La «performance» de la boda


Los periodistas de la tele son de otra casta, está claro. Porque desde aquel mítico Telepasión, que hizo que el espectador viese por primera vez a señores serios transformados en cantantes, los comunicadores españoles han hecho de todo, especialmente si tocaba promocionar a la cadena privada. Aún me dura el acaloramiento de ver a un Urdaci enfundado en unos pantalones de campana realizando movimientos pélvicos al ritmo de Sex Bomb. Y mucho más reciente es la imagen de Matías Prats formando parte de un decorado musical por puro márketing. Eso por un lado. Porque por otro, la audiencia ha corroborado con datos, y buenos datos, que, cuando los periodistas se convierten en protagonistas del corazón, el éxito es arrollador, tanto que hasta la boda de Karmele Marchante hizo que el plató de Sálvame se conviertiera durante unas horas en una ceremonia civil por todo lo alto.

El espectador sabe de sobra del triunfo de esa mímesis, ha visto a Jorge Javier hacer de domador del circo (y es literal, no solo una metáfora), por eso para el enlace de Kate y William los cronistas sociales han tomado nota. Desde Màxim Huerta a Ana Rosa, de Beatriz Cortázar a Susanna Griso o Nuria Roca, todos se han mimetizado, como aquel Zelig de Woody Allen, y se han entregado a la escena. Ellos ataviados de chaqué y ellas con pamelones y tocados de lujo, comen canapés y beben champán mientras se dirigen a la audiencia. No solo se dedican a contar, sino que disfrutan enseñándonos el protocolo y sus mejores galas con ese metalenguaje televisivo, una boda dentro de otra boda. Sin duda, ha nacido una nueva forma de comunicar: la teleperformance.

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La «performance» de la boda