Reportaje | La vida en un pequeño pueblo del interior de O Vicedo En O Vilar se conservan tradiciones ancestrales y paisajes de ensueño
18 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?omo todos los días, se ha levantado a las ocho de la mañana para ir al campo a realizar su tarea matutina: cuidar con esmero un pequeño terreno con el que se sustentan tanto ella como su familia. Su rostro, surcado de profundas arrugas, transmite una sensación de tranquilidad y cercanía capaz de envolver a cualquiera que se le acerque. Todo es peculiar en ella: el pañuelo en su cabeza, sus ropas rasgadas, sus viejas botas verdes de plástico... María es una de la decena de vecinos que actualmente viven en O Vilar, una aldea de Riobarba, parroquia de O Vicedo. Para llegar a ella hay que atravesar serpenteantes pistas de asfalto, todas ellas bordeadas por eucaliptos milenarios y alguna que otra vaca. La primera casa con la que topa el que hasta este lugar se acerca es un bar en el que también se venden todo tipo de alimentos: La Taberna, un pequeño rincón decorado con el mimo y la dedicación de Ángela Vélez y José Insua, sus dueños. Allí, entre botellas, viejas cintas de casete para vender y la cabeza de un enorme jabalí disecado, hablan con cariño y dulzura de Riobarba. Les asalta la nostalgia al pensar que ya no hay apenas gente joven en la aldea, y que los pocos que quedan acabarán marchándose en un futuro no muy lejano. La escuela Situada también a las puertas del pueblo, y al lado de la iglesia y del cementerio, la escuela, construida en 1921, se conserva intacta por fuera. Su patio exterior, en el que antes jugaban decenas de niños, ahora se encuentra lleno de hierbas, sillas y mesas estropeadas por el tiempo. Por dentro, solamente una parte ha sido restaurada. Aun así, dada la ausencia de niños, se ha optado por cerrarla. De este modo, Laura Pena, la niña más joven, tiene que trasladarse hasta O Vicedo para recibir sus clases diarias, labor dificultada por la falta de medios de transporte, porque, según afirma ella, «por este lugar no pasan autobuses». Además, la tristeza inunda su cara cuando habla de su mejor amiga, que vive a dos kilómetros y medio de distancia, lo que hace que no la vea a menudo. Dedica su tiempo libre a ayudar a su padre, que trabaja en la agricultura, y a su madre en la lonja. Hoy va en busca del cartero que cada semana se acerca desde Viveiro para llevar y recoger la correspondencia. Al igual que Laura, muchos salen a la calle cuando ven llegar la furgoneta del cartero, la del panadero o la del vendedor ambulante. La aldea cobra vida de repente, como si de una pequeña urbe se tratase. Los perros, las gallinas y los gatos pueblan las calles y entradas de las casas, construidas con enormes piedras y tejados de pizarra. Los animales son los guardianes del pueblo y, aunque parezca atípico, conviven en perfecta armonía. Sin duda, los más chistosos son los gatos, que se dedican a jugar por encima de los enormes fardos de paja que hay colocados delante de las cuadras. Lejos de los atascos y del estrés de los grandes núcleos, esta aldea invita a la tranquilidad y a la reflexión en compañía de sus habitantes, que no parecen preocupados por el paso del tiempo. Son las ventajas de la aldea.
