas cosas la mesa y el mantel son casi obligados) se dieron cita representantes de los diferentes sectores (hostelería, viajes, equipamientos...), todos ellos presididos por Guillermo Campos.
Estaban, entre otros, José Antonio Rivera, Xan Carlos López, José Vicente Blanco, Isabel Míguez, José Manuel Magaz (el anfitrión), José Francisco Real, Héctor Cañete, Xoán Torres Cannas o Carlos Lemos. Por cierto que éste último prepara una fiesta aniversario para celebrar los 33 primeros otoños de Las Bridas. Estaremos atentos. Cuando volvamos a encontrarnos será para conocer el nombre de los ganadores. Pues eso.