ARA SOLIS | O |
01 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.CADA VEZ es más usual que las familias o los paisanos a los que les van bien las cosas instalen en el jardín de sus casas -si lo tienen: prueba de nivel- viejos aperos de labranza. El arado viejo de palo, el de hierro, una sementadora . Un yugo en el pasillo, un louro en la sala. Falta el esqueleto de una vaca, ya puestos, y no es cosa de risa, véase lo que hacen con las ballenas o los dinosaurios. Parece como si, más allá del valor etnográfico del asunto, se quisiese exhibir un trofeo de tarea superada. Algo como «ahí queda eso», que tantos disgustos nos dio a unos o a nuestros padres, el instrumento condenado a la inactividad para siempre como una conjura de tiempos que no volverán. Algunas veces ya hemos escrito algunas cosas al respecto en estas páginas. Son nuevas modas, de gusto discutible aunque respetable. A mí me llama más la atención, y muy bien, la evolución del tratamiento del jardín. Un jardín era antes, por lo general, tres rosas, cuatro hortensias y cinco o seis flores cuya denominación se me escapa, aunque forman parte de la tropa de las gramíneas. Toda porción de tierra que rodeaba la vivienda, por pequeña que fuese, era pasto de lechugas de varias especies, coles, hierba para segar, ajos, cebollas, nabos de temporada, parcela de leña picada. Hoy, ya no es así. La tierra ha dejado espacio a prados verdes, intensos verdes, afeitados hacia arriba, de esos que dan ganas de tirarse en plancha como para celebrar el gol de la victoria en el descuento. Hierba rapada por máquinas caras con volante o con las que hay que ponerse protector en la cara y guantes. Esto sí que es calidad de vida. Y no entonces, cuando a los dientes de la Roxa se le encomendaba esta función. Claro que, a veces, dejaba setos a base de heces y no era lo mismo.
