La carne de potro gallego, natural y casi desconocida

Reses criadas al aire libre en montes de Abadín se venden a Asturias, en donde se comercializan


VILALBA / LA VOZ

Admirar un caballo por su estampa no resulta raro. Conocer su trabajo en labores agrícolas, tampoco. Apreciar la carne de un potro, en cambio, ya resulta algo más infrecuente, aunque quizá se deba a prejuicios o a desconocimiento. Javier Prieto, ganadero de la parroquia de Labrada (Abadín), tiene ganado caballar que pasta en el monte y vende todos los años algunos potros. Los animales son adquiridos por un matadero asturiano, que prepara la carne para su posterior venta.

«Non hai carne máis ecolóxica ca a do poldro», dice Prieto, que explica a continuación por qué: «Non hai penso nin nada», asegura sobre la alimentación. Los animales andan por terrenos de la comunidad de montes de la parroquia, de la que forma parte. A veces se mezclan con los de unos familiares suyos que también venden algunas cabezas. Meses de lactancia primero y pasto y algo de toxo después forman la alimentación de las reses.

Dentro de algunas semanas mandará dos potros, nacidos en primavera. Con frecuencia se comentan las capacidades del ganado caballar para mantener limpio el monte y evitar incendios, algo que ratifica Prieto: «O gando coida o monte. Non hai desbrozadora mellor. Por aquí arriba [la parroquia de Labrada está a unos 650 metros de altitud] non temos lume, e iso débese ás vacas e aos poldros», sostiene.

Cuando los rigores del invierno se agudizan, los animales son trasladados a fincas, en donde se les da para comer silo de las vacas. «Nada de penso», recalca este ganadero. El crecimiento de las reses no supone un problema, ya que, afirma Prieto, en el monte suele haber alimento sin problema. Las yeguas son desparasitadas y tienen un chip, mientras que los potros disponen de una guía que se tramita en la oficina agraria comarcal de referencia.

El precio de las reses varía un poco según el peso en el momento de la venta: si pesan menos de cien kilos, se paga el kilo a 1,30 euros; si pesan más, a 1,70. Aunque la cantidad de potros que vende Prieto, que también tiene ganado vacuno, es escasa, la iniciativa compensa. «É un plus. Son cartos máis que ingresas; se veñen, benvidos», afirma.

Este ganadero recuerda que probó por primera vez la carne de potro hace unos 40 años. Ya entonces, dice, le gustó. Comenta que en Francia o Suiza es habitual su consumo, y recalca que esta carne tiene además una garantía de origen: si se cumplen los requisitos de trazabilidad, el cliente, opina Prieto, no tiene problema en saber el origen del producto. «Sabes o que comes», afirma.

Prieto cree que si la carne de potro no es más conocida, se debe a rutinas de los consumidores. La manera de vencerla le parece clara, probarla. «É como comer xabarín ou corzo. Tes que probalo primeiro», dice.

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