LO QUE NOS FALTABA. Sergi Arola no quiere saber nada de la tele porque estar al frente del superminimal equipo negro de La cocina del infierno (Telecinco) no es lo que este chef de relumbrón esperaba. ¿Y qué esperaba?, me pregunto. Arola, que parece haberse peinado con gelatina, exhala sus fracasos en forma de gritos y estira sus escasos centímetros de altura con botas cuasimilitares para no tener que inclinar su digno cuello ante el grande y campechano Sandoval. Arola, tan exquisito él como sus menús, está de malas porque sus alumnos en la cocina son entre zoquetes y vagos, cuando no directamente contestones. ¡Qué atrevimiento! ¡No aprovechar semejante oportunidad para dejar la vida del cotilleo y el plató facilón por la del picadillo y el horno a 250! Arola, con un ego del tamaño de una mesa de comedor, se pregunta cómo no adoran a un creador que tiene dos estrellas Michelin y más surtidores Campsa que toda la provincia de Madrid. No se habrá parado a pensar que, además de un famoso de tres al cuarto, le puede contestar quien no esté dispuesto a dejar 20.000 rubias por dos platos de hambre, por mucho que luego presuma en la oficina que lo desplumó el cocinero de mirada más matadora. Tal vez pensaba Arola que las estrellas Michelín las repartía Paolo Vasile o que participar en un reality con ex novios, ex misses, ex vedetes y otros ex le iba a proporcionar la fama necesaria para vender, por ejemplo, patatas fritas de bolsa. Pero no todo ha de ser malo. Puede aprovechar sus nuevos contactos para encontrar representante y volver al rock, y así versionar esa canción de los ochenta y decir: «Arola, no nos toques la cacerola»...