Patrocinado porPatrocinado por

Pesca

ANTÓN GRANDE

PESCA Y MARISQUEO

30 ene 2026 . Actualizado a las 20:32 h.

Una de las grandes aficiones que he tenido a lo largo de mi vida ha sido la pesca. Pueden pensar y llamarme lo que quieran pero me cautiva ver flotando el corcho a la espera de su hundimiento por algún pescado atrevido que ha mordido la carnaza, o ver la línea de sedal, con sus moscas artificiales en círculo sobre el agua, esperando que una trucha hambrienta pique, sentir ese tirón en la muñeca, y arrastrarla a la orilla.

Con pocos años mi padre, buen pescador, me llevaba a las orillas del Miño a entrenar, lanzando para coger el pulso, pescando ya cuando tenía práctica. Me pateé ríos como el Navia, cuando había truchas a cientos; el Eo, con los alevines de salmón que había que devolver nuevamente al río, o el Neira. He visitado ríos en A Fonsagrada, O Courel, y regatos cuando había crecidas porque allí se cobijaban las truchas.

Todo este predicamento viene a cuento porque hace ya unos años que lo dejé. Las truchas son escasas, no se limpian los márgenes, abundan las algas y así, imposible pescar. Me pasé a la pesca marítima. Con mi amigo Aquilino Sagastizaban, asturiano de pro y minero jubilado por más señas, que ya es tener todo un pedigrí, al que hay que añadir el de excelente pescador, mi magister en el mar, allá por las rocas de Viveiro o Xove, atacamos a las robalizas o a los sargos. Ahora, los que elaboran las normas en la Xunta, sin saber lo que es una caña, que solo vieron el mar en postales, dicen que hay que informar de lo que se pesca, cuánto pesa cada pieza y chorradas así. He puesto las cañas de adorno a la entrada de casa y, sin más, me retiro definitivamente. Que pesquen estos atorrantes. Si saben.